De madrugada, allí sentada. Sola, en la mesa apoyada. Pensando.
Tiene una sensación de plenitud. Plena de verdad. Rebalsa felicidad.
Sonríe de la nada.
Un brillo en su cara, particular, le hace de Sol. En la oscura noche, le amanece un nuevo día.
Recuerda esas palabras, impresas en su corazón. Las recuerda, sonríe, y vuelve a amanecer.
Aún no comprende la perfección de la conexión. Cómo el universo se acomodó: como esas almas, perdidas, desencontradas, descubrieron un día que compartían un sueño, una utopía, una pasión. Encontrarse, cruzarse, y dejar brotar ese amor, tan fuerte, incomparable, inquebrantable. Fusionarse con tanto esplendor, con algunos cortos circuitos (reparados en cuestión de segundos), pero tan entrelazados, tan maravillosos, tanto amor creciendo, tanta eternidad en sus manos, y un para siempre que querían hacer real.
Mira hacia el techo, soñando despierta. Cierra los ojos y sonríe más aún.
Se queda dormida, abrazando sus brazos, sobre la mesa. Sólo espera volver a ver sus ojos, su mirada, para sentir que existe, para saber que es, para liberar todo el amor que guarda.
Liberarlo por los pies,
por las manos.
Por la espalda.
Por los labios.
Por el alma.
Víspera
fue un
viernes, octubre 18, 2013