No creyó jamás en que ese sentimiento era real:
Extrañar con tanta velocidad.
¿Quién dijo que eso no era posible?
Ella misma lo había planteado.
Se lo dijo una y mil veces,
resaltando lo absurdo del caso.
Y la realidad es que ahora
descubrió, dulcemente,
que cuando menos lo esperaba
eso de extrañar le provocó extrañamiento,
tan minúsculo y sutil
comenzó a desenvolverse
en el segundo siguiente
en el que sus ojos dejaron
de interceptarse con los suyos.
En el que su perfume pasó a ser
un recuerdo plasmado en el aire.
En el que su piel se congeló
cuando perdió el contacto
con la calidez de su cuerpo.
En el que la sonrisa se le borró
por la tristeza que le provocaba dejarlo ir;
pero volvió a aparecerse,
cuando recordó lo que sentía;
cuando descubrió que sólo
le bastaba sentir ese amor
para poder ser plena, libre y feliz.