Se toma el último trago de café. Siente el sabor amargo pasar por cada centímetro de la boca, para luego ir a parar a su faringe y depositarse con fuerza en el estómago. Cayó frío y como piedra, parece como si pudiera sentir la corrosión sobre la mucosa.
Aún frío, le encanta el café. Se le convirtió en un vicio. Alguna vez había dicho que no le gustaba, que era una infusión de "personas grandes". Pero en ese momento, ella no era grande, y sin embargo, así estaban: ella, sus apuntes, su café. Nada más.
O quizá sí era grande. O quizá sí había algo más. Algo oculto tras la ventana. En el fondo de la taza de café. Adentro del apunte. Quizá había algo metido en la bebida y ella lo había consumido. Quizá había alguien haciéndose notar, y estaba nadando en ese néctar amargo que la ayudaba a mantenerse despierta en la eterna noche de estudio. Quizá ese nadador arriesgado y empedernido había llegado hasta ahí para quedarse en su interior y moverle las tripas, colgándose de su lengua, su garganta. Estaba tan lejos como tan cerca de ser cierto eso que cuando descubrió esa verdad se asustó. Se tocó el abdomen y allí seguía la misma sensación de corrosión. Se miró las manos y estaban frías, pero suaves. Se sintió asustada porque un escalofrío le recorría el cuerpo. Y quiso seguir leyendo, pero no podía concentrarse. Quiso prestar atención pero le costaba la existencia. Pensó que era un veneno, o mejor dicho, una droga.
—Debería dormir— dijo en voz alta, para convencerse a sí misma de la opción correcta.
—Debería dormirme ya antes de que el café me lo impida— y apagó la luz.
• • •
No podía echar un ojo. El nadador seguía en su vientre desde el último trago de café. "Maldito vicio" se repetía, y se molestaba por haberlo terminado. Y el nadador recorría su panza, rodeaba el ombligo, se iba hacia la espalda. De golpe empezó a sentir un cosquilleo, desde su centro se irradiaba, hacia los miembros, hacia su pecho, su cara. Era definitivo: el nadador había pasado a la sangre. Estaba allí, en una arteria, en la otra, capilar, vénula, recorriendo los tejidos, intentando sostenerse. Estaba allí recorriéndole el cuerpo y el cosquilleo no le calmaba. Sintió cómo tocaba sus pies, como un susurro le erizaba los pelos de los brazos. Cómo un suave beso se posaba en cada porción de su cara. Sintió un deseo y un calor verdadero, desde el centro del pecho, allí depósitado, esparciéndose hacia los lados. Claramente el nadador había encontrado de dónde agarrarse. Estaba en una válvula del corazón, sostenido con fuerza, rebotando en cada latido, manteniéndose en calma, esperando algún motivo para soltarse y seguir haciendo todo ese lío. Y ella lo sentía pero le hacía gracia que él quisiera estar en su interior. Y sentía una arritmia pero estaba demasiado concentrada en saber qué era lo que el nadador quería de ella. Quién era, como había logrado ese tamaño. Por qué en el café, por qué en ella, por qué se agarraba del corazón.
Y mientras pensaba, sintió un dolor desgarrador. El nadador no había soportado las fuerzas de la sangre fluyendo, y salió disparado, con un trozo de válvula en la mano. Ella quiso gritar, pero le dolió tanto que no alcanzó porque el dolor la acalló. Fue dolor seguido de miedo, miedo de que se quede con esa parte de ella. Que empiece a sangrar. Que nunca se la devuelva, que sólo esté para dañar. Miedo de que su corazón sufra esa lesión, que falle y se rompa, que sea el final de su emoción. Y se desmayó.
• • •