poema IX

me da amor
tu sonrisa, tu piel
tus dedos alargados
tu pelo despeinado
me da amor
tu calor humano
tu beso en la frente
tu impronta en mi mente
me da amor
esa barba suavecita
que crece mal y despareja
perfectamente imperfecta
me dan amor
todas tus ideas
tus palabras espontáneas
tu locura improvisada
me da amor
tu cara de anonadado
cuando me tenés al lado
imprimiendo nuestros pasados
me da amor tu perfume
el olor de tu piel
y esa mezcla con tabaco
que me gusta igual
               [porque viene de vos]
y me dan amor tus gestos
tan particulares
y esa nariz respingada
que se clava en mi cara
en cada beso en la mejilla
me da amor tu voz
cuando cambia de tono
la hacés más grave, más aguda
la distorsionás
y me hace reír
y reís conmigo
y me ves feliz
y me besás las cicatrices
con cada segundo de felicidad
que venís a compartir
sintiéndote mi amigo
compañero de risas
tripulante de la nave
que se encamina a mis sueños

quiero fundirme en un abrazo tuyo
y a esperar la eternidad

poema VIII

te convertiste
en lo que deseo
soñar
en lo que deseo ver cuando me despierto
te convertiste en mi sonrisa espontánea:
esa razón para sonreír de la nada
cuando te recuerdo de pronto
mirándome a la cara
sonriendo entre dientes
tan simple, tan vos
tan brillante y sereno
tan real y humano
como me gusta a mí
como nos gusta a nosotros;
ser auténticos, verdaderos,
ser humanos, asustados,
pero fijos tras el riesgo
de agarrarnos de la mano
besarnos el alma
y dormirnos abrazados

Qué susto cuando surge necesidad de escribir. Cuando la escritura se hace necesaria por el hecho de descomprimir el pecho. Y que haya algo que descomprimir indica que hay algo comprimido. Comprimir en el centro del alma como si fuéramos una prensa, para intentar mantener marginado algo que quiere liberarse. Y mantenerlo entre márgenes implica una fuerza extra (que no estaría teniendo). Porque esforzarse para evitar que algo suceda es más difícil que manejar el suceso. Porque evitar un suceso es más antinatural que la duda existencial ante cómo lidiar con las consecuencias. Y dudar es propio de la racionalidad, no se puede escapar de eso, no podemos pretender clarificar los hechos como si no hubiesen grises, como si todo fuese negro o blanco, sí o no, hola o chau. Racionales y humanos, pretenciosos y dubitativos, con una mezcla de temor y excitación por lo que viene, un cariño en particular por lo que se fue, un análisis imparable del ahora, del momento, que pelea con la impredecibilidad de la vida, con lo fortuito del instante. Instantáneo presente que se escurre entre los dedos de las manos a cada segundo, escribiendo un pasado, definiendo un futuro. Y ahí estamos, vos, yo, los de siempre, los que se ven las caras por elección, los que hacen al presente una consecuencia de la decisión de juntarse para compartirlo, de mirarse a los ojos y grabar el momento. Escribiendo una historia que alguna vez será narrada, vanagloriamos al destino por cruzarnos la mirada, planeando un porvenir que nos quema la paciencia, porque elegimos esta forma de sentirnos humanos, sentirnos acompañados...

Se toma el último trago de café. Siente el sabor amargo pasar por cada centímetro de la boca, para luego ir a parar a su faringe y depositarse con fuerza en el estómago. Cayó frío y como piedra, parece como si pudiera sentir la corrosión sobre la mucosa.
Aún frío, le encanta el café. Se le convirtió en un vicio. Alguna vez había dicho que no le gustaba, que era una infusión de "personas grandes". Pero en ese momento, ella no era grande, y sin embargo, así estaban: ella, sus apuntes, su café. Nada más.
O quizá sí era grande. O quizá sí había algo más. Algo oculto tras la ventana. En el fondo de la taza de café. Adentro del apunte. Quizá había algo metido en la bebida y ella lo había consumido. Quizá había alguien haciéndose notar, y estaba nadando en ese néctar amargo que la ayudaba a mantenerse despierta en la eterna noche de estudio. Quizá ese nadador arriesgado y empedernido había llegado hasta ahí para quedarse en su interior y moverle las tripas, colgándose de su lengua, su garganta. Estaba tan lejos como tan cerca de ser cierto eso que cuando descubrió esa verdad se asustó. Se tocó el abdomen y allí seguía la misma sensación de corrosión. Se miró las manos y estaban frías, pero suaves. Se sintió asustada porque un escalofrío le recorría el cuerpo. Y quiso seguir leyendo, pero no podía concentrarse. Quiso prestar atención pero le costaba la existencia. Pensó que era un veneno, o mejor dicho, una droga.
—Debería dormir— dijo en voz alta, para convencerse a sí misma de la opción correcta.
—Debería dormirme ya antes de que el café me lo impida— y apagó la luz.

• • •

No podía echar un ojo. El nadador seguía en su vientre desde el último trago de café. "Maldito vicio" se repetía, y se molestaba por haberlo terminado. Y el nadador recorría su panza, rodeaba el ombligo, se iba hacia la espalda. De golpe empezó a sentir un cosquilleo, desde su centro se irradiaba, hacia los miembros, hacia su pecho, su cara. Era definitivo: el nadador había pasado a la sangre. Estaba allí, en una arteria, en la otra, capilar, vénula, recorriendo los tejidos, intentando sostenerse. Estaba allí recorriéndole el cuerpo y el cosquilleo no le calmaba. Sintió cómo tocaba sus pies, como un susurro le erizaba los pelos de los brazos. Cómo un suave beso se posaba en cada porción de su cara. Sintió un deseo y un calor verdadero, desde el centro del pecho, allí depósitado, esparciéndose hacia los lados. Claramente el nadador había encontrado de dónde agarrarse. Estaba en una válvula del corazón, sostenido con fuerza, rebotando en cada latido, manteniéndose en calma, esperando algún motivo para soltarse y seguir haciendo todo ese lío. Y ella lo sentía pero le hacía gracia que él quisiera estar en su interior. Y sentía una arritmia pero estaba demasiado concentrada en saber qué era lo que el nadador quería de ella. Quién era, como había logrado ese tamaño. Por qué en el café, por qué en ella, por qué se agarraba del corazón.
Y mientras pensaba, sintió un dolor desgarrador. El nadador no había soportado las fuerzas de la sangre fluyendo, y salió disparado, con un trozo de válvula en la mano. Ella quiso gritar, pero le dolió tanto que no alcanzó porque el dolor la acalló. Fue dolor seguido de miedo, miedo de que se quede con esa parte de ella. Que empiece a sangrar. Que nunca se la devuelva, que sólo esté para dañar. Miedo de que su corazón sufra esa lesión, que falle y se rompa, que sea el final de su emoción. Y se desmayó.

• • •

poema V

qué decir sobre el fuego
que quemó su pecho
incansable asesino
perenne flor roja
que se derramó en el bosque seco y terminó por matar todo
y qué decir sobre el velo
que quedó cubriendo el pelo
los ojos, el cuerpo
el raciocinio entero
y qué decir sobre el dolor
que se ató a sus fauces
y no le permitió gritar
un auxilio urgente
que le permitiese decidir cómo actuar
más que seguir esclavizada contra ese mal andar
y qué decir sobre el día que cayeron las cadenas
que cerraron las canillas
y los ojos se secaron
y qué decir sobre la suerte
o el destino
o sentir fuerte
qué decir sobre los juegos
qué decir sobre el azar
sobre las casualidades
sobre mentiras y verdades
qué decir de mentir blanco
qué decir de romper en llanto
si es de felicidad
qué decir sobre ganar
sobre perder y empatar
qué decir sobre las sombras
que se comen la luz
o que sólo la ocultan para beneficio de dos
y qué decir sobre las enfermedades
que se morfan a las sociedades
qué decir sobre pestes y muchedumbre
sobre el arte o las costumbres
o sobre este modo extraño de empezar a montar estrellas fugaces sobre un cielo virgen