Aunque mamá ya no lo vea...

Un día llegué a casa, y encontré a mi madre llorando en mi habitación. Lloraba de ver tanto desorden. La ropa hecha bollos. La cama deshecha, y las sábanas desparramadas a su alrededor, llenas de tierra mezclada con una maraña de pelos largos, finos y castaños, que habían abandonado la sujeción a mi cuero cabelludo para terminar en el suelo.

Dijo que algún día comprendería su desilusión de ver mi cuarto tan desordenado. Al final de la frase agregó que eso sucedería "el día que tengas tu propia casa".

Sentí una invitación a irme. Esa casa ya no era mía.

De hecho, hoy la llamo "la casa de mis padres".

Vivo de alquiler. Pero sólo llevamos cuatro meses en este sitio, por lo tanto, tampoco la percibo mi casa.

No sé muy bien cómo me siento al respecto. Tampoco cómo desearía sentirme si pudiera escogerlo. Hay días que huele a Libertad. Entender que nada me ata. Que no pertenezco a ningún lado ni lugar.

Otros días me apena. Me aterroriza. Me hace sentir un esclavo del tiempo de vida que debo entregar para poder cumplir con la demanda sociocultural de vivir entre cuatro paredes y bajo un techo seguro que me proteja del frío, el viento, la lluvia y los amigos de lo ajeno.

Cuando el día es agradable y el sol abraza y abrasa podría imaginar la vida ocurriendo incesantemente al aire libre. Pero por la noche me entra el miedo y la humedad penetra los huesos, honda. Crujen articulaciones y moverse es arriesgado.

Esta casa no es propia, aunque se parece bastante a la casa de mis sueños. Es la representación de un refugio temporal. Nos acoge, nos da treguas, respiros. Los perros la protegen y ya comprendieron sus límites. 

La casa de mis padres es la casa de mi infancia. O la casa de Lanús. Mi padre dice que siempre tendré un hogar ahí. Mi madre extraña acomodarme la ropa o barrer mi habitación, en un arranque de amor incondicional. Eso de hallarla llorando por ver la ropa y los zapatos arrojados por todos lados era algo bastante común. Y yo no lograba comprender el por qué de su llanto. Hoy día, sin casa propia, pero pagándole a alguien por que me deje usar la casa que le sobra, quizá pueda decir que finalmente encontré el motivo que la hacía llorar. 

La pertenencia es dulce y cruel. Es como un dejavu. Esa sensación de haber estado acá ya, de haberlo vivido alguna otra vez. Verla llorando por el desorden. ¿Quién tiene la culpa, el que espera que hagan, o el que no hace? Cuando sucede a menudo me confundo el presente. Siento incluso como si tuviera un poder. ¿Otra vez la desilusionaste? La mente se desespera. Invoco a un ser superior y le pido que siga permitiéndome acceder a ese poder. Como si representara algo a qué aferrarme. Así sea un recuerdo doloroso. 

Anoche me encontré con una amiga italiana. Me había invitado a pasar unos días en la nieve el invierno pasado. Le comenté que me encantaría pero estaba muy ocupada con mi trabajo. La verdad era que no me alcanzaba el dinero para viajar a Italia, mucho menos para alquilar los equipos para hacer snowboard, ski o cualquiera de esos de deportes de nieve que nunca me permití practicar porque nunca me alcanzaba el dinero para eso

Cuando nos vimos decidí reivindicar mi mentira y le dije el motivo verdadero por el cual no había viajado a compartir esa experiencia con ella. Inmediatamente me abrazó y recordó que a mí jamás me iba a faltar nada.

Me entraron ganas de llorar. Recordé a mi madre llorando sentada en el salón de la casa porque no había dinero para comprar comida. Era eso, o pagar la escuela. Y mi hermana y yo demostrábamos ser muy buenas estudiantes. La educación estaba en un momento difícil, los colegios públicos cerraban o estaban de paro, vivían violencia y había tendencias políticas fuertes entre los docentes. Nosotras éramos tan aplicadas que no querían exponernos a que nuestra educación perdiera calidad. La cena de mis padres se convirtió en un termo de mate y nosotras nos mantuvimos en el percentilo cincuenta para nuestra edad y sexo a base de pollo con papa. 

A veces imagino lo que hubiera pasado si hubiésemos estado de alquiler. ¿Dónde habríamos ido a vivir? Quizá el propietario se hubiese apiadado de nosotros, permitiéndonos permanecer en la casa. ¿Y si mi padre se hubiera marchado por sentirse incapaz de mantener a la familia? ¿Y si la tristeza de mi madre se hubiera convertido en la depresión que la amenazaba diariamente, y hubiese perdido esa facultad mental de administrar perfectamente cada centavo? 

Sin embargo lo lograron. Tocaron fondo y salieron a la superficie. Nuestra educación fue de calidad, obtuvimos sobresalientes en todas las asignaturas, nos apuntamos a la Universidad e hicimos carrera incluso como docentes. Hoy somos profesionales y nos dedicamos a lo que estudiamos.

Extrañamente, el miedo de estar sentada en una mesa llorando porque hay bocas que alimentar y servicios que pagar, es un miedo que me hace olvidarme de que nunca me va a faltar nada. La idea de que nunca me va a faltar nada es terrible, de todas formas. El nunca y el nada se borran en mi mente. Sólo se entera de que "me va a faltar" algo, un techo, comida, para mí, para los hijos que pudiera llegar a tener y que me atemoriza traer a este plano físico de la existencia porque, efectivamente, me aterra estar llorando sentada en el salón viendo que hay cuentas que pagar, y que el dinero no está, ni encontramos la forma de generarlo.

Nunca me permití preguntarle a mi madre cuán real fue eso de que ya no había dinero, o si simplemente fue tener que tocar los ahorros y sentir miedo de llegar a ese límite en el que verdaderamente agiten la hucha y no sonara ni un céntimo. Esto también fue evidencia de que ser propietario de una vivienda no da seguridad. No podemos arrancar las tejas y preparar un guiso con los picaportes. No podemos comernos los ladrillos.

Si de pronto hubiera que venderla, para poder comprar el pan de cada día, la gasolina del coche, los productos de limpieza, la factura de luz, agua, teléfono o gas ¿volvería a llorar por ver la ropa desordenada en una casa que ya no es la suya?

A más lo pienso, más me cuestiono si lo entiendo. O si esto de escribir acerca de lo que ha ocurrido es siquiera saludable. Quizá estoy rumiando. Quizá es que necesito volver a hablarlo. Preguntarle a ella. Entender por qué lloraba. Entender si hay posibilidad de que nos pase. Saber cuánto duró el sentimiento. Y cómo hicieron para repararlo.

Hoy día, la casa sigue siendo suya, o según mi padre, nuestra. Poseen más casas de las necesarias. Hay dinero para pagar las cuentas, las bocas se llenan de comida cuando es necesario, la dieta es variada. 

Sin embargo, mi mamá siempre encuentra un motivo para llorar. 

Y yo, un motivo para temer.

Mientras tanto, el primer día del mes abro la hucha y encuentro que hay un poco más de dinero que el necesario para pagar el alquiler. Lo dejo a un lado, con un rótulo, para no tocarlo. 

Respiro tranquila y agradecida. 

De todas maneras, por las dudas, o por respeto, o por lo que aprendí, o por todo lo que fue y es y puede que suceda, apenas empieza el día, me dedico unos minutos a ordenar mi cuarto.

Aunque mamá ya no lo vea...