Se rompe el corazón con una herida nueva, que se parece bastante a las viejas, pero tiene un nuevo aroma: el rencor. Insatisfecho, el alma corre tras respuestas una y otra vez, pero no logra obtenerlas. No es suficiente, no formuló la pregunta justa, ni expuso el argumento exacto. Sólo siguió con esa línea de pensamiento, basándose en un recuerdo amigable que, suponía, condicionaba una respuesta predeterminada, pero que al parecer era poco obvia. No, no fue obvia, sino no hubiese dolido tanto. No, no fue la esperada. No, y no. Dolió más de lo que suponía que podía doler, dolió más pero no tanto como dolían allá, tiempo atrás, dentro de ese cuarto que los aislaba del mundo por dos vueltas de llave, con la pared pintada con su frase ideal, con tanto sentimiento flotando en el aire, con tanta necesidad de ese alma que el sólo hecho de pensar en su ausencia desgarraba el pecho y vaciaba la garganta. Creía más en eso que en cualquier otra cosa en el mundo. Creía más en su historia como motor de sus acciones, en sus sentimientos como la única llama capaz de encender al Sol, en la oscuridad de sus pupilas como la única capaz de inducir sus sueños, y el brillo de sus ojos era polvo de estrellas alimentándole los sueños de ser humana compartiendo el presente y deseando un futuro. Ahora no ve nada. No entiende cómo todo se echó a perder, cómo era tan mundano, poco especial. O quizá era tan especial que se les fue de las manos. Quizá en su afán de mantener algo, perdió todo. Instintiva insistencia que surgió incansablemente del centro de su ser, porque aún mantenía la ilusión, porque todavía sentía que había algo por lo que luchar. Pero no. Al parecer no era eso, no era nada, no había nada, Ya no quedaba nada. Se necrosaba contra una pared, desangrado, llorando las últimas lágrimas que le quedaban, temblando con la última molécula de energía que reservaba. Putrefacto, inundado de dolor, agujereado en cada lado, tirado en el suelo, soportando las pisadas de nuevo, pero esta vez, desvaneciéndose, desapareciendo, dando la bocanada que sellaba el final de la historia, la muerte de la memoria, incendiando la habitación, su colchón, las fotos, la frase en la pared, el beso en la mejilla, su mano en la espalda, las cicatrices profundas, las lágrimas derramadas, los gritos, las cartas, los dibujos, las peleas. Todo se prendía fuego, todo convirtiéndose en cenizas, volviéndose polvo...