Raining
Hay electricidad en el aire.
Ya comienzan a caer, ya vienen.
Inclina su cabeza hacia atrás,
levanta sus brazos,
y espera.
Una por una, gota a gota,
comienza a llover.
Es un día gris.
Pero no es gris para ella.
Ama esa tempestad,
ama llover.
Se siente húmeda,
se está empapando,
la lluvia la cubre en totalidad.
Recuerda, y llora.
Y comienza a entender:
ya no es lo mismo que antes.
La lluvia que la limpiaba,
que la purificaba de las penas,
ahora era como pequeñas navajas;
gota tras gota, le atravesaban
los brazos, la cara,
y el corazón.
La lluvia que tanto amaba,
que su cuerpo llenaba,
pasó a ser una ola de dolor,
mil sentimientos que,
como llamas ardientes,
se entrecruzaban en su alma.
La lluvia que necesitaba
en vano llegó,
en vez de darle fuerza,
le quitó todo el color,
y la vida que tenía,
el amor que le quedó.
Imagina que tal vez,
quizás, en un tiempo,
todo volvería a su estado original.
Regresarían sus palabras,
sus sonrisas, sus encuentros,
y sus sueños serían realidad.
Espera, y ruega al cielo,
que él sea más que recuerdos,
que vuelva a manifestarse,
que sea parte de su vida,
que la llene de alegrías
y le haga sentir mejor.
Una serie de amores un poco confusos, intentos de conquista jamás llevados a cabo, soledad, una semana de palabras bonitas, más soledad, dos meses de obsesión, golpe contra la pared/piso/REALIDAD, otra vez soledad. Al fin y al cabo, no comprendía bien qué era lo que su corazón prefería, si sus obsesiones, si un amor no correspondido, si un forro que la boludee... A esa soledad. Soledad impiadosa, soledad fuerte, que la amarraba, encadenaba, y no soltaba.
Después recordé lo que había soñado. Soñaba que hablaba, más bien, chateaba con él.
Ni siquiera lo veía, ni siquiera escuchaba su voz.
Tan sólo chateaba.
Una comunicación tan fría, tan distante, tan lejana...
Pero me comunicaba.
Me decía palabras.
Escribía risas, preguntas, contestaciones.
Contestaciones a todo lo que le decía.
No más ignorancias, no más incertidumbres.
Hasta que caí en la realidad.
Sólo había sido un sueño.
Sólo lo había soñado.
Había soñado otra vez con su amistad.
Otra vez con sus saludos, con su contacto, con su locura.
Otra vez con sus ocurrencias, con su humor, tan particular.
Fue sólo un sueño.
Y cómo duele eso.
Quiero poder olvidar.
Quiero querer olvidar.
Pero ¿cómo dejar de lado tantos recuerdos, tantos momentos?
Tanto querer que se echa a un lado.
Tanto amor, botado.
Tantas sonrisas jamás repetidas.
Tantas palabras, nunca vueltas a decir.
¡Qué difícil se ha vuelto!
Difícil, lo que parecía tan tonto.
Difícil, lo que parecía estúpido.
Y la neblina de la noche se volvió más espesa.
Se durmieron los sueños, resurgieron las penas.
Y el dolor se interpone en el camino a los colores,
se vuelve negro el cielo, y empieza a llover.
No más consejos, no más compañía.
No más te quieros, no más.
No se llevan bien tu querer y el mío.
No son del mismo planeta, se desconocen.
Podrías estar tú aquí, y yo a tu lado, y no nos veríamos.
No te vería, no me verías.
Porque no correspondes a mi dimensión,
y yo no correspondo a la tuya.
Porque no la concibo,
y tu no concibes la mía.
Amistad y amor no coordinan,
se desconocen, se lastiman.
Y aunque quieran convivir, no lo logran;
sólo se toman para desgarrarse entre sí,
para resquebrajar las almas, para romper corazones...
La vida te termina demostrando, al final del camino, que la amistad va por sobre todo: que duele más el corazón al dejar ir a un amigo, que al perder a un amor.
glory days-
Nuestro día de gloria.
El momento de decir: lo haré hoy y no mañana.
Porque éste es nuestro momento.
Momento de decir: ésto soy, ésto quiero ser.
Ésto siento y ésto quiero sentir.
No importa lo que seré mañana, menos aún lo que fui ayer.
Soy hoy, siento hoy, vivo hoy.
Porque no hay momento, ni segundo, ni latido, que se vuelva a repetir, a dar, en iguales condiciones, circunstancias, con las mismas personas, en la misma casa, bajo el mismo sol, bajo la misma lluvia; como aquellos dos que allí estaban, en ese instante único, pero mirandose, observándose, rogando porque el futuro sea colorido, porque allí suceda algo de una vez, por ser felicidad de a dos en lugar de uno, en vez de tomar sus almas y arrojarlas al infierno del amor; arriesgarse por amor, YA.
Choices
Estaba claro que no era sorteado.
No era ni sorteado ni librado al azar.
No era ni sorteado ni predestinado.
Era cuestión de elegir. De seleccionar.
De tomar un camino. Por sí o por no. Por blanco o por negro. Por lo que está bien y lo que está mal (bajo nuestra concepción).
Pero así como hay quien elige con facilidad, hay (y cuántos...) quienes eligen sin elegir, los que cierran los ojos y señalan sin ver, deciden sin saber, omiten, no opinan. Sumisos, perdidos ante una neblina un tanto extraña, víctimas de la falta de conocimiento y fuerza; conocimiento para saber, fuerza para elegir.
Decisiones fallidas, generalmente, resultan de esto. Decisiones que no enseñan más que una falta de devoción por lo que se cree. Una falta de amor por lo que se piensa, se desea, se busca seducir. Una falta de noción de qué es lo que hay que seguir. Una falta de sentido para poder escuchar a ese pequeño, que nos grita, desde adentro, sus más profundos deseos, que nosotros -en infinitas ocasiones- descartamos, desechamos; tirados en el bote, esperando embarcarse en alta mar para perderse y arrojarse al mar, a ese océano de olvido que jamás será recordado.
Cuán sencillo, cuán hermoso, y cuán magnífico sería todo sí tan sólo siguiéramos el ritmo del corazón, ¿no?
¿Otra vez buscar? ¿Otra vez sentir?
No debe ser así. No tendría que ser así.
Pareciera como si no pudiéramos crecer. Como si no pudiéramos deshacernos de los fantasmas del pasado. Como si la vida fuera muy difícil para ambos. Como si alguna vez nos hubiéramos amado.
Pero entre nosotros sólo hubo una llama.
Pequeña, pero duradera, intensa.
Pequeña, pero que insiste en no apagarse jamás.
Pequeña, pero que alguna vez se sintió gigante, enorme, arrasadora.
...
Se desean mutuamente. Ella levanta la cabeza y lo percibe. Su mirada se puede sentir como un escalofrío a lo largo de su espalda. Desea que sus manos le rocen las suyas.
Él también desea lo mismo. La ve u no deja de llamarla, silencioso, atrayéndola con todas sus fuerzas.
Ambos se desean. Pero ahora, mañana tal vez no. Tan sólo son aventureros, impacientes por arrojarse por ese precipicio, inundados de pasión y locura.
En horas, el último primer día de clases. Es raro pensar que llegó este día. Hacía poco lo veía como lejano, y ahora faltan tan sólo un par de horas para volver a pasar esa puerta, empezar la rutina, terminar mis vacaciones. Es lo que hay. Pero, aunque implique despertarme temprano, hacer tareas, estudiar y ser más ordenada, me gusta, un poco, que empiece otra vez.
Suerte a mi misma y a mis compañeros.
Empezó el ciclo lectivo 2012.
6° de Ciencias Naturales!
No es una historia de amor. Ojalá así lo fuera.
Perdí a mi mejor amigo. Hace cuestión de un mes. Pero no lo perdí físicamente. Él aún existe, el vive. Pero yo no existo para él. No pertenezco a su mundo. Decidió borrarme, decirme adiós. Como si hubiera desaparecido de la galaxia, como si se hubiese marchado lejos para no volver.
De vez en cuando escucho algo sobre él. Estoy atenta a las noticias, a veces, por si allí aparece.
Porque fue para mi como un hermano.
Fue para mi como un padre.
Fue para mi como un compañero.
Lo fue todo.
Y así como fue, ya no es más.
Se esfumó, se perdió entre la neblina.
No puedo verlo.
No puedo volver a preguntarle cómo se encuentra, qué le pasa.
Ya ni se si lo sigo conociendo. Pero la verdad es que lo extraño. ¡Y cuánto!
A veces miro las estrellas y lo recuerdo. Sentado a mi lado. Y siempre que escucho la lluvia, que huelo la lluvia, que siento la lluvia, lo escucho a él, lo huelo a él, lo siento a él.
A veces sonriendo.
A veces algo triste.
A veces feliz.
A veces llorando, cuando yo le recordaba que era mi amigo.
Pero no eran lágrimas lo que caían, no era agua salada lo que contra el piso se echaba. Era tan sólo dolor, dolor del corazón, dolor del alma.
Jamás cambió lo que yo sentía,
jamás olvide que era mi amigo.
Pero él no pensó igual que yo, no me quiso igual que yo, tan sólo diferente.
Me amó diferente,
me escuchó diferente,
me abrazó diferente.
Y lo que para mí era algo normal, para él pasó a ser especial. Y tuve que dejarlo, entre lágrimas, de un corazón dolido, que se echaba sobre la mesa ofreciendo sacrificio. Un corazón que se desangraba hasta perder su combustible, hasta dejar de latir. Un corazón que era enemigo del mío, discernía con el mío, discutía con el mío, se peleaba con el mío. Porque jamás sintieron lo mismo, porque si alguna vez se habían entendido ya no lo hacían, porque dos amores diferentes se habían mezclado para jamás ser homogéneos, sino agua y aceite, sino cielo y horizonte, sino río y mar; distantes, solitarios, juntos pero lejanos, perdidos en un vacío que jamás alcanzarían llenar, porque sólo se llenaban unidos, porque sólo eran plenos juntos, aunque ninguno de los dos había caído en la realidad: que eran dos almas diferentes, que contrastaban, que boxeaban en el ring, esperando derribarse entre sí.
Hoy por hoy, necesito eso otra vez. Extraño amar. No sé por qué, ni de qué manera, pero lo extraño. Tal vez necesite ese motor del amor que me hacía tener una meta fija, desafiarme, tratar de jugar un partido de cartas con el destino apostando todo sin importar perder o ganar, arrojarme en una pileta sin importar si está vacía, pero poder gritar al cielo, a las estrellas, al sol y a la luna, que mi corazón ama, ama desgarrándose, ama desangrándose.