Hace unos días escasos, una amiga vino a conocer la casa a la que nos mudamos el último abril. Sonrió al ver las cáscaras de pomelo y naranja secándose desde las asas de la alacena.
-Las cascaritas!!!- exclamó, entre emocionada y pueril.
Convertir una casa en un hogar es una tarea que es tan fácil o tan difícil, dependiendo no sólo de la experiencia previa o en qué lugar del mundo se esté, sino de la idea, ya sea abstracta o concreta que tenemos in-mente para figurarnos en pensamientos y sensaciones cada una de esas dos palabras.
Miro la mesada llena de especias, hierbas secas recolectadas personalmente en la montaña, un frasco de vidrio repleto de aceite de oliva macerando un romero seco. Inmóvil, quieto, en silencio, pero macerándolo. Hay algún plato sucio y una rama de tomillo fresco sumergido en agua intentando que esqueje. Sus terpenos inundan el aire con ese aroma a bosque que tanto me refresca la mente y el corazón. No conozco las épocas ni las condiciones pero siempre lo intento, con cada planta que puedo, es decir, planta que paso a saludar y me invita a intentarlo.
El mate se toma, casi siempre, con agua de la canilla. Y el cuenco se condimenta con pomelo seco y hojitas de esa misma planta que descansa sobre el agua, a la que le envío constantemente una energía que la penetre y le active sus dones naturales de esparcirse y dejar descendencia. La yerba ya no se seca, pero se respeta, así que el instrumento de madera traído de Salta, lejos de ser de caldén, adorna el aroma de la infusión con un dejo de algarrobo que me recuerda el mate de mamá y papá, ese de las mañanas de domingo, que se lava rápido y se recalienta solo.
¿Cómo convertir una casa en un hogar con esas referencias?
Entonces hiervo un poco de agua, la suficiente como para completar tres cuartas partes del termo, evitando excederme para no ocupar energía de más. Armo el cuenco despacito, agradeciendo al árbol y su madera, al arbusto que me dio la yerba y a la cáscara del sagrado fruto, del cual desconozco su origen y tratamiento. Desparramo unas hojitas de tomillo seco y lo huelo, como siempre, porque su aroma me recuerda a mí, a quien fui, que ya no es todo lo que soy, pero sí una parte esencial y maravillosa.
En este hogar hay tantos animales no humanos como humanos. Hay ventanas que dan al mar y una puerta que deja ver, una vez abierta, una montaña anaranjada, rocosa y cavernosa. Hay macetas donde descansan trozos de plantas que fueron capturadas sin permiso pero con respeto, para multiplicarlas y declarar finalmente que hay más plantas que animales la naturaleza que sean.
En la repisa hay dos bolsas de yerba y una foto que me traslada. Mientras tanto me interrumpe un rasguño de felino que salta y cae sobre los botones y perillas, y yo refunfuño y lanzo un gruñido sordo a la vez que le doy muy poca importancia.
Cada vez que alguien me ve con un mate en la mano me hace un comentario. Me han preguntado si era droga, si daba superpoderes, si acá estaba permitido, que de dónde lo traía, que por qué nos lo llevábamos a todos lados. Esta última pregunta me hizo pensar en que quizás, entre todos, nos estamos buscando. También me consultaron su sabor y sus efectos. Incluso, sin saber mi profesión, si era diurético, si era adecuado beberlo pre o postprandial. Me hablaron de sus beneficios después de hacer deporte, sus propiedades energéticas y hasta místicas.
Pocas veces negué la respuesta que creía cierta, dándole espacio a la que creí adecuada: quizás un chistecillo sin ánimos de ofender a nadie, principalmente cuando creían que era marihuana o con eso de los superpoderes. Hulk, por lo verde.
La mayoría de las explicaciones que di fueron cortas, y lo más sinceras posibles, con el rostro lleno de amor como si mate fuera eso, o al menos una parte muy importante de eso, que me hace sentir el hogar. Hogar de muchas formas, texturas, colores. Hogar con ruedas, en el camino, en distintos lugares, incluyendo muchos en los que no encontraba a nadie que hablara nuestra lengua, o en los que ese encuentro no era cotidiano.
Pero ahí estaba, a primera hora de muchas de nuestras mañanas: cacerola repleta de agua sobre un fuego, a veces lento, a veces apurado, a veces insuficiente. Hasta se ha apagado, y una garrafa vacía fue la excusa para dejar la dulce y cálida bebida para la próxima mañana.
Es que no tiene nada de dulce, pero cada mate tomado viene con tantas, tantas otras bellísimas sensaciones. Viene con tantos rostros de personas y perfumes y contextos. Y siento que no soy la única, porque a veces, a decir verdad, unas cuántas veces y a menudo, escucho pronunciar, fuerte y claro, una pregunta corta, conjugada en español rioplatense. Sale de una boca que acompaña un gesto amable en un rostro que se dirige hacia a mí y hacia el cuenco de madera que yace en mi mano, y el cuerpo del que se extiende también levanta un brazo y un dedo índice señala el cuenco, sin ánimos de ofender... no, ya sé que señalar para algunos es ofensivo, pero para mí, así, representa un abrazo, tierno y empático, como si el terreno debajo de mis pies hubiera tenido la capacidad de separarse de la placa tectónica rebosante y ascender con elegancia por los aires, para cruzar el imponente océano y arribar ahí, en el barrio de casas bajas, donde conozco a menos vecinos y lo más parecido a buscar una montaña en el paisaje era ver el cartel de Ekono desde los hombros de papá parada frente a las pequeñas ventanillas que hacían de tragaluz fusionadas con las tejas haciendo de techo y de cielo a la vez, ahí, en la parte más cenital de la casa ¡qué lindo y emocionante que era estar ahí! Ahí que alguna vez fue cuarto de juegos, de miedos, de herramientas y trabajo de papá, sala para fiestas, cuarto de adolescente, de adulta, ex-cuarto... Y me devuelvo inmediatamente al tiempo y espacio presente cuando termino de escuchar esa voz familiar y esas eses fuertes me pronuncian las palabras:
-¿Sos argentina?