cuánto costará un salvavidas
cuánto costará llegar a la orilla
y salir de este océano
que me está ahogando
segundo a segundo
más y más
llevándome hasta lo profundo
sin poder respirar
matándome sin piedad
alejándome de tu mundo

Los pies helados, la piel hirviendo.
Cama sola, cama fría.
Lágrimas cayendo.
Húmedo hasta el cemento.
Se escucha la respiración.
Entrecortada, moja la almohada.
Sobre sí misma abrazada,
susurra palabras que no dijo.
Porque simplemente
se quedó sin decirlas.
Porque la cama está tan fría...
Baja la mirada, busca un atisbo.
Los ojos se le nublan,
el miedo se hace vivo.
No hay nada, solo vacío.
Falta, y hace falta.
Se nota la ausencia,
se nota la falta.
Desaparece sin dejar rastro
y allí se queda ella,
acurrucada,
esperando ser salvada.

—¿Cómo sigue tu vida en mi ausencia?
Su pregunta repercutió en mi alma como un balazo a quemarropa de una escopeta calibre 12. ¿Vieron esas que se usan para cazar? Esas que te matan... o te matan. Porque el cartucho sale disparado y una lluvia de perdigones se dispersa en esa dirección. Y si no te pegan unos, te pegan los otros. Imagínense a quemarropa... Me invadió el cuerpo. Me llenó de plomo todo el pecho. Se me fue a las arterias, a las venas. Me tapó los capilares y me quedé isquémica. Se me durmió el cuerpo. Sentí frío, y dolor, y sangraba insistentemente. Quise respirar y no pude. Mis pulmones no funcionaban. Llenos de sangre, no respondían. Me esforzaba y era en vano. Era poco lo que quedaba, poco aire, poca luz que ver, poco aroma que oler, poca piel que sentir. No quedaba nada, porque era el final, porque me estaba muriendo ahí, en ese instante. Y no había solución, ni vuelta atrás, ni forma de ganar la partida. Porque la vida no había sido vida desde aquel día y sólo se convirtió en un lento y agonizante camino a la muerte. Porque nunca me había animado a olvidarme de todo, ni me había animado a dejar la vida, por cobarde, por temor. Porque siempre había sido así, terriblemente cagona, con ese maldito miedo a perderlo. Y el miedo se hizo realidad, lo hice real, me encargué de que sea así. Me odié, me odié insoportablemente, haciéndome caer en el peor de los abismos. Y allí me quedé, esperando el momento, reservándome el último aire, las últimas gotas de saliva, el último atisbo de razón, para poder responder y decir:
—Muerta.
sonreír y ser feliz
por el simple hecho
de vivir la vida
sintiéndose bien
calidez plena
humana y real
recorriendo las venas
inyectando al corazón
respirando profundo
ese aroma especial
impregnar los pulmones
dándole vida al cuerpo
a cada parte del cuerpo
ese que se estremece
cada vez que tocás
—Me gusta respirar cuando estoy cerca tuyo porque es como si respirara una parte de tu alma.
—¿Y qué tiene de emocionante eso?
—¿Sentir que respiro tu alma? Supongo que es un vicio mío.
—Un vicio más...
—Sí, es uno más, como el cigarrillo o como poner el volumen en números múltiplos de cinco. Como escuchar música o comerme las uñas.
—¿Y por qué soy tan especial?
—Porque sos el vicio más difícil de sobrellevar. Porque el tabaco es prácticamente inagotable. Porque mis uñas vuelven a crecer. Porque la música nunca termina y porque el volumen es un factor. Vos sos un ser humano y mañana podés desaparecer. Y soy dependiente. Si te vas, necesito irme con vos.
—Pero no me voy a ir.
—Eso decís hoy. Y quizá sea cierto y nunca te vayas. Pero algún día podés irte y ningún otro vicio va a ser suficiente como para suplir la falta de vos.
—Eso decís hoy.
—Ojalá algún día podamos vivir sin miedo.
—El miedo a perdernos hace especial el día a día. Si estuviésemos plenamente seguros de que mañana nos reencontramos, quizá este presente perdería el encanto. Un futuro incierto da cierto condimento.
—Me gusta que nos entendamos. Acercate y abrazame.
Respira hondo.

"ser feliz"

—Defina "ser feliz".
Iba a comenzar a hablar, pero decidió detenerse y formular su respuesta. Tenía que hacer una buena descripción. Creíble, poco idealista, real, bien mundana. Lo que querían escuchar los demás. Ese tipo de definiciones que, si estuviesen en una contratapa, llevarían a quien la lea a querer comprar el libro. Ese tipo de definiciones que no ilusionan sino que ubican en la realidad. Esas que parecen alcanzables. Esas que generan expectativas. Como un texto de autoayuda, un consejo de hermano, la palabra de un sacerdote.
Quería definirlo dejando de lado la subjetividad, sin irse a sus razones personales. La felicidad era algo intermitente en su vida. Se mostraba feliz a cada segundo, pero por dentro, un sinfín de virajes emocionales se contorsionaban y retorcían entre sí. Era cuestión de explicar la felicidad como un diccionario, sin describir lo que lo hacía sonreír a él, sin mencionar su nombre. ¿Cómo evitar pensar en ella si debía definir la felicidad? Si sonreía cada segundo que pasaba a su lado. Si era quien más le hacía reír. Carcajadas eternas entre caricias desnudas, piel con piel, abrazados en la cama. Horas y horas de miradas sinceras, lo único sincero de sus semanas. Esos días eran los días que él consideraba vividos. Y todo desde aquel hermoso y bendito día en el que cruzaron las miradas allí, en el medio de la clase. Allí ella, sonriente y gentil, simpática y real. Real como ninguna otra mujer que había visto en su vida. Ya no quería nada más efímero. Se había cansado del vacío existencial de las transitoriedades, todo breve, corto, fugaz. Y allí estaba ella, latiendo entre medio del resto. Cambiándole su vida para siempre. Porque a partir de ese momento así sería: ella, y el resto. Ese sería el mundo para él. Ella, y nadie más. Sus ojos como estandartes. Su sonrisa como bandera. Cómo no extrañarla cuando no estaba... Cómo no amarla a cada segundo. Cómo no desearla. Cómo no temer que alguien se la lleve... Ahí estaban estos sentimientos que no lo dejaban ser feliz. Y ahí estaba la razón de su felicidad, y de su infelicidad. Su presencia o ausencia. Su mano en la espalda, o su cama fría. Sus "te amo" en el oído, o el silencio de la soledad. El brillo y el aroma de su piel... o la oscuridad y el olor nauseabundo de la ciudad por la noche. Ella era su razón. Sus respiros. Sus latidos. Era la esencia de sus almas fundiéndose en un abrazo eterno, invaluable, incomparable...
No podía definir nada. Ya no podía pensar en nada más que en su cara. Su cara inundaba su mente. Recuerdos e imágenes. Momentos infinitos. Y un extrañar intenso que se incrementaba semana tras semana, descartando las horas, tachando los días, esperando el viernes por la noche, para dormir a su lado y amanecer mirándola, con ese semblante tan perfecto. No era amor, era más que eso. Más que felicidad. Más que plenitud. Era el todo. La vida misma. Su propia alma...
—¿Que defina "ser feliz"? Mire... le muestro una foto.
El problema de que una persona te salve de querer desaparecer del mundo no radica en deberle tal favor, sino en que se convierte en la futura razón de tus intenciones de desaparición.

canción única

El sonido de mi alma había sido insignificante siempre porque me decía qué era lo que estaba mal y yo decidía ignorarlo porque no me importaba. Era un sonido chillón que nunca cesaba pero a mí no me importaba porque no le prestaba atención. No me molestaba que estuviese presente porque cuando hacía las cosas mal me iba de mi cabeza y me olvidaba de que sonaba. Me iba largas horas y no me importaba irme porque era lo que quería: alejar ese sonido de mí. Se iba de a ratos para volver a invadirme los oídos de un momento a otro y necesitaba más para volver a aliviarlo. Porque sino no paraba y me ponía nerviosa porque hacía las cosas mal y seguía sonando. Porque no me importaba dejar de hacer las cosas mal pero quería que dejara de sonar y hacía las cosas mal porque lo alejaba momentáneamente. Nada lo tapaba ni lo callaba. No existía melodía ni acorde que sirviera de tapón. Era un círculo sin fin y ese ciclo me llenaba la vida porque mi vida estaba vacía y no había con qué llenar. Porque poco sentido había y poco sentido encontraba más que jugar a escuchar y apagar ese sonido que tanto me irritaba, que tanto me desesperaba. Era un sonido intrínseco a mí y hacía ecos por todo el cuerpo. Hacía ecos en mis pulmones y me los robaba y después en mi cerebro y después se apagaba y se volvía a prender. Y simplemente hacía oídos sordos y sonreía con falsa felicidad porque la plenitud no era real sino una careta para ocultar la realidad. Que no era feliz. Ni estaba completa. Ni oía los pájaros ni el ritmo del mar. No oía el viento ni podía escuchar las hojas de los árboles cuando se rozaban entre sí. Ni siquiera estas teclas que presiono para escribir. No oía nada más que ese maldito sonido que me acechaba a cada hora, porque las cosas estaban mal, porque las hacía mal, porque me gustaba hacerlas mal y me llenaban temporalmente.
Hasta que apareció una canción única que jamás había escuchado. No sólo era perfecta sino que sus notas parecían ser eternas. No tenía fin, ni tenía principio: parecía predeterminada a pertenecer a mi vida. Parecía hecha para mis oídos, para mis sentidos. La oí, la vi en el aire, la degusté con mis labios. La toqué y me hizo estremecer. La recordé, imprimiéndola en mi cerebro como una huella inagotable. Se volvió un recurso de vida. Un cáliz de oro puro con la pócima ideal para traerme la salvación. Fue ensueño y calor y cobijo. Fue un abrazo en el medio de julio y un beso en la frente que se fruncía. Fue un escalofrío que me erizó la piel y el terremoto que hizo temblar mi mundo. Fue una especie de alimento que se metió por mi boca para llenarme el interior. Se filtró por mi sangre y ocupó el corazón. La respiré, la canté, la narré. Le hice poemas a sus versos y a sus estrofas. Le dibujé unas sonrisas y otras se las regalé, sonriéndole, sincera, por primera vez. Le pinté las melodías y la hice bailar, para que se vuelva girones y me envuelva el cuerpo. La hice sonar. Sonó en mi alma. Sonó en mis adentros y tapó el sonido. Ese maldito sonido. Ese sonido inquietante que tanto me desesperaba. Lo tapó, lo mató y lo enterró profundo. Mató la sombra del alma que me tenía deshecha por dentro y por fuera. No más ira ni descontento ni tristeza. De vuelta la lluvia emocionaba. De vuelta cantaban los pájaros. De vuelta se oía el mar. Porque me dio las claves para ser feliz. Me dio el código que necesitaba. Los acordes para vivir. Para entregarme. Para amar.

mirarse

Desde el silencio de una voz apagada se puede, quizá, apreciar aún más la belleza, sin necesidad de articular palabra. Con el simple fin de la admiración: el simple y magnífico fin de quedarse mirando como si nada más sucediera en el mundo, mirar por gusto y por vicio y por afición. Mirar y sonreír por la felicidad que provoca la posibilidad de mirar. Admirar en silencio y quizá rozar con la mano, con el dorso o con la palma, la mejilla de esa cara que observo. Es bellísima y me da ganas de seguir mirándola eternamente. Y casualmente cruza su mirada con la mía, tan fija en sus ojos, sus rasgos, sus gestos. Cruzar miradas es como un flechazo en el medio del pecho, pero no de esos que lastiman, sino uno que deja fluir el alma hacia afuera, engrandeciendo cada respiración y haciendo palpitar el corazón. Son nervios y fantasías mezclados con la pasión de ese momento, ese cruce de miradas que se imprime en la retina para albergar la memoria para siempre. Mirarse ambos con el simple fin de la admiración, el simple y magnífico fin de quedarse mirando como si nada más sucediera en el mundo, mirar por gusto y por vicio y por afición. Mirarse y sonreír, los dos, por la felicidad que provoca la posibilidad de mirar. La posibilidad de haberse mirado en ese preciso instante y encontrarse, el uno al otro, en la infinidad universal.
Se me inundó el mar de palabras y de frasecitas armadas. Y no me importa, porque no van a salir: ya perdieron la gracia. Cuando sentir pasa de nivel, excede ese infantilismo inicial para dar lugar a un vínculo maduro, verdadero, absolutamente real y sin posibilidades de dubitación. O quizá sí, porque siempre habrá una duda, siempre un miedo... forma parte del sentimiento, de sentir algo tan fuerte y real y tener miedo de que se rompa, sufra o salga lastimado. Cuidar el sentimiento es cuidar el alma propia y la ajena, cuidar los despertares, el ocaso, los anocheceres. Es ser pareja, amantes y amigos a la vez: mimar un poco desde cada punto para que la rutina no lo degenere, porque es amor, sí, pero acompañado de esa cuota de pasión intensa, parece ser perenne. Es un sentimiento que envuelve a dos personas involucradas, y no importan los que rodean, qué piensan acerca de eso, qué pretenden, qué esperan de los dos. Sólo importan ellos, ambos: deseándose cada día más, deseando la compañía y disfrutando la existencia como si fuera el último momento de sus vidas. Es la pasión que se desenvuelve a su alrededor, formando espirales que los aproxima, los une, los mantiene cerca. Son dos que se aman y se viven y se sienten, y desean y sueñan y se emocionan por el porvenir. Son dos que se piensan y sonríen. Dos que, desesperados, pelean ante cualquier miedo idiota que amenaza con quebrar algo. Pelean sin querer y se rinden al mirarse, porque ven claro que no hay temor que los destruya: que es inmenso, enorme, infinito. Es amor, sin cuantificarlo: ni mucho ni poco ni demasiado ni más o menos. Amor, el amor único, un amor sólo, el amor del alma; ese que, de sólo sentirlo, invade toda la vida.
si se quiere
ser el mejor
no se debe
tener miedo
a errar

a su merced

A veces, simplemente, el miedo no radica en amar. No se tiene miedo al amor sino a amar sin ser amado. A amar y perder al ser amado. A amar y dejarse a uno mismo. Se teme a amar en soledad o a amar hasta desindividualizarse. Volverse el otro en ilusión de entrega plena y perdiendo la esencia que nos hace lo que somos. Pero, ¿qué sentido tiene dar hasta la esencia si nos va a dejar vacíos? Y la otra persona ya no se va a encontrar con lo que amaba. Va a descubrir un ser enajenado, desconocido, indefenso, dependiente, débil, carente de identidad. Ser que entregó todo y hasta su mismísima alma pensando en el amor como una disposición plena, aunque más que dispuesto parecería sacrificado ante ese sentimiento, exacerbado en obsesión, desquiciado y manipulador. ¿Y qué le queda al que nos amaba? ¿Cómo tratarnos? ¿Cómo evitar que su sentimiento de amor se desmorone al descubrir que nos convertimos en robots a su merced? ¿Cómo va a soportar la deshumanización?

pasional

La televisión estaba con el volumen al máximo, pero él no escuchaba nada. El último sonido de la puerta golpeando con tanta fuerza al ser cerrada lo había dejado sordo. Hacía unos segundos, ella había atravesado esa puerta. Se había ido, así sin más, enojada, gritándole barbaridades, culpándolo de sus desgracias. En realidad, él la había echado. Pero no le dijo que se vaya realmente. Le estaba anhelando que se quede. Porque hacía frío y era uno de esos días de invierno donde la soledad duele más sólo porque está frío. Uno de esos días donde ni la música llena. Porque el alma se congela y se queda allí, inmóvil, tiritante. Y desea poder no sentir, pero el frío no lo anestesia. Sólo se cuela entre sus huesos, estrangulándole el pecho, asfixiándolo. Está ido y congelado en el tiempo. Se le congelaron los pensamientos y los sentimientos. Está pasmado. Se fue y él no pudo hacer nada. No corrió detrás de ella. Sería una cuestión de orgullo, quizá. Pensó que funcionaría lo que siempre funcionaba a la inversa. Pensó que si le decía que se vaya, ella se quedaría. Como siempre que él se queda, por miedo a perderla. Como cada vez que ella le decía "andate", o "no me toques", para que él termine abrazándola y mimándola, aguantando sus golpes, su ignorancia y su frialdad. Malditos sean esos estúpidos arranques de histeria femenina reforzados por su estúpida tendencia a llamar la atención junto con su estúpida afición a dramatizarlo todo. Drama hasta en el más mínimo detalle. Drama hasta cuando todo andaba bien, porque ella necesitaba el drama, lo necesitaba para tener una excusa para ver a una amiga y tomarse un café en el bar de la esquina de la facultad. Una excusa para que la abracen mientras lloraba, repitiendo una y otra vez lo infeliz que era por su culpa. Y sus amigos sólo le decían que salga a divertirse. Y cancelaban la cita del sábado a la noche, cuando él le enviaba un mensaje de texto a las once de la noche preguntándole qué harían, si saldrían como habían arreglado antes de esa pelea tonta. Y ella sólo le responde que no, que no podía, que ya había acordado con "las chicas". Esas, "las chicas", esas mismas pseudoamigas que criticó frente a él, innumeradas veces. Esas imbéciles, esa que tiene un herpes porque es una regalada que anda con cualquiera, o esa que se hizo el alisado porque tiene unos rulos horribles, o esa que es una cornuda tremenda y no lo sabe, o esa que está muy flaca porque es una anoréxica asquerosa, o esa a la que le salió un grano en la frente, o esa que está embarazada y "se cagó la vida", o esa que está teniendo éxito en su carrera y es "una comelibros"... Y así, así días y tardes y noches enteras de escucharla despotricar contra todos, él sólo mirándola, mirándola y escuchando sus palabras vacías, tan vacías, tan despreciables. Pero él sentía que la amaba y la escuchaba y la dejaba hablar, porque a ella le hacía bien, porque después de esa charla él recibiría un "ay, amor, gracias por escucharme, sos el mejor, te amo". Esas frases que no salían nunca por espontaneidad, que sólo salían cuando él hacía algo por ella, algo tan corto de sentido como escucharla mientras criticaba a medio mundo, pero nunca cuando le preguntaba cómo estaba o cómo venía su día. Nunca cuando le decía que se cuide del frío o que le deseaba una buena jornada laboral. Simplemente vacío, vacío todo el tiempo, vacío de sentimientos y de expresiones y simple compañía por costumbre o por conveniencia o por belleza o por el sexo o por quién sabe qué. Y se dio cuenta, se dio cuenta después de todo, que ese maldito frío y esa soledad tan abrumadora eran mejor compañía que la de ella. Porque en su soledad descubrió todos estos pensamientos, todo lo que le hizo descubrir que eso no estaba bien, que él no estaba bien, que su alma estaba sufriendo y que vivía por alguien que no daba nada por él. Se había inventado una relación en la cabeza, que sí, quizá alguna vez había existido, quizá cuando eran más chicos e inocentes. Pero ahora ya no era así, debería asumir los cambios. Las cosas habían dado un vuelco, El clima tenía que cambiar. Tenían que cambiar porque no era feliz, porque se había empecinado en mantener a su lado a alguien que parecía que hacía mucho tiempo que se quería ir. Pero parece que le gustaba el juego de llevarlo de las narices a todos lados. Así que decidió no llamarla. No hablarle ni saber cómo había llegado. No comunicarse para nada. Lloraba, lloraba porque la amaba a pesar de todo, pero ya no quería sentirse así, ya no quería saber más nada con esa persona, que había pasado de ser su pareja, a una desconocida. Ya no quería que existiera, quería que desaparezca, que se vaya para siempre.
Volvió a la realidad cuando de repente, escuchó su nombre. No era su mente. Era su nombre y apellido, completos. Lo volvió a escuchar, lo escuchó desde atrás suyo, lo escuchó desde la televisión. Vio las noticias. "Asesinato en Microcentro" decía el titular. "Murió al instante" decía más abajo. "Tenía 27 años" exclamó el periodista. "¿Un crimen pasional?" preguntó alguien, pero ya no logró distinguirlo, tenía la vista nublada. Le temblaba el cuerpo, las piernas, los brazos.
Observó sus manos. Estaban ensangrentadas.

definiciones


Siempre buscando definir todo.
Siempre tratando de ponerle palabras a cada cosa que se nos cruza por la cabeza.
Descripción, numerar, clasificar, comparar, cuantificar. Si mucho o poco o nada o demasiado, si intenso o fuerte o débil, si hasta mañana, hasta ayer, hasta siempre.
Siempre buscando inicios y estableciendo finales. Poniendo títulos. Llenando hojas y hojas de letras formando palabras, formando frases, formando oraciones, textualizando una narración que tiene por objetivo definir.
Dar la definición de todo. Definir un sentimiento. Un recuerdo. Una emoción. Cuánto amamos, cómo recordamos, si nos emocionamos. Qué entregamos, qué recibimos. Cuantificando y calificando y clasificando. Estructuras. Jerarquías. Y al final... la nada misma.
¿Y qué diferencia un "te amo" de un "te amo mucho"? ¿Qué verifica un "te extraño" si nunca hay "paso por tu casa"? ¿Y qué asegura que un "para siempre" va a ser eterno? 
Para qué decirlo, para qué perder tiempo preciado diciéndolo, escribiéndolo... Si con una mirada alcanza. Un beso. Una caricia. Un llamado. Preocuparse, acompañar, estar. Continuar allí, persistentes, sin prometer infinidades: simplemente llevándolas a cabo. 
Abandonar las definiciones para eliminar los límites que definir trae consigo. Volver todo ilimitado, sin fin, sin cota. Sin estructuras que nos digan cómo. Sin manuales que expliquen por qué. Liberar el sentimiento y dejarlo ser, ser uno mismo el sentimiento, desenvolviéndose, inmerso en él.

"Ser médico... es fácil" - Dr. Antonio Armando Lara

Me pides muchacho aclare tus dudas
que como fantasmas, te acosan y apuran.
Seguro que esperas respuestas maduras
que alumbren a giorno tus sombras oscuras.
Sé bien lo que quieres y ansío ayudarte,
porque esas dudas remozan mi sangre
ya que fueron mías al recién graduarme,
algo, poco o mucho, tengo que brindarte.
La ruta es muy larga, casi inalcanzable,
es siempre exigencia, permanente darse,
pensar en los otros, comprender, amarles,
sentir sus dolores, sufrir en su carne.
Ser timón y guía en cada percance:
responsable pleno de sus desenlaces.
Ser hermano, amigo, confesor o padre,
tumba de secretos que jamás violares.
Calmante de angustias, dolores o hambre,
curioso obsesivo que explora incesante
el cuerpo, la psiquis, el mundo o el aire,
sin renunciar nunca a beneficiarles.
Que el fin del balance no pueda acusarte,
que tu meta sea siempre un semejante:
sin nombre, sin cara, al que te entregaste
con toda tu ciencia, tu atención y tu arte.
Recibir por pago lo que no soñaste:
los ojos llorosos de una pobre madre
que rogando al cielo pretende expresarse,
y lágrimas sólo tienen para darte.
Ya ves mi muchacho, no te me acobardes,
vocación ya tienes, completa el bagaje,
junta valentía, honradez, coraje,
y verás entonces: ser médico... es fácil.

Dr. Antonio Armando Lara

Gracias Julián Prieto por el aporte a tus alumnos de este hermoso poema.
Voy a construir una casa. No va a ser una casa cualquiera. Quizá será chiquita y pequeñita. Tendrá una cocina compartida con el comedor, algún silloncito inclinado en dirección a la televisión y una cama grande para dormir y quizá comer y quizá charlar y quizá llorar y quizá desvelarnos noches enteras sin descansar. Va a tener una pared repleta de fotografías, quizá nuestras, quizá de sueños, quizá de aquellos destinos a los que deseamos llegar. Voy a pegar nuestros dibujos en las paredes y hasta algún "te amo" escrito en algún volante que algún repartidor te dio al pasar. Voy a cocinar las comidas más ricas para que noche tras noche saborees la vida de una forma diferente. Voy a besarte inesperadamente para que cada día te sorprendas por el amor que sentimos. Voy a mimarte paso a paso y masajearte la espalda cuando estés sentado en tu silla descansando luego de cenar. Voy a doblarte la ropa al irte a dormir y despertarte con un beso en la mañana, pasándote la mano por el cabello (lo que tanto me gusta hacer). Voy a construirnos un baño con una ducha enorme, que nos permita mojarnos al mismo tiempo, para besarte bajo la lluvia sin que suframos frío. Voy a bañarme con vos para que me veas siempre como soy en toda situación. Para verte puro y limpio y todo y vos allí. Para que el agua se lleve los dramas y problemas del momento. Que en su pasar, drene lo que tenemos guardado dentro. Y por si esto no alcanza, voy a dejar un gran espacio para el patio de atrás. Voy a plantar flores para que nunca nos falten los colores. Voy a plantar un árbol a tu lado y lo vas a plantar conmigo para marcarnos la vida para siempre. Voy a construir un pozo de los deseos y regalarte millones de monedas para tirarlas juntos y desear por igual. Voy a regalarnos cintitas para atar nuestros problemas con delicadeza. Voy a acariciarnos e intentar que, en el día a día, el amor no adelgace. Que no se pierda ni se olvide ni se reemplace. Que sea puro y completo como el de la primera vez. Y que ambos tengamos impresa la posibilidad de creer y percibirlo y asimilarlo y guardarlo en lo más hondo del alma. Guardarlo ahí donde guardamos todas las cosas hermosas de la vida, todos los hitos que recordamos con lágrimas de emoción en los ojos, pasados 20 años. Quiero guardarnos en mi alma y escribir nuestra historia en el tiempo.

polígono

Y hay días que me siento un chiliágono,
y hay días que me siento un eneágono,
y hay días que sólo soy un triángulo,
que con un solo quiebre me caigo,
me destrozo y pierdo mi forma por completo.
Pero descubrí que hay un método
para independizarse de los lados,
de la cantidad que me formen
o del número de vértices:
es llenándome de vos
y de tu mágica maleabilidad,
porque sos tan increíble
que te adecuás a mi forma
siendo el relleno perfecto
para nunca dejarme quebrar,
ni destrozarme,
ni perder mi forma por completo,
y que me importe un bledo
qué polígono soy hoy;
en el área siempre vas a estar vos.
Hoy le dije a un amigo que hacía mucho que no escribía y se rió. Le dije que disculpe por lo que le decía, que no me preste atención. Lo conozco y sé que su escritura depende de su ánimo. Bien de dramaturgo. A peor humor, mejor escritura. A más negros los pensamientos, más intensa, más dramática, más profunda. Justo lo que a la gente le gusta. Porque a nadie le llama la atención un texto que hable de mariposas aladas sobrevolando un parque, lleno de rosas, lleno de flores, perfume a primavera y a niñas pequeñas tarareando una canción. A nadie le gustan las historias que terminan bien. A nadie le gusta oír que todo va a estar bien porque siempre andan buscando la forma de quebrar algún lado de la figura geométrica. Quizás es un chiliágono y si un lado se quiebra nada pasa porque quedan novecientos noventa y nueve para soportar la figura, para mantenerla en pie. Pero, ¿qué de aquellos que sólo son triángulos? Si un lado se quiebra se caen. Los lados restantes quedan en la nada: disminuyéndose su ángulo cada vez más y más rápido, caen hasta colapsar entre sí, estallando en mil pedazos. Y esa es la historia que a todos les gusta. La de la caída. La ruptura. El dolor y el sufrimiento. Porque todos quieren leer cómo lo dejaron, cómo lloró, cómo se cortó las venas, y cómo sangró. Cómo golpeó las paredes impactando el cemento contra sus nudillos y su frente, y cómo se arañó la espalda en un intento de abrazarse por completo, un suplicio en suplencia de un abrazo ajeno que jamás iba a llegar. Quieren leer sobre soledad y sobre marcas en la piel porque eso es lo que les gusta. Las historias que no terminan bien. Las historias que terminan. Y así, banalizan la tristeza y el dolor real, trillando hasta al llanto. Se acostumbran a las mentiras, buscan el drama. Inventan algo para luego destruirlo por el sólo hecho de mostrar la capacidad de superación. Ir así, saltando de flor en flor, dramatizándose. Así siempre. Así todos los días del año, sin descanso.
Y nosotros acá, tratando de quedarnos adentro de la burbuja, huyendo de este cinismo social. A veces se nos hacen agujeros, y nos debilitamos, y nos convencen... Pero no dura mucho. Siempre te quedas adentro para atajarme. Siempre me quedo adentro para atajarte. Y no dejarnos caer, ni cuando nos quieren tirar. 
El amor no es incondicional. El amor te crea un millón de condiciones para vivir, para sentir y para mantenerte vivo. El amor te ata y no podés desatarte ni aunque lo intentes. El amor roza el filo de la obsesión y te obliga a creer que los sueños van a ser reales y que las ilusiones son concretas. Pero la realidad no existe y es solo una cuestión de percepción. La realidad del amor es perceptible por los dos que dicen amarse. Y de pronto, quizá, uno se pierde. Se aleja de la base. Descuida. Deja de percibir. Y, en ese momento, ¿cómo hace para seguir? Creer que el amor es real, cuando en realidad también es sólo percepción. Y si no lo percibe, ¿dónde lo encuentra? ¿cómo seguir creyendo? ¿cómo no querer suprimir cada atisbo de sentir?
no quiero irme nunca de vos ni de nosotros aunque mi cabeza me haga creer que sería lo correcto porque las cosas en mi mente están mal y me hacen pensar en situaciones que no existen ni jamás existieron pero vienen a mi mente fugaces reales y hasta creíbles y no puedo entender por qué mi mente me hace ese juego si eso no sucedió ni va a suceder y cuando descubro que es así mi mente se las arregla para hacerme creer que sí sucederán y sí pasarán y me va a dejar sola ilusionada creyendo en que la historia de los dos va a seguir escribiéndose pero no va a ser así y mi cabeza me dice que suelte todo pero no quiero soltar porque descubro que son sólo miedos y son sólo sustos porque esa no es la verdad porque eso no es lo real porque las cosas así no son ni serán ni van a ser porque sé a quién amo y sé cuánto me ama quien amo y no tengo que dejarme vencer porque mi cabeza se esfuerce en pintarme de negro las paredes y pintar la puerta y pintarme a mí y hundirme despacio en una ciénaga negra repleta de todo esto repleta de todo lo que me hace mal que es todo lo que yo creé que es todo lo que yo inventé que es todo lo que mi cabeza pensó de la nada y porque sí y sin razones y porque mi cabeza se hincha y crece y se llena de negrura y yo estoy acá sola y no tengo a qué aferrarme porque está lejos y extraño

su música

Le fluye la música por el alma e increíblemente se siente satisfecha de un momento a otro. Porque la música la llena y se siente completa de solo escucharla. Porque le trae recuerdos y miradas y quizá hasta la sensación que sintió cuando sucedió todo. Porque le eriza la piel y se estremece por todos lados. No son sólo notas, son como caricias, como besos, como abrazos. Sus canciones. Melodías. Introducciones e interludios. Letras... Siente como si la música fuera de ella, aunque también es de él, y quizá es la música de alguien más. Pero a ella la traslada y eso la hace feliz. Aún extrañando y necesitando, se traslada a través del tiempo y del espacio para instalarse, momentáneamente, en un recuerdo. Recuerdo lindo y lleno de vida, lleno de alma y amor, lleno de sonrisas y hasta llantos de emoción, pero recuerdo de verdad. Quizá de hace unos días, quizá de hace unos meses, quizá el primer recuerdo, quizá el último. Pero es uno de esos recuerdos increíbles que de sólo pensarlos la hacen sonreír. Sonríe porque sabe que los vivió y que quedan muchos por vivir. Así es que en esos momentos no teme (tanto). No se preocupa por el futuro y vive el presente disfrutando, recibe el mañana predispuesta. Y la hace feliz, la hace feliz y lo sabe, la completa y lo sabe. Él lo sabe, porque no es la música sola, no son sólo las notas: son como caricias, como besos, como abrazos. Sus caricias, sus besos, sus abrazos. La tocan por todos lados y se sonroja y cosquillea y carcajea. Sonríe porque es feliz porque él la toca y ella quiere que él la toque. Porque todo es maravilloso cuando la toca. Porque la toca y surgen las notas. Porque la toca y empieza a sonar. Porque se le llena el alma de emoción y le fluye música en el pecho aunque nada se oiga, aunque haya silencio, aunque se vuelva sorda. Música intrínseca de su alma, que se oye despacito y la va envolviendo hasta llenarla por completo. La música la llena. Y él es quien la provoca. 

la excepción

Me vio y, apenas pasados unos segundos, me pidió que haga una excepción. Me lo pidió sin hablar y lo supe, como saben las cosas las almas cuando sólo con mirarse pueden comprender el significado de las miradas. Pero, ¿una excepción? ¿cómo hacerlo? Si nunca había actuado así. Era todo nuevo y no sabía cómo tenía que reaccionar. Él se acercó y me abrazó mientras se atrevía a meter su mano por mi espalda. Hizo contacto directo con mi piel, y por primera vez en mi vida me estremecí. Temblé, temblé como nunca antes. Tembló mi cuerpo entero. Sentí esa mano como si fuera un cable pelado deslizando electricidad sobre mí. Sentí ese aroma desprendiéndose de su piel avanzando hasta mi nariz como un gas mortífero. Sí, se metió en mi pecho y atravesó mis pulmones, alcanzó mis alvéolos, se introdujo en mi sangre, se esparció por mi cuerpo. Allí, en cada célula, su esencia envolviéndome. Mutando mi ADN para infectarme de él. Para meterse hasta lo más profundo de mi ser. Lo más pequeño. Lo más esencial. Allí estaba. Como una enfermedad. Y allí comprendí que había hecho la excepción sin darme cuenta. Que sólo con su petición había bastado, que simplemente bastó con mirar sus ojos, abrazarlo y llevar mi cabeza sobre su pecho para sentir su aroma y respirarlo profundo.  Allí estuvo la excepción. Cuando decidí meterlo adentro mío como jamás lo había hecho en mi vida. Así debía ser. Él era la excepción. Era el ser hecho para mí. Y yo, la mujer para él. Únicos en nuestra especie. Destinados a coincidir en esa madrugada, sobre ese sillón. Destinados a mirarnos, abrazarnos, mimarnos y respirar, encadenándonos para siempre.