—¿Cómo sigue tu vida en mi ausencia?
Su pregunta repercutió en mi alma como un balazo a quemarropa de una escopeta calibre 12. ¿Vieron esas que se usan para cazar? Esas que te matan... o te matan. Porque el cartucho sale disparado y una lluvia de perdigones se dispersa en esa dirección. Y si no te pegan unos, te pegan los otros. Imagínense a quemarropa... Me invadió el cuerpo. Me llenó de plomo todo el pecho. Se me fue a las arterias, a las venas. Me tapó los capilares y me quedé isquémica. Se me durmió el cuerpo. Sentí frío, y dolor, y sangraba insistentemente. Quise respirar y no pude. Mis pulmones no funcionaban. Llenos de sangre, no respondían. Me esforzaba y era en vano. Era poco lo que quedaba, poco aire, poca luz que ver, poco aroma que oler, poca piel que sentir. No quedaba nada, porque era el final, porque me estaba muriendo ahí, en ese instante. Y no había solución, ni vuelta atrás, ni forma de ganar la partida. Porque la vida no había sido vida desde aquel día y sólo se convirtió en un lento y agonizante camino a la muerte. Porque nunca me había animado a olvidarme de todo, ni me había animado a dejar la vida, por cobarde, por temor. Porque siempre había sido así, terriblemente cagona, con ese maldito miedo a perderlo. Y el miedo se hizo realidad, lo hice real, me encargué de que sea así. Me odié, me odié insoportablemente, haciéndome caer en el peor de los abismos. Y allí me quedé, esperando el momento, reservándome el último aire, las últimas gotas de saliva, el último atisbo de razón, para poder responder y decir:
—Muerta.