Se me inundó el mar de palabras y de frasecitas armadas. Y no me importa, porque no van a salir: ya perdieron la gracia. Cuando sentir pasa de nivel, excede ese infantilismo inicial para dar lugar a un vínculo maduro, verdadero, absolutamente real y sin posibilidades de dubitación. O quizá sí, porque siempre habrá una duda, siempre un miedo... forma parte del sentimiento, de sentir algo tan fuerte y real y tener miedo de que se rompa, sufra o salga lastimado. Cuidar el sentimiento es cuidar el alma propia y la ajena, cuidar los despertares, el ocaso, los anocheceres. Es ser pareja, amantes y amigos a la vez: mimar un poco desde cada punto para que la rutina no lo degenere, porque es amor, sí, pero acompañado de esa cuota de pasión intensa, parece ser perenne. Es un sentimiento que envuelve a dos personas involucradas, y no importan los que rodean, qué piensan acerca de eso, qué pretenden, qué esperan de los dos. Sólo importan ellos, ambos: deseándose cada día más, deseando la compañía y disfrutando la existencia como si fuera el último momento de sus vidas. Es la pasión que se desenvuelve a su alrededor, formando espirales que los aproxima, los une, los mantiene cerca. Son dos que se aman y se viven y se sienten, y desean y sueñan y se emocionan por el porvenir. Son dos que se piensan y sonríen. Dos que, desesperados, pelean ante cualquier miedo idiota que amenaza con quebrar algo. Pelean sin querer y se rinden al mirarse, porque ven claro que no hay temor que los destruya: que es inmenso, enorme, infinito. Es amor, sin cuantificarlo: ni mucho ni poco ni demasiado ni más o menos. Amor, el amor único, un amor sólo, el amor del alma; ese que, de sólo sentirlo, invade toda la vida.