Siempre buscando definir todo.
Siempre tratando de ponerle palabras a cada cosa que se nos cruza por la cabeza.
Descripción, numerar, clasificar, comparar, cuantificar. Si mucho o poco o nada o demasiado, si intenso o fuerte o débil, si hasta mañana, hasta ayer, hasta siempre.
Siempre buscando inicios y estableciendo finales. Poniendo títulos. Llenando hojas y hojas de letras formando palabras, formando frases, formando oraciones, textualizando una narración que tiene por objetivo definir.
Dar la definición de todo. Definir un sentimiento. Un recuerdo. Una emoción. Cuánto amamos, cómo recordamos, si nos emocionamos. Qué entregamos, qué recibimos. Cuantificando y calificando y clasificando. Estructuras. Jerarquías. Y al final... la nada misma.
¿Y qué diferencia un "te amo" de un "te amo mucho"? ¿Qué verifica un "te extraño" si nunca hay "paso por tu casa"? ¿Y qué asegura que un "para siempre" va a ser eterno?
Para qué decirlo, para qué perder tiempo preciado diciéndolo, escribiéndolo... Si con una mirada alcanza. Un beso. Una caricia. Un llamado. Preocuparse, acompañar, estar. Continuar allí, persistentes, sin prometer infinidades: simplemente llevándolas a cabo.
Abandonar las definiciones para eliminar los límites que definir trae consigo. Volver todo ilimitado, sin fin, sin cota. Sin estructuras que nos digan cómo. Sin manuales que expliquen por qué. Liberar el sentimiento y dejarlo ser, ser uno mismo el sentimiento, desenvolviéndose, inmerso en él.