Hoy le dije a un amigo que hacía mucho que no escribía y se rió. Le dije que disculpe por lo que le decía, que no me preste atención. Lo conozco y sé que su escritura depende de su ánimo. Bien de dramaturgo. A peor humor, mejor escritura. A más negros los pensamientos, más intensa, más dramática, más profunda. Justo lo que a la gente le gusta. Porque a nadie le llama la atención un texto que hable de mariposas aladas sobrevolando un parque, lleno de rosas, lleno de flores, perfume a primavera y a niñas pequeñas tarareando una canción. A nadie le gustan las historias que terminan bien. A nadie le gusta oír que todo va a estar bien porque siempre andan buscando la forma de quebrar algún lado de la figura geométrica. Quizás es un chiliágono y si un lado se quiebra nada pasa porque quedan novecientos noventa y nueve para soportar la figura, para mantenerla en pie. Pero, ¿qué de aquellos que sólo son triángulos? Si un lado se quiebra se caen. Los lados restantes quedan en la nada: disminuyéndose su ángulo cada vez más y más rápido, caen hasta colapsar entre sí, estallando en mil pedazos. Y esa es la historia que a todos les gusta. La de la caída. La ruptura. El dolor y el sufrimiento. Porque todos quieren leer cómo lo dejaron, cómo lloró, cómo se cortó las venas, y cómo sangró. Cómo golpeó las paredes impactando el cemento contra sus nudillos y su frente, y cómo se arañó la espalda en un intento de abrazarse por completo, un suplicio en suplencia de un abrazo ajeno que jamás iba a llegar. Quieren leer sobre soledad y sobre marcas en la piel porque eso es lo que les gusta. Las historias que no terminan bien. Las historias que terminan. Y así, banalizan la tristeza y el dolor real, trillando hasta al llanto. Se acostumbran a las mentiras, buscan el drama. Inventan algo para luego destruirlo por el sólo hecho de mostrar la capacidad de superación. Ir así, saltando de flor en flor, dramatizándose. Así siempre. Así todos los días del año, sin descanso.
Y nosotros acá, tratando de quedarnos adentro de la burbuja, huyendo de este cinismo social. A veces se nos hacen agujeros, y nos debilitamos, y nos convencen... Pero no dura mucho. Siempre te quedas adentro para atajarme. Siempre me quedo adentro para atajarte. Y no dejarnos caer, ni cuando nos quieren tirar.