Da dos pasos.
Se aleja de esa cama sin razón.
Abre la puerta en silencio,
se logra escabullir...
Una debilidad que es más fuerte que un latido.
Acelera,
se pierde en la noche una vez más.
Y va pensando una razón,
buscando transmitir
una señal real donde poder sostenerse...
Sigue andando,
y cierra los ojos en su camino;
va tratando de percibir,
volver a revivir
el fuego que sintió...
Si fue verdadero o no.
Cayó un rayo y su ruido la asustó.
Se detiene sin tener claro
si había arribado a su destino.
Sueña y cruza los dedos...

Las pesadillas que
alguna vez temió
materializándose en su living.
Y se arroja un adiós
en medio del sillón
que luego estalla en pedazos:
todo estacas, las paredes,
atravesadas de soledad.

Se pierde entre formas y colores,
delirando algún sueño, viajando en un vagón,
mirando en la lejanía del cielo
astros giratorios y esferas brillantes,
que le guiñan un ojo,
se ríen con picardía,
se miran,
y se vuelven a reír.
La luna esboza una mueca de sonrisa,
y le da paso a la noche inmensa...
Una estrella fugaz atraviesa el alba.
Cierra los ojos,
aprieta la mano con fuerza,
y silenciosa, y emocionada,
pide un deseo.
Con qué facilidad se puede sonreír cuando es el amor lo que ronda; ausencia de resentimientos o rencores, sólo amor sincero. Eso fue un querer, eso fue cariño: la aceptación va de la mano. Saber que hay sonrisas, saber que aún se piensan, aún se sienten, y asumir que las cosas no se fuerzan, sino se dejan fluir; y si la vida está dispuesta a volver a unir esas sonrisas interminables, esos dos cauces, esos dos ríos tan furiosos, veloces, caudalosos, llenos de vida y ganas de vivir, llenos de sueños y fuerza, se fusionarán en un solo camino para avanzar a la par hacia adelante. Y si no, se observarán a la lejanía, con un fuego perenne ardiendo en el corazón, inmortal, sobreviviendo, y en el ojo un lagrimón: en el agua salada, reflejándose, el recuerdo... la orilla, la arena, la playa y el mar, el Sol radiante brillando sobre ellos y más allá; ojo frente a ojo, boca sobre boca, sintiendo el calor real, el amor inmenso, y la plenitud de la felicidad. La alza en el aire y giran, perdiéndose en el humo de la noche luminosa, escapando de la atmósfera y haciéndose eternos en el Universo sinfín, en la cresta de una ola, navegando en mares estelares, en la emoción maravillosa del sentir verdadero.
Asoma la cabeza por la ventana
y cierra los ojos, previo a suspirar.
En un hondo respiro huele todo lo que la rodea:
El aroma de la tierra le llega al corazón.
Se huele también el crecer de las hojas,
se huele el aletear de los pájaros
sobrevolando el cielo,
sin pausa ni estación;
se huele el cielo celeste,
y las pequeñas nubes
que vagabundas y errantes,
se desparraman en la eternidad.
Trata de inundar su mente
con esas percepciones;
aunque un poco de ruido
le moleste en el corazón,
la música del viento le hace sonreír.
Ya no puede preocuparse
por alcanzar objetivos
que jamás le pertenecieron.
Ya no puede detenerse
en recordar con tristeza
cosas que no sucedieron
y quizá, nunca sucedan.
Sólo le queda una lágrima
acompañada dulcemente
con una mueca de felicidad;
es consciente que la vida
le dio y le quitó por algo;
ahora sólo espera en silencio
lo que el tiempo le tiene preparado.
Es tan sólo un pichón
aprendiendo a volar.
Atraviesa la ventana
y se arroja con confianza;
y mientras abre sus alas
y comienza a planear,
imagina en su alma
una luz peculiar;
y emocionándose,
empieza el vuelo.
Y quedarse quieto,
un instante, un momento,
atravesándose un deseo
de prolongarse en el tiempo,
seguir mirando despacio,
escuchando el respiro,
y sintiendo el calor;
que las horas pasen lento,
o no llegue el segundo
en el que tenga que perder
el contacto de las manos,
o tener que levantar 
la cabeza sobre el pecho, 
despedirse suavemente
y perderse caminando
en el silencio de la noche.

Cielo

Y bajo el cielo y las nubes sólo hallo paz, que inevitablemente se funde con el aire que respiro y me inunda... Ya no hay nada que modifique ese sentir, la plenitud se hace presente y crece sin cota. Y miro bien, me detengo, y conservo ese recuerdo para tenerlo presente a cada momento, y así hacer frente a cualquier sentimiento que quiera desintegrarme. Porque plena e íntegra me siento invencible, y así, dejo de sobrevivir, y la vida la comienzo a vivir.

Hay soles que, aunque se lo pidamos, nunca dejarán de brillar.

Porque por más que cerremos los ojos para no verlos,
olemos el aroma del calor cuando los rayos calientan la baldosa.

Porque por más que cerremos los ojos para no verlos y tapemos nuestra nariz para no olerlos,
sentiremos el calor quemando directo en la piel.

Porque por más que cerremos los ojos para no verlos, tapemos nuestra nariz para no olerlos y nos escondamos bajo la sombra para no sentirlos,
con sólo saber que existen, reconocemos que el brillo es real y que no se apaga.

Su existencia es una verdad por mucho que querramos negarla... y simplemente allí están. Existen y queman por siempre... hasta que algún día alcancen extinguir todo su fuego.



Es tomar la decisión


de enfrentar el miedo


al saber que


en el momento


en el que vivimos


esas cosas que dan miedo,


el miedo nos importa poco.


El amor está ahí...


dándonos miedo...


Y al vivirlo, se van los temores.
No sabía qué hacer... ¿Y qué eligió? Nada. ¿Cómo "nada"? Sí, nada. No escogió. La duda persistiría... Pero le recordó que eran seres humanos. Y a pesar de no poder escoger en ese momento, no se salvaría de ser. Porque eran personas indefectiblemente. El vivir era imposible de evitar. El ser. Y simplemente le dio una opción... Ser. "Seamos" dijo. "Seamos, hasta que sepamos qué hacer."
Y en la espera y el paso del tiempo, todo se desenvolverá. Y en la magia de la fortuna y el destino, los caminos se desenvolverán solos. Y, quizás, se unan...
Y en el preciso instante en el que el alma desea soltarse, escaparse, y desde su aspiración más honda, volar derecho en un dirección, esa dirección determinada que tanto está mirando y buscando, esa dirección que le lleva a la plenitud, a lo completo, al cien por ciento, que le aumenta el potencial, las ganas, la emoción, y la fuerza de mirar, de sentir, de escuchar y rozar; que enciende aún más el brillo del Sol y aumenta su calor; que hace a la Luna aún más bella y blanca, que hace gritar aún más fuerte y llorar con más amor...
 ahí, en ese preciso instante, el alma extraña.
¿Dónde está el problema?
En el miedo.
¿Y dónde radica el miedo?
En el paso previo al amor.
En ese ¿pequeño? ¿gran? trecho
entre el cariño y el amor.
En esa común confusión,
entre el sentimiento de ser dueño,
y amar aún en libertad.
Llamándole "amor" a un simple
-pero no por eso menos importante-
cariño,
que luego parece engrandecerse
cuando la obsesión coloniza
tanto los huesos como la piel,
tanto la mente como el alma;
y repentinamente,
el llanto y la desesperación
se hacen cotidianas
ante ese "amor" irreal,
que idealizando conquistó,
y persistió con esa idea
de ser amor verdadero,
cuando ese es tan único,
y pasa tan desapercibido,
que pecamos día a día
al aferrar firme contra el pecho
obsesiones compulsivas
sin dejarnos lugar a descubrir
la magia del amor,
la confianza ciega
y la libertad plena.
Hay una llama en el cielo, y otra en el corazón,
son como gotas de fuego cayendo y subiendo,
de arriba hasta su pecho, y luego vuelven a volar.
Hay una llama en la mirada que no se atreve a quemar,
que se aviva cada vez más, siempre creciendo va,
es una luz que en cada despertar vuelve a brillar.
Hay una llama en cada pie, otras en las manos.

desde el piso

Desde el piso las cosas se ven de otra manera,
el cielo parece caerse encima del suelo,
pero sogas transparentes sostienen y envuelven;
en una de esas quizás ya no sean tan fuertes,
y todo será suelo,
o todo se hará cielo,
y para eso tendremos que estar preparados,
y bien saber volar...

Desde el piso las cosas se ven diferente,
y más si estás acostado de espaldas al techo;
tu respiración empaña las baldosas,
y sentís pegarse tu piel pegajosa,
y empezás a dormir,
o empezás a cantar,
pero seguís ahí tirado, arrojado,
sin quererte levantar...

Desde el piso las cosas se ven de otra manera,
aún si los silencios son más extensos que el hablar.
El corazón busca alzarse
y salir por ahí a flotar,
y arranca a latir
o arranca a cantar,
pero no se quedará quieto,
y aún en la muerte insistirá.

Desde el piso las cosas se ven de otra manera,
incluso el abrazo es especial;
sobre la cerámica, intenso,
el frío se hace notar;
pero repentinamente,
en un maravilloso juego
el calor no tarda en llegar,
y comienza a acariciar,
y comienza a besar;
mira fijo a las pupilas,
y en silencio,
desde ese suelo,
las almas se empiezan a entrelazar.
Los roces y los latidos cantan;
son música, apasionada por sonar.

En silencio

Silenciosamente,
echa un beso tierno en su frente.
En silencio se sonríe y observa el dormir.
La noche parece quieta,
pero las esferas del cielo giran incesantes,
así como gira su cabeza durante cada mirada.
Silenciosamente,
el amor que un día le brotó,
en silencio dejó crecer rosas en el pecho.
Se le inundaron el alma y la voz,
su cuerpo no conoce el mal humor,
sólo piensa en ese suspirar
que siempre se detiene a escuchar.
Silenciosamente,
una mariposa se posa en el techo de cristal,
en silencio, se impacienta y busca el despertar.
Pero está ese ruido interior,
son latidos tras la búsqueda del gran amor,
saben que descansa en el mirar
que se esconde bajo ese parpadear.
Silenciosamente,
el parpadeo le falló.
En silencio quiere abrirlos ya, pero no responde al despertar.
Su propio latir lo confundió,
y no pudo prestarle atención;
no respira ni parece estar
despidiendo la vida que solía dar,
el calor se le desvaneció,
y su cara perdió el color.
¿Cómo se hace ahora para salvar
a ese alma tras tanto dolor?
Gotas caen en la gran ciudad,
y el llanto acompaña ya;
la mano no le puede soltar,
aunque no lo volverá a sujetar jamás.

El vacío humano de las redes sociales me hace sentir que soy un robot
y el sentimiento cada día es más fuerte.

En el silencio de la medianoche

En el silencio de la medianoche,
los llantos y las risas se oyen más.

Aún más se oyen las gotas cayendo,
golpeando, sin más remedio,
contra el suelo,
su destino final.

Aún más se oyen los vuelos,
pájaros nocturnos cruzando el cielo,
aleteando sin parar,
hasta reposar.

Aún más se oye el viento,
soplando fuerte desde algún lugar,
atravesando los espacios
silbando sin cesar.

Aún más se oyen latidos,
de corazones en plena soledad,
algo abandonados,
en un costado;
sujetados débilmente
por un débil hilo
que forma un límite
entre la vida y la muerte.

Se oyen despacio
acompañados por susurros,
suspiros despedidos,
arrojados al aire
sin nadie que los pueda atrapar.

Besos que se pierden,
caricias que se olvidan,
pensamientos que mueren
en el silencio de la medianoche.
Las personas no se reemplazan.
Eso es imposible.

Simplemente cuesta verlas cuando sólo parecen pretender ser una corpórea sombra que se esconde.

Cómo surgen? Cómo brotan?
Desde lo más profundo florecen.
Se abre el paso.
En la panza hay un nudo que estruja, mezcla, contorsiona y revuelve.
Sube despacio y atraviesa la garganta.
Y surgen ellas allí, de cada ojo.
Gritando algún dolor oculto, salen a la luz.
Por más que nadie esté mirando,
el aire lo siente;
en la habitación hay una persona
con un corazón algo sangrante.
Ni siquiera logra saber por qué,
pero el llanto se abre paso.
Se nubla y decide cerrar los ojos.
Y que todo pase.

cuna de pétalos

Y en su costumbre de besar suavemente la frente, suave como en una nube, flotando como algodón, casi sin cuerpo, sólo etéreo en el aire, pudiendo atravesar todo aquello que alguna vez quisiera haber logrado atravesar en el pasado; en esa costumbre, el cuerpo quiere depositarse. Permanecer y dejar huella. Desea dejar una huella pequeña, y volver a depositarse nuevamente. Y otra vez, y otra vez, y otra vez...
Pero en el transcurso: seguir el vuelo. Seguir los girones. Flotar lentamente virando hacia delante y hacia atrás, meciéndose en el viento. Tomar las manos, mirarlas, besarlas, y esperar sujetarlas como realmente desearía. Mientras tanto, en la espera, sigue su dulce vuelo. Danza, aérea, y en una cuna de pétalos se acuesta y cierra los ojos. Su dulzura se derrama sobre todos los débiles, carentes de amor, que desde abajo sólo miran y responden sonriendo. Ella sonríe también, sin saberlo. No fue cauta, sólo dejó soñar a su alma. Está soñando. Sueña y espera. Sueña y se enamora del silencio, sueña y se ilusiona, y sueña un nuevo encuentro, entre los lazos maravillosos de la vida.

Si el silencio se hace presente
entre un posible vacío lastimoso,
el silencio se abre espacio
entre el ruido que provoca la soledad.
Y el vacío de ese ruido
desaparece en un instante,
y se llena de silencio
invadiendo el aire;
en los ojos brillan luces,
y el alma se inunda
con el silencio ocupando.