Asoma la cabeza por la ventana
y cierra los ojos, previo a suspirar.
En un hondo respiro huele todo lo que la rodea:
El aroma de la tierra le llega al corazón.
Se huele también el crecer de las hojas,
se huele el aletear de los pájaros
sobrevolando el cielo,
sin pausa ni estación;
se huele el cielo celeste,
y las pequeñas nubes
que vagabundas y errantes,
se desparraman en la eternidad.
Trata de inundar su mente
con esas percepciones;
aunque un poco de ruido
le moleste en el corazón,
la música del viento le hace sonreír.
Ya no puede preocuparse
por alcanzar objetivos
que jamás le pertenecieron.
Ya no puede detenerse
en recordar con tristeza
cosas que no sucedieron
y quizá, nunca sucedan.
Sólo le queda una lágrima
acompañada dulcemente
con una mueca de felicidad;
es consciente que la vida
le dio y le quitó por algo;
ahora sólo espera en silencio
lo que el tiempo le tiene preparado.
Es tan sólo un pichón
aprendiendo a volar.
Atraviesa la ventana
y se arroja con confianza;
y mientras abre sus alas
y comienza a planear,
imagina en su alma
una luz peculiar;
y emocionándose,
empieza el vuelo.