Hay soles que, aunque se lo pidamos, nunca dejarán de brillar.
Porque por más que cerremos los ojos para no verlos,
olemos el aroma del calor cuando los rayos calientan la baldosa.
Porque por más que cerremos los ojos para no verlos y tapemos nuestra nariz para no olerlos,
sentiremos el calor quemando directo en la piel.
Porque por más que cerremos los ojos para no verlos, tapemos nuestra nariz para no olerlos y nos escondamos bajo la sombra para no sentirlos,
con sólo saber que existen, reconocemos que el brillo es real y que no se apaga.
Su existencia es una verdad por mucho que querramos negarla... y simplemente allí están. Existen y queman por siempre... hasta que algún día alcancen extinguir todo su fuego.