una vez...

Una vez que triunfás,
cuando no lo esperaste,
una vez que fracasás,
y te costó remontarte,
una vez que te dormís,
sin alarma ni límite de tiempo,
una vez que te levantás,
y haces fuerza para salir de la cama,
una vez que te tatuás,
y dejás marcada tu piel por siempre,
una vez que te cortás,
y sangra tanto que ya no se siente,
una vez que llorás
como nunca habías llorado,
una vez que te reís
hasta que te explotan las mejillas,
una vez que gritás
tan fuerte como podrías,
una vez que te animás
a decir lo que siempre callaste,
una vez que te parás
en la cima más alta,
una vez que te agachás
tanto que la tierra parece montaña,
una vez que escuchás
hasta el mismísimo silencio,
una vez que corrés
tan libre como el viento,
una vez que te encerrás
y te quedás como apagado,
una vez que pintás
siguiendo las formas de tus manos,
una vez que iluminás
con la intensidad de un faro,
una vez que saltás
buscando el cielo con las manos,
una vez que temblás
bajo el frío más helado,
una vez que transpirás
hasta la gota más oculta,
una vez que respirás
hondo como la mar más profunda,
una vez que mirás
incluso en medio de la negrura,
una vez que aprendés
hasta ya no tener más dudas,
una vez que enseñás
y reconocés la huella impresa,
una vez que festejás
hasta olvidar qué celebrabas,
una vez que te encontrás
donde jamás lo imaginabas,
una vez que perdonás
no sólo a otros sino a vos mismo,
una vez que aconsejás
un consejo que aplicarías,
una vez que hablás
durante horas con la vida,
una vez que volás
estando parado en la avenida,
una vez que olés
la tierra húmeda en primavera,
una vez que sentís
una mano ajena en tu cabeza,
una vez que creés
en algo que vos mismo creaste,
una vez que soñás
con cosas que nunca imaginaste,
una vez que buscás
incansable la libertad del alma,
una vez que usás
esa ropa que siempre deseaste,
una vez que te proponés
una meta inalcanzable,
una vez que disfrutás
sin buscar más que una sonrisa,
una vez que acariciás
y se te pone la piel de gallina,
una vez que abrazás
y la eternidad aceptarías,
una vez que besas
hasta desgastar tus labios,
una vez que amás tanto
hasta dejar el corazón revelado...
Una vez que cada una de estas acciones suceden,
sientes la vida distinta.
Una vez que todo esto sucede,
sientes distinto.
El pensar se hace extenso.
Aún más el sentimiento.
Y la sensibilidad se sensibiliza,
aunque parezcamos más vulnerables,
la realidad es que
somos mucho más fuertes e inmortales que antes.
Somos más eternos.
Y la vida cambia.
Cambia el amor.
Cambian los cuentos.
Cambian los colores.
Cambian el día y la noche.
Cambian los árboles.
Tiembla el cemento.
Todo se hace mucho más intenso.
Crecer... Y aprender a aceptar. Aprender a vivir por uno mismo y no esperando milagros, ni propios, ni de los demás. Aprender que la perfección no se encuentra en la humanidad: ser humanos nos da la condición de imperfectos. Aún aunque busquemos la perfección incansablemente, nunca vamos a encontrarla. Ni en terceros, ni en nuestras obras, ni en nuestras creaciones, ni mucho menos en nuestras relaciones, que no implican una sino DOS personas imperfectas, buscando la perfección continuamente. ¿Qué sentido tiene intentar ser perfecto, si en ese intento se pierde tiempo irrepetible? Tiempo que se escurre como arena entre los dedos de las manos, mientras nos esforzamos en buscar algo inalcanzable. Y perdemos el disfrute. Perdemos la esencia. Nos olvidamos de apreciar las cosas pequeñas por soñar grandezas que son insignificantes. 
Sí, buscamos la perfección. La buscamos todo el tiempo, toda la vida, y es inevitable. Pero quizá, algún día, encontramos cómo liberarnos cuando descubrimos la belleza en el error. Aprendemos a reírnos de las caídas. Aceptamos que hay imperfecciones que nos hacen hermosos. Nos hacen personas. Nos hacen humanos. Nos despegan de la automatización. Nos despegan de la rutina de los días. Nos da la magia, la diferencia, la sorpresa: cada día algo nuevo, algo que contar, algo de lo que reírse o por lo que llorar. Algo para disfrutar, para ser feliz, o simplemente, dejarlo ir, y soltar. Algo que amar. Alguien a quien amar. Quizá erróneo, quizá torpe, o herido, o cruel quizá. Imperfecto, sí. Pero humano, como yo. Imperfecto, como yo.

Celeste

Celeste llora cuando piensa que
el amor no le corresponderá.
Llora porque imagina
que la van a dejar.
Celeste llora y se repite
qué infeliz sería
si algún día se enamora
y termina abandonada.
Celeste mira el cielo
que siempre está nublado
y no entiende por qué
las nubes no se borran.
Celeste siempre teme
que la hagan sufrir
entonces se automutila
para controlar el dolor.
Celeste no resplandece,
no sonríe ni es feliz.
Le tiene miedo a morir
pero no sabe lo que es vida.
Celeste no tiene color,
está monocromática.
Se olvidó de cómo brillar,
amanece sin esperanzas.
Celeste se fue de su casa
una vez, allá a los dieciséis.
Nadie la volvió a ver,
sólo un chico en la plaza.
Celeste está tan flaca,
no come, no nada.
Sufre frío cada madrugada
bajo un árbol, solitaria.
Celeste está asustada
y no sabe por qué.
Perdió toda la voz
(podría haber cantado).
Celeste grita en silencio
y sangra demasiado
por debajo de las mangas
(es su propia elección).
Celeste nunca tuvo amigos
ni conoce lo que es el amor.
Sólo escuchó por ahí
que la gente te lastima.
Que los amigos no existen
más que para traicionar.
Que el amor es una farsa,
sólo un cuento que contar.
Celeste no sueña,
no mira, no huele.
No quiere sentir nada
porque sabe que nadie la siente.
Celeste llora por última vez
y patea el banquito bajo sus pies.
Y ese chico de la plaza lloró
cuando se enteró que se fue.
Bajo el árbol de la plaza
plantó flores color celeste.
Dejó lágrimas en su entierro,
y nunca más volvió a ese lugar.
Después de haber entendido lo que era la polinización, preguntó:
-¿Y qué pasa si se muriesen todas las abejas? ¿Qué sería de las flores?
Y comprendió en un hecho tan simple e intrínseco de la naturaleza que esa especie de simbiosis la sufría todo ser que algún día experimenta el amor puro y sincero. Esa dependencia tan real y consciente que se manifiesta con sólo despertarse en la mañana sabiendo que nos soñamos. Esperando las palabras que deseen un buen día o la conversación que inicie con un "¿cómo estás?". Y de esos sinceros, de esos que quieren saber dónde estamos, cuándo volvemos a casa, si estamos seguros, si comimos, si pasamos frío o tenemos calor, si tenemos miedo o estamos felices, si lloramos, si nos enojamos, o si estamos tristes por alguna razón. Esos deseos de "buen día" que envuelven un millar de "ojalá"s: ojalá llegues a tiempo, ojalá no esperes mucho el colectivo, ojalá te vaya bien en el examen, ojalá tus profesores no te jodan demasiado, ojalá llegues a tu casa y tus mascotas te reciban saltando, ojalá tu mamá te haga un almuerzo de tu agrado, ojalá tengas un ratito para una siesta calentita, ojalá te acuerdes de mí y me mandes alguna frasecita. Y así pasa el día, así transcurren las horas, así se desean los deseos deseados. E impreso en la mente un nombre determinado, pensando en cada momento si está teniendo un buen día, si está bien, si está abrigado. Impreso en el alma el último beso dado. Impresas en la piel las caricias del domingo. Inserto en la nariz el aroma de su piel. Conservando el sabor del café de la merienda, y la imagen de su sonrisa tras la extensa carcajada que liberó cuando dijo alguna idiotez. Quizá así deba vivir, conservando esos recuerdos sensitivos en cada región de la memoria. Cuidándolos y mimándolos con cuidado para no perderlos ni lastimarlos. Esperar en silencio y sonriendo recordando, así mientras pasa el día, así mientras transcurren las horas, así mientras se desean los deseos deseados. Así, "buen día" en silencio. Así, "cómo estás" en silencio. Esperando el reencuentro. Esperando el momento perfecto para verlo y recrear nuevos recuerdos. Imprimirlos en los sentidos. Disfrutar de su compañía para luego volver a la extrañeza, pensándolo todo el tiempo, presente en su mente. Y otra vez, el silencio. Y otra vez, la espera. Así, prolongándose en el tiempo, esperando el vuelco.

reescribirse

Necesitaba encontrarle un nuevo sentido a la escritura. Necesitaba encontrárselo, y urgente, porque todo lo que había hecho ese tiempo había estado vacío y carente de vida. Necesitaba reescribir todo, reescribirse a sí misma, reescribir la historia. No podría constituirla nuevamente desde el principio: sabía que eso sí era imposible, sabía que no había forma de volver atrás. Si pudiese hacerlo, ¡cuántas cosas cambiaría! Tantos detalles, tantos recuerdos, tantos momentos insignificantes. ¿Y por qué, si eran insignificantes, los cambiaría? Porque no quería que estén allí. Por insignificantes que sean. Por tontos, olvidados en el tiempo. Quizá hasta le daba asco. Asco de su simple presencia en su historia. Alguna vez hubiese dicho que "está bien, el pasado es parte de la vida, hay que aceptarlo, nos hace quien somos". Y ahora ni siquiera se lo cree. Ya no cree en lo que eran sus propias convicciones. No cree en que todo es azaroso, y que la vida será lo que vendrá. No quiere que sea azaroso porque teme perder en el azar. Perder lo que más quiere. Perder ese trozo de su alma que reside en la otra persona; ese ser esencial al que tanto ama. Y ahí piensa en su pasado y siente que llegó hasta él gracias a su pasado. Que su pasado la constituyó como tal y que por eso lo encontró. Que por eso, aquel día, logró hablarle. Que por eso, en su convicción de arriesgarse, al todo o a la nada, descubrió en ese hombre al amor de su vida. Y ahí se da vuelta, y agradece a su pasado el haber existido. El haberla hecho así. Haber forjado esa personalidad, golpeada por cada suceso, cada experiencia, cada hecho. Y ahí retoma sus convicciones y cree que el azar la llevó hacia donde está, que el azar es el que dispone, el que crea, el que juega con los seres para unirlos azarosamente entre lazos de colores. Pero ante eso, se asusta, se alarma, y teme. Teme que el azar, que la llevó hacia donde esta, se lo lleve a él hacia otro lugar. Que corte los lazos. Que rompa las cuerdas. Que desate la unión y los despegue, empujándolos, alejándolos, en opuesta dirección...
Y así vive, en esa encrucijada, ida y vuelta, entre sus convicciones pasadas, sus convicciones actuales, la esperanza del futuro. Vive en ilusiones olvidándose de que hay un presente, y pensando sin actuar, temiendo sin arriesgar, llorando por los riesgos que conlleva el amar.

oasis

Jamás me sentí tan viva como en este momento.
Jamás me sentí tan feliz de sentir algo como esto que siento.
¡Ay de la vida!
¡Ay de este sentimiento!
Qué grande es, tan increíble, tan inmenso.
Me nutre, me alimenta, me guía todo el tiempo.
Quiero que prevalezca, que se vuelva eterno.
Que permanezca en las almas, para siempre, nuestro.
¡Ay del amor inmenso!
¡Ay del amor eterno!
Tus besos son un oasis en el medio del desierto,
y tu calor es infinito hasta en el frío más intenso.
Nada como tu piel, nada como tu cuerpo,
ni como esa sensación cuando me rozan tus dedos.
¡Ay de tus dulces besos!
¡Ay de tu calor intenso!
Me deshago entre tus brazos y me salen estos versos,
con mis labios los escribo cuando pasan por tu espalda,
o tan sólo con mi mirada, que reemplaza mil palabras,
cada vez que encuentro tus ojos en el medio de la nada.

nací para vos (2)

tengo tu nombre y apellido
escrito en cada surco cerebral
impreso en mi memoria
como si fuera una impronta
como si ya hubiese venido escrito
en mi información genética
desde antes de conocerte
desde antes de saber
que eras el amor de mi vida
como si desde siempre
hubiese estado establecido
que estaba hecha para vos
como si hubiese nacido
para darte mi cuerpo
para regalarte mi vida
para entregarte el alma.

nací para vos

sólo deseo que nos quedemos así
que nos recordemos así
hasta el final de los tiempos
porque simplemente
se me despierta un placer
cada vez que te miro reír
me inyectás adrenalina
directo en el alma
atravesándome el pecho
y el corazón se me acelera
como si no quedara más tiempo
como si no existiese mañana
como si ya no hubiesen
esperanzas de vida
como si fuesen los últimos segundos
y es allí donde quiero estar
hasta el final de los tiempos
echada sobre tu cuerpo
respirándote profundo
ensartándote en mis venas
invadiéndome el cuerpo
mezclándote con mi sangre
irrigando cada parte
llenándome de vos
de tu piel y tu deseo
de tu amor y de tus sueños
del calor de tu pasión
de las letras de tu nombre
porque nací para vos
y me lleno de vos
porque soy para vos
hasta el final de los tiempos.

primer beso

Me gusta eso que hacemos de vez en cuando de recrear nuestro primer beso. Hoy hacen diez meses y lo recreamos tantas veces que dudo poder olvidarlo alguna vez. Fue el beso más lindo que me habían dado en la vida, que quería que formara parte de mi vida desde ese momento y para siempre. Hoy hace 10 meses de ese primer beso y, aunque estemos peleados, quiero volver a verte cuanto antes y olvidarme de cualquier malestar, mirarte y cerrar los ojos cuando esté cerca de tu boca, respirarte despacito y apoyar mis labios entreabiertos sobre los tuyos, haciendo el contacto más hermoso, tocando tu energía vital, inhalando el mismo aire que está dándote la vida. Hago contacto con tus labios y me deshago de amor, porque son lo más dulce que probé, y lo que más deseo cada día. Son suaves y tibios, algo húmedos, carnosos, rojizos. Son maravillosamente únicos, frágiles, tan fáciles de cortar con sólo una pequeña mordida. Tan fáciles de herir con mis dientes. Tan sencillo hacerlos sangrar. Y me introduzco en el beso como si fuese una posesión, como si fuese el último beso que voy a darte. Y mi lengua baila con la tuya. Y me río quizá del cosquilleo que me recorrre cuando siento cómo se me eriza la piel cuando tus labios me tocan. Se me derrite el alma mientras me excito de pies a cabeza. Y así empieza, así se desencadena, hasta terminar desnuda durmiendo sobre tu pecho, besándote despacio, escuchando el latido del corazón.
Es una sensación incomparable. Es la sensación más hermosa.

Hay páginas que simplemente no puedo pasar. Porque es difícil. Porque me cuesta. ¿Cómo lograr cerrar un libro y echarlo a las llamas, así, desalmadamente? No puedo hacer eso. No puedo, así como si nada, escribir la historia en un papel, para hacerlo un bollo y luego botarlo. No puedo ni quiero. Así no funciona. Aún los dolores fueron compartidos, así que los dolores serán nuestros. Así como lo son las llamas y el deseo, así como lo es el cariño, así como lo es la ternura, también los dolores, también los sinsabores. Es todo parte. Y no, no niego su existencia. Existen, son reales. Sí, hay peleas. Sí, hay rencores. Sí, hay broncas, y disgustos, y cosas que no están bien. ¿Y qué? Somos familia, somos humanos. Nada de esto se reduce sólo a eso. Esto es más. Esto es el todo. Y el todo no va a caer porque hayan partes deficientes. Sólo hay que pulir sus puntas para que no lastimen otras partes. Para que nada sangre. Para que nada se corte ni se gaste. Que nada se vaya. Que nada se pierda. Que el todo siga creciendo y sea más y más inmenso. Y más y más intenso. Y más y más certero. Ensartado en el medio del corazón, latiendo a la par, viviendo a la par. Vive cada latido y se siente en el pecho cuando tu nombre late y alimenta cada célula. Tu nombre late en el centro, profundo, allí donde ya no puedo alcanzar. Allí donde están las improntas y las huellas. Allí donde quedan marcados los hitos de mi vida. Allí está: la primera vez que me escribiste, la primera vez que te vi, la primera vez que me abrazaste, la primera vez que escuché tu voz, la primera vez que me besaste, la primera vez que me hiciste el amor. Hitos. Hechos trascendentales. Historia escribiéndose, día a día, en un libro sin final. Y la historia incluye todo. Victorias y derrotas. Risas y llantos. Celebraciones y desconsuelo. No quiero reprimir nada. No quiero eliminar ni la más mínima parte. Es con vos. Es nuestro. Ambos partícipes. Ambos, jugándonos. Ambos temiendo y defendiéndonos al mismo tiempo. Ambos, arriesgándonos. Ambos, amándonos. Ambos, con la convicción de querer ser ambos y no uno y uno, ser nosotros, ser esto que somos: una fusión irrompible.

8

Hace algún tiempo vi unos ojos,
unos ojos en el medio de la noche.
No es que eran unos ojos diferentes a cualquier otro par de ojos.
Pero eran diferentes para mí,
y me enamoré.
Hace algún tiempo vi una boca,
sonriendo en el medio de su cara.
No es que sus dientes tenían luz propia o que de sus labios florecían carmines.
Pero era la sonrisa más hermosa,
y me enamoré.
Hace algún tiempo escuché una voz,
susurrando despacio sobre mi oreja.
No es que era una voz musical, quizá hasta era graciosa y titubeante.
Pero su voz me hizo estremecer,
y me enamoré.
Hace algún tiempo sentí un calor,
rozándome tiernamente la piel.
No es que alcanzaba la temperatura de los rayos del Sol en pleno verano.
Pero fue el calor perfecto en pleno invierno,
y me enamoré.


Hace algún tiempo me detuve,
detuve mi mundo y mi forma de girar.
Detuve mis pasos y el sendero al caminar.
Me quedé detenida en el medio de la nada... esperando.
Esperando a que abramos las puertas.
Esperando animarnos a darnos la mano.
Tomarnos de la mano para andar juntos.
Marchar unidos, con alguna cancioncita de fondo.
Y no detenernos nunca más.
Trazar un nuevo camino, juntos.
Los dos. Vos y yo, nadie más.
Nosotros, siendo uno.
Como en ese tiempo. Como hace 8 meses. Como hoy. Como mañana. Como para siempre.

Creo, siento, me la juego. Me asusto y retrocedo. No avanzo, y me quedo. ¿Por qué? ¿Por qué, si siento, si creo? Pero me asusto. No sé por qué pero me asusto. Estoy asustada y no puedo evitarlo.

nunca vamos a estar solos
porque ya nos encontramos
ya nunca vamos a estar solos
porque te conozco
porque me conoces
porque ya no sos vos
ni soy yo
cambiaron los todos
cambiaron los mundos
y se modificó la dirección
en la que giraban los astros
porque el universo se frenó
en ese preciso momento
en ese preciso día
en el que se encontraron nuestros ojos
bajo esa luna hermosa
que ya no es la misma luna
que vos conocías
o que yo conocía
porque es una nueva
que nos vio por primera vez
que atestiguó el encuentro
que nos dejó ver
entre la obscuridad nocturna
cómo brillaron nuestros ojos
y cómo sonrieron nuestras almas
cuando nos vimos
un día de julio
bajo la garua del invierno
bajo el manto de la noche
con una estrella dorada
que chispeó en nuestros pechos
uniéndolos para siempre
encadenándolos con una caricia
para que nunca más estemos solos
porque nunca más vamos a estar solos

amanecés

Miro al cielo y no sé por qué. No quiero olvidar cómo brilla. Descubro en el claro tu cara. Y me alegra encontrarla. Entre las nubes hay figuras. Allí también estás. Y en el Sol tu sonrisa. Y cuando oscurece, tu llanto. Cuando no hay Luna, tu ausencia. Cuando brillan las estrellas, la esperanza. En el amanecer está tu nacer y es allí hacia donde voy. No hay ninguna otra atracción que me haga perder el destino. Está fijo el camino y transito con dicha. Pero también existe la noche y no tengo fuego. Y existe la lluvia y no hay techo. Existe la oscuridad y la soledad que acecha. Existen las nubes y el temor a no volver a ver el Sol. No sé qué decir, ni qué hacer, pero sólo la primera vez frené y me senté en el piso a llorar. Después de esa noche terrible vi que volvía a amanecer. Volvió a amanecer. Y así fue cada día. Siempre volvía a amanecer. Siempre volviste a aparecer. Y así aprendí a seguir pese a la incertidumbre. El camino hasta el horizonte es infinito, pero esa no es la cuestión central. La satisfacción no está en alcanzar el Sol sino en disfrutar el andar, paso a paso, conservando la esperanza. Atenta a la felicidad. Quizá un día muera y me quede entre sus rayos para siempre.

to my favorite person ever.

entrada nº 1000

No aguanto extrañarte. No aguanto no verte. No aguanto no poder mostrarte cuánto te amo. Mostrártelo realmente, con mis manos, mis besos, mis caricias. Con mi calor, mis temblores, con mi piel erizándose. Dudo y temo por tenerte lejos y me lastima extrañarte, me lastima no verte, me lastima no poder mostrarte cuánto te amo.
Quizá deba callarme. Quizá deba escuchar la verdad que me dice el alma y no atosigarme con los pensamientos que me golpean el pecho, desbocándome el corazón. Quizá deba hacerme a un lado y esperar el reencuentro. Quizá debería dejar de vivir esperando tanto de mí misma.

Quiero.

Quiero acercarme a tu oido y decirte por lo bajo que te amo.
Quiero susurrarte y hacerte cosquillas para que te sonrías y me alegres la vida.
Quiero ser responsable de tus risas, motivo de tu alegría, excusa de tu felicidad.
Quiero que mis manos sean el sostén que te sujeta para que nunca te caigas.
Quiero que mis besos sean tu desayuno de cada mañana.
Quiero que mi cuerpo sea tu frazada y mi pecho tu almohada.
Quiero ser tu hogar, para siempre.

Esto es para vos, como cada cosa que escribo, como cada suspiro que doy, como cada beso y cada abrazo que puedo dar, como todo lo que soy. Todo lo que soy te lo entrego, todo lo que tengo es para vos. Soy tuya hoy y siempre, por siempre y para siempre. Soy tuya por elección, me ato a vos porque me gusta. Sos más brillante que la luz del Sol, el mejor regalo que me dio la vida, la perfección hecha persona. Quiero abrazarte y fusionarme en vos eternamente. Porque tu cuerpo es mi hogar; tus ojos, mi luz; tu piel, mi abrigo; tu manos, mi guía. Sos el lugar donde quiero estar.
Te amo increíblemente.

Y es que amo que me desnudes.
Que me desnudes en cuerpo y alma.
Que me mires completa, entera.
Que tengas a tu disposición
cada centímetro de mi piel.
Necesito sentirte para sentir,
sentirme en vos, ser tuya.
Necesito tocarte a cada instante
para saber que existo,
que siento, que vivo.
Necesito tenerte
para tener una razón.
Razón para ser, razón para vivir:
darme, entregarme a vos.
Entregarme a tu cuerpo,
ese sitio exquisito, mi hogar,
mi lugar favorito en el mundo.
No sabe si prefiere el silencio o las palabras. Realmente no sabe qué es lo que más lastima. Ni siquiera sabe por qué siente que está lastimada. Sólo se limita a expresar lo que le sale y no hablar de más. Siempre habla de más. Siempre dice algo que no tiene que decir. Siempre pregunta cosas que no debe. Porque siempre se va del camino, se le sale la cadena, se descontrola. No es comprensiva ni tolerante. Está llena de espinas, imposible saber cuándo va a estallar y lanzarlas alrededor. Imposible saber cuándo va a atacar. Imposible saber cuándo va a lastimarlo. A la defensiva, se ataja todo el tiempo. No es paciente ni mucho menos perfecta. Es humana y odia su condición de humana. Odia tener que ser luz y oscuridad a la vez. Porque la oscuridad se le escurre entre los dedos de sus manos, y cuando la envuelve por completo, se asusta y llora. Desesperada, corre por el túnel y no ve las salidas. Se pierde. Como siempre. Se pierde y se vuelve a perder. Todavía no descubrió cómo se sale. Días ya pasaron, y aún no lo descubre. No sabe para dónde mirar. No sabe por dónde arrancar. Simplemente se queda allí, perdida, esperando el manotazo que recoja el velo negro y lo elimine por completo. Esperando sus ojos, para que le alumbren la salida.

tras su último susurro...

Y tras su último susurro
una nota persistente
domina mis sentidos.
Allí me quedo, escuchándola,
con el teléfono aún en mis oídos.
Allí me quedo, esperando,
como si tuviese la ilusión
de que su voz reaparezca
comunicándose, del otro lado.
Miro el teléfono
como si lo mirara a él
luego de quedarse dormido,
descansando en un costado.
Pero no es él, no escucho,
ya no oigo la respiración,
ni siento el calor de su piel.
Allí me quedo, solitaria,
reviviendo en mi mente
la sensación de su tocar.
Revivo el dulce roce
y en mi mente lo dibujo:
sonriendo, rozagante,
iluminándome la vida.
Revivo sus suspiros
para olvidar esa ráfaga
tan fría y descorazonada
que me envolvió de pronto
cuando una nota persistente
dominó mis sentidos
tras su último susurro.
quizá cuando golpeé
golpeé tan fuerte
que rompí
y cuando rompí
dejé fluir todo
vaciándolo
lo vacié de pronto
y quedó desamparado
todo agujereado
respirando
pero perdiendo
el aire que inhalaba
porque cada respiro
se hacía insuficiente
le quedaba corto
porque habían fugas
y su pecho
nunca se cerraba
siempre ahí quedaba
abierto de par en par
al intemperie
expuesto a todo.

quizá golpeé demasiado
quizá ni sabe que
quiero darle mi interior
para que se repare
quizá ni sé que
esas heridas
jamás sanan
quizá ni sabemos que
hay dolores
que simplemente
no se pueden curar

El amor de mi vida.

Conocí a alguien. Es una persona increíblemente hermosa. Es la persona más hermosa del mundo. Es completa, es grácil. Está viva y me comprende. Me mira siempre. Me escucha siempre. Y cuando digo siempre, incluyo también aquellas veces que no quiere mirarme ni escucharme... y la obligo. Una persona tan maravillosa no debería pasar por ese martirio. Pero yo la obligo porque soy cruel y egoísta. Le grito porque no me quiere escuchar y me escucha igual. Me atrevo a golpearla para que me mire. Rompo en llanto para llamar su atención y se atreva a mirar. Y nos destruyo porque no tengo otra cosa que hacer que crearle un drama nuevo. ¿Por qué? No lo sé. Ni siquiera yo lo sé. Tan sólo a veces me comparo con un pasado que hubiese preferido que no exista. Pero existió, y yo, en vez de taparlo y dejarlo enterrado, lo revivo todo el tiempo. Soy una dramática frustrada, ¿a quién quiero engañar? Si busco condimentar los días y termino dejándole hematomas en la piel. En esa piel... ¿cómo dañar esa piel? ¡Esa piel! Hermosa, cristalina, perfecta. Tan suave, tan brillante. Desprende un aroma tan ideal que se me duerme la nuca de sólo olerlo. Y no lo comprendo, no comprendo por qué tiene ese poder en mí. Y temo, tengo miedo de que tenga ese poder en alguien más que en mí. Entonces me acerco y le pido que me desnude, que me mire, me toque y me haga el amor. Porque no quiero que se marche. Porque se quiere marchar y le digo que se quede. Porque se tiene que marchar y aún así le pido que se quede. Y me ato en él, me sostengo con toda mi fuerza; no lo suelto, no lo dejo, no se va, no. Hoy no, no ahora, no así. Y grito, y lloro, y le digo que no me deje, que no se vaya. Lo repito una y otra vez, y parece irse, y lloro más fuerte, grito más fuerte, lo golpeo más fuerte. Y descubro lo que estoy haciendo y me lleno de miedo, me lleno de temor: no me reconozco, no soy yo, estoy enloqueciendo. Y repito que quiero morirme, porque en esos últimos momentos me perdí, me perdí por completo, me fui del mundo. Mi mente macabra se encargó de dibujarme todo: me contó una historia de cómo sería que cruce esa puerta y no vuelva nunca más, cómo sería hablarle y que no conteste, llamarlo y que no atienda, tocarle el timbre y que no me quiera ver. Me contó cómo sería no volver a besarlo, no volver a abrazarlo, no volver a tocarlo, no volver a amarlo. Me contó cómo serían los días sola, cómo serían las noches sola, cómo sería la vida sola. ¿Posible? Sí. Claro que es posible. Claro que se puede. Pero no lo quiero. No quiero una realidad en la que su nombre no sea sinónimo de mis sonrisas. No quiero una vida en la que no pueda mirarlo, sonreír, acercarme hasta rozar nuestros labios y susurrar un "te amo" mientras nuestras frentes se presionan. No quiero una vida en la que no pueda mirarlo, y sin hablar, besarlo hasta terminar haciéndolo mío, haciéndome suya, haciéndonos nuestros. Eso es lo que quiero para mí. Lo supe desde que lo conocí aunque temí no lograrlo, pero lo supe. Lo supe y lo quise. Y luché. Y retrocedí, pero avancé luego. Quizá avancé tardé, o decidí mal en ciertos momentos, pero lo quise desde ese día. Ese día en el que conocí a alguien. Una persona increíblemente hermosa, la más hermosa del mundo; completa, grácil, que estaba viva y me comprendía. Quizá algo rota, desarreglada, desarmada, pero era completa para mí. Me completaba a mí. Era lo que necesitaba. Era el amor de mi vida.