Crecer... Y aprender a aceptar. Aprender a vivir por uno mismo y no esperando milagros, ni propios, ni de los demás. Aprender que la perfección no se encuentra en la humanidad: ser humanos nos da la condición de imperfectos. Aún aunque busquemos la perfección incansablemente, nunca vamos a encontrarla. Ni en terceros, ni en nuestras obras, ni en nuestras creaciones, ni mucho menos en nuestras relaciones, que no implican una sino DOS personas imperfectas, buscando la perfección continuamente. ¿Qué sentido tiene intentar ser perfecto, si en ese intento se pierde tiempo irrepetible? Tiempo que se escurre como arena entre los dedos de las manos, mientras nos esforzamos en buscar algo inalcanzable. Y perdemos el disfrute. Perdemos la esencia. Nos olvidamos de apreciar las cosas pequeñas por soñar grandezas que son insignificantes.
Sí, buscamos la perfección. La buscamos todo el tiempo, toda la vida, y es inevitable. Pero quizá, algún día, encontramos cómo liberarnos cuando descubrimos la belleza en el error. Aprendemos a reírnos de las caídas. Aceptamos que hay imperfecciones que nos hacen hermosos. Nos hacen personas. Nos hacen humanos. Nos despegan de la automatización. Nos despegan de la rutina de los días. Nos da la magia, la diferencia, la sorpresa: cada día algo nuevo, algo que contar, algo de lo que reírse o por lo que llorar. Algo para disfrutar, para ser feliz, o simplemente, dejarlo ir, y soltar. Algo que amar. Alguien a quien amar. Quizá erróneo, quizá torpe, o herido, o cruel quizá. Imperfecto, sí. Pero humano, como yo. Imperfecto, como yo.