Necesitaba encontrarle un nuevo sentido a la escritura. Necesitaba encontrárselo, y urgente, porque todo lo que había hecho ese tiempo había estado vacío y carente de vida. Necesitaba reescribir todo, reescribirse a sí misma, reescribir la historia. No podría constituirla nuevamente desde el principio: sabía que eso sí era imposible, sabía que no había forma de volver atrás. Si pudiese hacerlo, ¡cuántas cosas cambiaría! Tantos detalles, tantos recuerdos, tantos momentos insignificantes. ¿Y por qué, si eran insignificantes, los cambiaría? Porque no quería que estén allí. Por insignificantes que sean. Por tontos, olvidados en el tiempo. Quizá hasta le daba asco. Asco de su simple presencia en su historia. Alguna vez hubiese dicho que "está bien, el pasado es parte de la vida, hay que aceptarlo, nos hace quien somos". Y ahora ni siquiera se lo cree. Ya no cree en lo que eran sus propias convicciones. No cree en que todo es azaroso, y que la vida será lo que vendrá. No quiere que sea azaroso porque teme perder en el azar. Perder lo que más quiere. Perder ese trozo de su alma que reside en la otra persona; ese ser esencial al que tanto ama. Y ahí piensa en su pasado y siente que llegó hasta él gracias a su pasado. Que su pasado la constituyó como tal y que por eso lo encontró. Que por eso, aquel día, logró hablarle. Que por eso, en su convicción de arriesgarse, al todo o a la nada, descubrió en ese hombre al amor de su vida. Y ahí se da vuelta, y agradece a su pasado el haber existido. El haberla hecho así. Haber forjado esa personalidad, golpeada por cada suceso, cada experiencia, cada hecho. Y ahí retoma sus convicciones y cree que el azar la llevó hacia donde está, que el azar es el que dispone, el que crea, el que juega con los seres para unirlos azarosamente entre lazos de colores. Pero ante eso, se asusta, se alarma, y teme. Teme que el azar, que la llevó hacia donde esta, se lo lleve a él hacia otro lugar. Que corte los lazos. Que rompa las cuerdas. Que desate la unión y los despegue, empujándolos, alejándolos, en opuesta dirección...
Y así vive, en esa encrucijada, ida y vuelta, entre sus convicciones pasadas, sus convicciones actuales, la esperanza del futuro. Vive en ilusiones olvidándose de que hay un presente, y pensando sin actuar, temiendo sin arriesgar, llorando por los riesgos que conlleva el amar.