Miro al cielo y no sé por qué. No quiero olvidar cómo brilla. Descubro en el claro tu cara. Y me alegra encontrarla. Entre las nubes hay figuras. Allí también estás. Y en el Sol tu sonrisa. Y cuando oscurece, tu llanto. Cuando no hay Luna, tu ausencia. Cuando brillan las estrellas, la esperanza. En el amanecer está tu nacer y es allí hacia donde voy. No hay ninguna otra atracción que me haga perder el destino. Está fijo el camino y transito con dicha. Pero también existe la noche y no tengo fuego. Y existe la lluvia y no hay techo. Existe la oscuridad y la soledad que acecha. Existen las nubes y el temor a no volver a ver el Sol. No sé qué decir, ni qué hacer, pero sólo la primera vez frené y me senté en el piso a llorar. Después de esa noche terrible vi que volvía a amanecer. Volvió a amanecer. Y así fue cada día. Siempre volvía a amanecer. Siempre volviste a aparecer. Y así aprendí a seguir pese a la incertidumbre. El camino hasta el horizonte es infinito, pero esa no es la cuestión central. La satisfacción no está en alcanzar el Sol sino en disfrutar el andar, paso a paso, conservando la esperanza. Atenta a la felicidad. Quizá un día muera y me quede entre sus rayos para siempre.