Sale el Sol por el Este. Amanece entre medio de las nubes que tapan levemente a la Estrella, mientras se alza ante los observadores. Quienes la ven desde la orilla conocen su forma a la perfección. Cómo se va achicando en la medida que sube. Cómo va aumentando su intensidad, que nadie puede mirar fijo sin enceguecerse (o enamorarse).
Quienes ven desde la orilla gozan del espectáculo de cada día. Y aquellos que no tienen la dicha de esperarlo ahí parados, simplemente se conforman con verlo alzarse sobre el edificio más alto que cruce la cuadra. Quizá, recién a eso de las 11 de la mañana, cuando alcance superar las torres de Microcentro. Quizá no aguante y corra hasta Plaza de Mayo para sentirlo más rápido. De espaldas a la Casa Rosada, juega a dibujar sombras con los árboles y sus copas. Juega y se divierte, y la gente se conmueve con los rayos que atraviesan. Intermitentes sombras que reflejan en sus retinas un mapeo de los alrededores. Tal vez, hasta el tamaño y la forma de la hoja, que sigue allí arriba, meneando con el viento, dibujando una sombrita, o una sombra, o una sombrota. Grande o pequeña, la hoja está allí, tapa la luz, resultando en algo oscuro. Luz aparece y provoca la llegada de oscuridad. Porque todo lo que se atraviesa en su camino hace sombra, porque el balance es necesario, porque lo que el Sol ilumina, también lo tiene que apagar.
Sale el Sol por el Este, y en algún momento se va a sentar sobre el horizonte Oeste para esperar que pase el tiempo, la Tierra rote, y se vuelva a guardar. Guardarse es más que lo que parece, guardarse por tiempo obligado, guardarse y que nadie lo vea hasta que alcance de nuevo un horizonte más. Es cuestión de esperar un poco, que pasen las horas, aguardar el amanecer siguiente. En la orilla del mar o en Paseo Colón, en el medio de un bosque o en una plaza en la Capital, donde sea que estemos, el Sol amanece, y luego se va. En cualquier parte del mundo, respetando ese ciclo, horario exacto, variando un poquito según la época del año. Despejado o no, nuboso o tormentoso, el Sol va a salir. Aunque haga frío, o sea invierno, o el otoño seque todo el verde color, o aunque la lluvia se abra paso en verano con el calor, el Sol sale por el Este. Sale cada día, se alza, y se acuesta sobre el Oeste. Abre paso a la noche, su contraparte oscura, que aún con tanta negrura sabe brillar con las estrellas. Se extiende durante horas, esas que los enamorados saben conquistar. Se extiende hasta que nuevamente, el Sol se abre paso. Sale por el Este. Y siempre así será. Porque pase lo que pase, va a salir igual.
Decile al corazón que no se ilusione con las promesas cantadas.
Canción dedicada no es poema del alma, simplemente tomar una idea prestada.
La razón tiene que hacer las paces. Equilibrarse, balancear con el deseo.
La semántica de cada palabra, detrás de cada frase, construyendo cada verso.
Que se corte el tire y afloje porque sino lo que se va a cortar es lo que están tirando y aflojando.
Hacele caso a la mirada, a ese gesto, la sonrisa desprevenida, el pensamiento espontáneo en el momento justo, coordinado con el otro, en otra punta, otro lugar.
Hacele caso a la promesa silenciosa. Las que menos se escuchan son las que más se sienten.
La mejor expectativa es no tenerla.
El alma grita,
el pecho habla,
y las razones para sonreír
se incrementan exponencialmente.

Para todo aquel que creía que era posible sin amor.

coraza

Surge de la piel prolongándose, sinuosa, a 5 o 6 centímetros de su superficie corporal. A pesar de esas sinuosidades, logra estar firme allí, gruesa y estática. Cada estímulo que viene a perturbarla no lo logra, es inatravesable. Se transporta junto con su cuerpo a todos lados. Es parte ya, es una extensión. La textura es acartonada, un poco más suave que el cartón ordinario. Como si fuese una caja hecha a medida. El color no es sólido, tiene cierta translucidez. Va variando, a veces más transparente, otras más opaco. A veces más verde, a veces más clarito, a veces más oscuro. No se aleja tanto como para llegar al negro, pero hay algunos días en los que su opacidad asusta, y ni siquiera se le identifica la cara. La caja es uniforme, no cambia nunca, sólo deja ver (o no) lo que hay debajo. Y es su cuerpo el que se va moviendo. Él viene con su caja, que no todos ven. Algunos no le prestan atención porque su cuerpo se puede vislumbrar. Y si se ve relativamente bien, entonces la caja no importa. A nadie le va a importar. Pero es que alí es bastante transparente... en esas circunstancias en las que se le mueve el alma.
Ahí fue donde lo conocí yo. En medio de ese titubeo entre la caja que protege y la caja que está demás. Ya se construyó, no puede romperla tan fácil. O quizá, no puede romperla nunca. Pero aún así, se las arregla para que pase desapercibida. Son momentos de pasión, ese sentimiento enorme de pertenecer, el placer de transmitir lo que ama. Ahí la caja se hace extraña y nadie la sabe notar. No importa que esté, no genera tanto contratiempo.
Pero después de conocerlo ahí, lo conocí fuera. Quién diría que es la misma persona...
La caja se opacó. El verde se oscureció, perdió el brillo. La escala de colores pareció haberse reducido en un segundo a un verde moco y un verde musgo. Fluctuaba entre esos. Era extraño e incluso perturbador. La caja era rígida siempre, pero ahí parecía aún más dura, aún más terrible. Daba sensación de encierro. Su cara, tras esa cubierta, declaraba un dejo de decepción. Hacia quién o hacia qué, no pude descubrir. Pero el gesto era diferente, los ojos no brillaban mucho y él estaba ahí dentro, moviéndose poco, aislado y desencontrado.
No sé bien por qué, aún así, intenté atravesarla. Supongo que el desafío se planteaba prometedor, o no tenía demasiado porcentaje de conciencia activa como para temerle. 
Comprobé que era irrompible pero no inaccesible. Las cajas tienen pliegues, aberturas, pegotes de voligoma cerrando la cavidad. No iba a ser tan difícil meterme si me lo proponía. Quería ir a ver si desde allí dentro había algún control que modificara las condiciones de esa pequeña-gran cárcel que lo tenía encerrado.
Y no, no fue difícil entrar. Entré por un agujerito que desapareció automáticamente luego de ingresar. Lo vi ahí, con la mirada perdida, intentando vislumbrar algo por fuera de la caja. Estaba oscura como nunca, algún que otro fotón llegaba a atravesarla, pero él no podía verlos bien. La desesperación se agotaba para darle espacio a la resignación, dejando a un lado los intentos de escape, aceptando la realidad, aceptando ese color, esa opacidad, ese encierro. La coraza era dura, pero yo estaba dentro, Era mi momento. Abrazaría fuerte y esperaría un cambio. Y abracé. Y esperé. Y la caja vibró, cayó polvo de los pliegues. Y la caja se perturbó, quizá se aclaró un poco, pero se ensanchó, se agrandó, engordó... y él sonrió un poco. Y al soltarnos, se veía un Sol de fondo. No era un gran Sol, quizá ni siquiera era el Sol. Capaz era un farol. Una parrilla. Una vela. Pero se detectaba su presencia allí y era más que suficiente.  Luego de un rato de estar estáticos presenciando ese Sol, esa luz casi cálida que venía con aires de sanación, un escalofrío me recorrió. Fue ahí que caí en la cuenta (¿cómo no fui a considerarlo antes?) de cuál era la real preocupación actual... Si él, durante tanto tiempo, no pudo salir (o no quiso)... ¿cómo iría a hacerlo yo ahora?
Aunque, al final de cuentas... él sonreía. Y eso bastaba.

confesiones

qué miedo hablar
de aquello que el ser
ocultó profundo
durante tanto tiempo

qué miedo decirlo
porque hacerlo verbo
lo vuelve real

qué miedo admitir
que el corazón se atonta
que quedé resagada
ante toda esta historia

¿qué similitudes comparte
con aquel hombre necio
que se queda en la orilla
por miedo a enfrentar el mar,
su furia y su tempestad,
por miedo a no soportar
tal vorágine emancipadora?

Todo.

Señales.
Señales que no hay que dejar pasar desapercibidas.
Percibir, mirar más allá.
Observar en lugar de ver simplemente.
Observar, recordar cada detalle.
Marcar al corazón. Fijar un recuerdo.
Construcción de la memoria. La luz de los cuerpos se hace ver. Brillante, enceguese. Y esa silueta se distingue entre todas las demás.
Es ese, el momento particular.
La huella mnémica hace lo suyo.
Y será prolongado a la eternidad del ser.
Será repetido una y otra vez. Generando sentimientos.
Quemando a fuego.
Marcando en silencio.

el de bambalinas

Dar, dar, dar. Dar una y otra vez.
Dar sin recibir nada a cambio. Dar, vaciarse, sin poder llenarse de nuevo.
Quién desearía la suerte del boxeador, que si da sin recibir, se lleva la victoria.
Quién querría ser el vacío, el dejado.

Tras bambalinas se esconde. De vez en cuando asoma la cabeza.
Todavía nadie lo vio.

Pero cuando ella está, las luces del escenario se encienden.



PRIMER ACTO

ESCENA PRIMERA


Ella grita. Todos la escuchan.
Ella grita y puede porque ese es su libreto.
Ella grita y puede porque está en el frente del escenario.
Los gritos desgarradores desarman a más de uno. Se escuchan los suspiros de los presentes. Una mujer de la primera fila se lleva las manos a la boca.
Ella grita, y al instante, cae al piso. Acto seguido, se escucha un ruido tras bambalinas.
Alguien había caído allí también, pero nadie lo ve. Él se esconde allí esperando el momento justo para salir, pero por ahora parece un caso perdido.
Él oculto, ella ahí. Delante de todos, sufriendo.
Es el único sufrimiento que se logra ver.
Todos la ven. Todos la escuchan, y la sienten.

(Telón.)


PRIMER ACTO

ESCENA SEGUNDA


Ella está sentada en una silla, con los codos sobre la mesa. Ella tiene la comida delante suyo pero prefiere no comer. Ella es su humor y su humor está malo, así que decide simplemente dejar la comida enfriar. Que la comida se enfríe, se eche a perder, se pudra.
Ella se levanta de la mesa sin levantar el plato porque a ella no le corresponde. No le toca. Ella no está para hacer eso. Tiene otras cosas que hacer, no comer, no lavar, no ser humana.
Se aleja de la mesa en dirección a una puerta, simula ser una habitación. Abre la puerta y la cierra con fuerza.
Las luces bajan. Todos piensan que termina esta escena, pero un cuerpo se asoma entre las sombras.
Alto, algo flaco, de pelo despeinado. La silueta aparece y avanza con pasos un poco torpes.
Se acerca a la mesa y mira el plato.

Él (moviendo la cabeza con preocupación y en tono de susurro): No comiste nada...

No se escucha respuesta. Levanta el plato. Camina hasta la cocina y lo deja apoyado en la mesada. Con la cabeza gacha, desaparece del escenario.

(Telón.)


PRIMER ACTO

ESCENA TERCERA


Luz baja. Se ve un sillón. Una montaña de humano allí tirado, de espaldas al público. Desde lejos se ve el movimiento del cuerpo, rítmico, cíclico, con cada respiración. Se escucha la inhalación seguida de la exhalación. Son profundas, completas. Pareciera que hablara mientras respira de esa manera.
De fondo se escucha un llanto. Es suave, pero insistente. Su origen está fuera del escenario.
Un reloj sobre la pared marca las 4:05. Es madrugada pero ella llora todavía.
Él levanta la cabeza una y otra vez.

Él: No llores más... por favor...

No escucha respuesta. Se acomoda sobre su otro costado. Suben un poco las luces alumbrando a su rostro. Ahora se percibe su cara, pensativa, algo entristecida. Se perciben sus ojos, semiabiertos, celestes, transparentes. Piensa en lo que debe pensar el público pero aún así no se levanta a defenderse. El libreto no dice eso. No le toca diálogo ya. Su defensa no le importa a nadie... ni tampoco tiene fuerza para hacerlo. Ya la debilidad es más fuerte que él mismo.

(Telón.)

*           *           *
La sed no se calma.
No calma nunca.
Entre medio de tanto, busca algo que la detenga.
Pero no hay nada, porque todo ya pasó, ya fue, terminó.
El último fruto fue comido.
La última hoja cayó del árbol.
Se secó, en el suelo. Se rompió en pedazos de tantos que le caminaron encima.
No es más que una hoja rota y seca. No es más que lo que quedó de un vasto verano.
De esos en los que el Sol hace estragos con el alma de los enamorados.
De esos en lo que todo florece, pero nada es constante.
Lo efímero es simplemente una ilusión.
Ay, de los ingenuos...
Qué débil el ser, cuando el punto quiere convertirse en coma.
No lo busca pero inevitablemente cae en ese juego. Ese tire y afloje tan particular.
Y las voces que le llegan son todas diferentes. El color, el tono, el volumen.
Graves, bajos, altos, medios, agudos.
Corchea, semicorchea, fusa, semifusa.
Silencio.
Redonda, blanca, negra.
Silencio.
El dos por cuatro que suena de fondo le recuerda un tiempo pasado. Tiempo que ya fue, de esos que no van a volver nunca. Porque la muerte se llevó todo.
De esos en los que ella se hacía feliz de sólo salir por el balcón a mirar el Sol.
Ahora no había cambiado demasiado, solo que la felicidad era más deseada, pero menos duradera.
Los tiempos corren y la arena se lleva los planes, de un lado al otro de la ampolla de vidrio.
Que alguien ponga el reloj boca inversa en algún momento.
Necesito que la arena le devuelva a mi corteza un poco de realidad.

conexión
deseo del ser
es intrínseco al alma
(no podemos escaparnos de eso)

Se abren las puertas con la facilidad de las ventanas.
Quizá las salidas ya no cuestan tanto.
Quizá resolver se volvió más simple.
Se resquebraja la coraza y el mundo se da cuenta.
Ella también lo sabe. Aún así no le importa.
La coraza se deshace pero deja salir sus brazos.
Los dedos se estiran para aprender a sujetar,
pero también aprenden a desprender.
Reflejos inconscientes que se hacen voluntarios,
el propio ser jugando mientras comprende cómo crecer.
Descubre la energía brotando del pecho.
Intenta controlarla (falla en el primer intento).
Intenta dominarla (el impulso es más fuerte).
Intenta atravesarla (la consciencia está lejos).
Intenta hacerla parte (ahí estaba la respuesta).

Asimilación.
Sed de ser, que lucha incansable con la convención preestablecida de frenar.
El famoso "bajar un cambio", invento del hombre, hoy le juega una mala pasada.
Lo preestablecido es una cagada, dicen.
Pero el orden no se puede mantener solo.
El alma es débil, la carne no aguanta.
Asimilar ser humano. Sufrir las consecuencias.
Y extrañar los momentos difíciles cuando se está tranquilo.
Siempre es así.
Y, ¿cómo no va a serlo?
Si la estabilidad es un embole...
necesito del Sol
que seque todo el resabio de lo que fue
que ilumine la incertidumbre de lo que será

romper la coraza no es suficiente
porque el barrio sigue pintado del mismo color
porque las calles se bañan de hojas secas
para luego ser del viento
y volver a florecer
y el calor explota
y hierve la cabeza
abunda el placer

pero la sequía vuelve
ciclo sin fin
abunda la fobia
un círculo aparece
y no se puede salir de los límites
ni quedarse detenido por un momento

vamos a ir caminando por la cornisa
porque nos gusta vivir así
arriesgándonos
en un número pi de radios
una y otra y una y otra vez
No te rindas ante la espera.
No decidas antes de tiempo.
No elijas por miedo.
No te quedes con lo que no llena.
Sino nunca estarás pleno.

Si se trata de soltar, entonces soltemos.
Dale que la soga está tirante y te va a lastimar.
Somos lo que soñamos.
El deseo del alma, lo más anhelado.
Somos también lo que escuchamos,
lo que atendemos, lo que callamos.
El primer pensamiento de cada mañana
que brota incesante como flor de primavera,
como brota el sonido del viento costero,
entre mar, entre arena,
esa brisa húmeda, sureña,
que emociona hasta el alma del insensible.
Somos el sueño y el deseo humano,
porque así es nuestra naturaleza.
Así es el destino del hombre,
y mágica es la sensación en el aire.
La energía surge en el momento exacto
en que el alma desea.
Es ahí, justo ahí
cuando astros, luna
y todo cuanto se halle en el espacio
se alinean tras los rayos disparados
desde el pecho del soñador.

Rebotan. Vuelven.
Y se depositan justo allí
donde se encuentra el receptor.
El dueño de todo.
El poseedor de la otra energía,
la que pega con esa
que se fue al espacio y volvió

El soñador debe ir y reclamar su energía.
Pero, quizá hasta la quiera compartir.

No tardarán mucho en unirse.
En el momento en el que ella comprendió lo que estaba sucediendo, ya se había hecho tarde. Sí, era tarde pero mucho no le importaba, porque había comprendido. Y eso era grande.
Caminar por esa calle no iba a ser lo mismo. Así son los sucesos. Así cambian la vida.
Detalles, pequeños, eventos fortuitos. El azar abriéndose paso en el flujo de energías entre su cabeza luminosa y quién sabe qué.

Ella camina, y la condensación de los aires acondicionados de los rascacielos le hace pensar que por ahí está lloviendo, por ahí regaron una planta o la vecina del quinto A de ese edificio anaranjado sobre avenida Córdoba dejó el lavarropas descargando y se fue a trabajar sin saber que el día anterior la columna se había terminado de tapar provocando una inundación sin control que pocos advertirían y quizá no modificarías la vida de nadie salvo la de ella y su piso de parquet,  y del vecino de enfrente si es que el agua le llegó, y quizá la de abajo sufra la humedad del techo y que Alberto el portero trabaje doble para apañar las quejas y secar la escalera y tener más ganas todavía de que de una vez por todas le llegue la jubilación, pero la jubilación no sale y no tiene más ganas de trabajar pero tiene que seguir así es la rutina de cada día.
Y mientras tanto, mientras todo eso pasa, el alma de ella se alegra y regocija. Y sabe que esa calle es especial. Porque nada pasa desapercibido. Porque ahí es ella, sensible, iluminada. Camina y flota y paso a paso marca el camino sin saber exactamente qué recorrido, pero conociendo el destino a la perfección. Y la calle no será la misma. Y la calle será esa calle parar siempre porque ahí descubrió que lo que veía era especial y le pertenecía.
Y no habrá gota condensada que ahogue tal sentimiento. Ni aunque allí mismo se transformara el cielo en una tormenta de verano de esas que añora el campo y asusta a los pueblos bajitos. De esas que, por lo general, limpian el suelo, la tierra y el alma.
Pero su alma ya había crecido. Sentía, era. Real, aniñada. Pero sagaz, amazona, sedienta.
Alma resuelta pero en pleno descubrimiento. 
Alma haciendo camino, sin apuros, tras el destino que busca alcanzar.