coraza

Surge de la piel prolongándose, sinuosa, a 5 o 6 centímetros de su superficie corporal. A pesar de esas sinuosidades, logra estar firme allí, gruesa y estática. Cada estímulo que viene a perturbarla no lo logra, es inatravesable. Se transporta junto con su cuerpo a todos lados. Es parte ya, es una extensión. La textura es acartonada, un poco más suave que el cartón ordinario. Como si fuese una caja hecha a medida. El color no es sólido, tiene cierta translucidez. Va variando, a veces más transparente, otras más opaco. A veces más verde, a veces más clarito, a veces más oscuro. No se aleja tanto como para llegar al negro, pero hay algunos días en los que su opacidad asusta, y ni siquiera se le identifica la cara. La caja es uniforme, no cambia nunca, sólo deja ver (o no) lo que hay debajo. Y es su cuerpo el que se va moviendo. Él viene con su caja, que no todos ven. Algunos no le prestan atención porque su cuerpo se puede vislumbrar. Y si se ve relativamente bien, entonces la caja no importa. A nadie le va a importar. Pero es que alí es bastante transparente... en esas circunstancias en las que se le mueve el alma.
Ahí fue donde lo conocí yo. En medio de ese titubeo entre la caja que protege y la caja que está demás. Ya se construyó, no puede romperla tan fácil. O quizá, no puede romperla nunca. Pero aún así, se las arregla para que pase desapercibida. Son momentos de pasión, ese sentimiento enorme de pertenecer, el placer de transmitir lo que ama. Ahí la caja se hace extraña y nadie la sabe notar. No importa que esté, no genera tanto contratiempo.
Pero después de conocerlo ahí, lo conocí fuera. Quién diría que es la misma persona...
La caja se opacó. El verde se oscureció, perdió el brillo. La escala de colores pareció haberse reducido en un segundo a un verde moco y un verde musgo. Fluctuaba entre esos. Era extraño e incluso perturbador. La caja era rígida siempre, pero ahí parecía aún más dura, aún más terrible. Daba sensación de encierro. Su cara, tras esa cubierta, declaraba un dejo de decepción. Hacia quién o hacia qué, no pude descubrir. Pero el gesto era diferente, los ojos no brillaban mucho y él estaba ahí dentro, moviéndose poco, aislado y desencontrado.
No sé bien por qué, aún así, intenté atravesarla. Supongo que el desafío se planteaba prometedor, o no tenía demasiado porcentaje de conciencia activa como para temerle. 
Comprobé que era irrompible pero no inaccesible. Las cajas tienen pliegues, aberturas, pegotes de voligoma cerrando la cavidad. No iba a ser tan difícil meterme si me lo proponía. Quería ir a ver si desde allí dentro había algún control que modificara las condiciones de esa pequeña-gran cárcel que lo tenía encerrado.
Y no, no fue difícil entrar. Entré por un agujerito que desapareció automáticamente luego de ingresar. Lo vi ahí, con la mirada perdida, intentando vislumbrar algo por fuera de la caja. Estaba oscura como nunca, algún que otro fotón llegaba a atravesarla, pero él no podía verlos bien. La desesperación se agotaba para darle espacio a la resignación, dejando a un lado los intentos de escape, aceptando la realidad, aceptando ese color, esa opacidad, ese encierro. La coraza era dura, pero yo estaba dentro, Era mi momento. Abrazaría fuerte y esperaría un cambio. Y abracé. Y esperé. Y la caja vibró, cayó polvo de los pliegues. Y la caja se perturbó, quizá se aclaró un poco, pero se ensanchó, se agrandó, engordó... y él sonrió un poco. Y al soltarnos, se veía un Sol de fondo. No era un gran Sol, quizá ni siquiera era el Sol. Capaz era un farol. Una parrilla. Una vela. Pero se detectaba su presencia allí y era más que suficiente.  Luego de un rato de estar estáticos presenciando ese Sol, esa luz casi cálida que venía con aires de sanación, un escalofrío me recorrió. Fue ahí que caí en la cuenta (¿cómo no fui a considerarlo antes?) de cuál era la real preocupación actual... Si él, durante tanto tiempo, no pudo salir (o no quiso)... ¿cómo iría a hacerlo yo ahora?
Aunque, al final de cuentas... él sonreía. Y eso bastaba.