Parece como si su brillo cayera sobre mi espalda.
De pronto se me ilumina el alma,
revive la esperanza y las ganas de aguantar.
Una constelación parece haber nacido,
no la reconozco, pero estoy segura de haberla visto,
no en el cielo, sino alguna vez, en algún lado.
Quizá es porque esa curva de estrellas
que se extiende de norte a sur
me recuerda un poco a tu sonrisa.
De hecho, están alineadas de la forma perfecta
en la que puedo ver tu boca, esbozando esa mueca.
Es tu sonrisa, increíble, pero imposible de confundirla.
De pronto se mueven, formando una nueva figura.
Allí, tus ojos. Maravillosamente, aparecen.
Son tus ojos, tus pestañas, tu brillo.
Hasta pareciera que se encargaron de encenderse
de forma tal que simulen ese color pardo,
el color de tus ojos, tan único, tan hermoso.
Es milagroso, es un respiro... es una ilusión.
Pero esa ilusión me llena el alma, y me río.
Parece como si las estrellas se hubiesen percatado
de que me di cuenta del mensaje que me daban.
Estoy segura de que me vieron reírme, y parecen exaltadas.
Como si dieran pequeños saltitos, se sacuden en el cielo.
Me llevo la mano al pecho, en un gesto de agradecimiento.
Y como si leyeran mi más profundo anhelo, en un segundo,
modifican nuevamente su formación.
Lo supe de inmediato, porque lo sentí en mi alma
pero no pude evitar la sorpresa ni la estupefacción.
Allí, en el cielo, se disponía mi cara.
El contorno de los ojos, la nariz pequeña,
los labios finitos, mi pelo enmarañado.
Era mi cara, sonriente, cruzando el cielo.
Las estrellas quietas, simplemente, esperando.
En ese momento entendí, comprendí qué pasaría.
Al cabo de unos minutos, comenzaron a brincar,
nuevamente, como cuando antes,
al simular la cara de mi amado,
vieron que yo las miraba.
Supe que me habías visto en lo alto.
Supe que me habías visto, surcando la noche.
Sonreí, y las estrellas desaparecieron.
Sólo quedaron un montón de constelaciones antiguas
que titilaron en forma de saludo,
y volvieron a quedarse así, inmóviles,
luego de haber comunicado el mensaje del amor.

