...

Las puntadas en el pecho se hacen insoportables.
¿Qué hice para estar así?
¿Acaso esto es lo que merezco?
No soporto más el dolor.
Ni la desesperación.
No hay bocanada de aire suficiente.
No hay golpe al corazón que haga que vuelva a latir como siempre.
Es un frío constante,
y no por falta de comida,
no por falta de sueño...
es la falta de amor.
¿Qué sucedió?
¿Qué cambió?
Si hasta ayer todo andaba bien.
Todo era perfecto.
O quizás eso creía...
Quizá nada fue perfecto. Nunca.
Quizá fue una ilusión.
Quizá nada fue real.
Y esas ideas... Me consumen.
No puedo dejarme invadir.
No puedo pensar en eso.
Porque si lo pienso y lo creo, se vuelve real.
Y si es real esa maldita confusión, no me queda nada.
Me estoy vaciando poco a poco.
Fui dejando partes, kilómetro a kilómetro.
Ahí fui perdiendo todo, cuando nuestra energía se empezó a apagar.
No siento, no creo, no entiendo.
Temo, tiemblo y tengo miedo.
No quiero estar acá
pero vos no querés que esté allá.
Entonces, ¿dónde debo estar?
¿Debo estar?
¿Está bien que exista?
O simplemente, ¿no debería desaparecer?
No quiero seguir así.
No me gusta vivir de esta manera.
La distancia me aniquila segundo a segundo.
El miedo es un cáncer,
y mil tumores metastáticos
se extienden en mi cuerpo.
El temor es oscuridad,
y se mete en mis células;
me apaga las luces,
me apaga por completo.
Soy noche, sin estrellas,
sin un futuro amanecer.
En esto me convertí, ahora.
Y siento que no me queda más nada.
Solo aferrarme con lo que parecen ser fuerzas
a un amor debilitado,
que llora impaciente, descontrolado,
rogando por vos.