Me siento encerrada,
ante estas cuatro paredes.
Hay puerta, sí,
y me lleva hacia afuera.
Existe un afuera,
existe otra gente,
existen más seres.
Hay una playa inmensa a pocos metros,
con un mar que simula ser eterno.
Hay un Sol resplandeciente y un cielo que se extiende
por cualquier lugar que pueda divisar.
En todos lados hay algo:
o gente, o seres,
o playa, o mar,
o Sol, o cielo.
Todo está lleno.
Afuera está lleno y yo acá,
en mi encierro.
Y hago el intento de ir hacia afuera
y ese lleno se me hace tan vacío
que me oprime peor el alma
y me veo obligada a volver:
retorno a mi encierro,
a echarme en la cama,
esperando el tiempo.
Y afuera allí siguen:
la gente, los seres,
la playa, el mar,
el Sol, el cielo.
Todos los encuentran fascinantes
y en mi mundo son cosas ordinarias.
Todo es ordinario, común, opaco.
Porque nada tiene tu brillo.
Nada refleja tu sonrisa
ni se obnubila con el destellar de tus ojos.
Porque no estás acá.
Por eso nada es importante.
Ni especial. Ni brillante.