Día 28


      El cielo se despeja de pronto. Creí que seguiría lloviendo. Como aquel día que temí que mi alma siguiese llorando. Una tenue luz atraviesa las copas de los árboles, y los rayos me alcanzan, me tocan. «Aún existe el calor.» pensé. Aún existe, pero ese calor no es el que me hace feliz. Pero me ayuda a resistir y a comprender que las tormentas no duran para siempre. Que el Sol siempre está detrás, esperando pacientemente relucir su figura, y así reinar en el cielo.
      Pero en mi cielo no reina. Es tan sólo un brillo más. Se volvió insignificante como las estrellas, la Luna, los arcoiris. De admirable y maravillosa hermosura, claro está, pero, ¿qué es eso que brilla más? ¿eso que me da el calor que realmente busco? ¿son acaso sus manos? ¿son acaso sus besos? ¿y qué del Sol, de la Luna, de los astros? ¿desapareció el protagonismo cuando su sonrisa irrumpió en mi mundo, tan monótono y tranquilo?
      Y la revolución que provocó se expandió a todos los aspectos: a la miradas, los sabores, los olores y los gestos. Los sentidos se centraron en sentirlo, las manos, en aferrarlo, el corazón, en latir a la par del suyo. No existía si no era para amarlo o sentirme amada por él, no existía si no era para sentir su tierno respirar, y ese inquieto latir, que tanto la llenaba de amor. Y lo más importante: latía en su dirección, al compás de mi corazón. No existía alternativa de mañana. Ni razón para que haya mañana si no vivía para sentirlo.
      Y entre sueños, cada día, lo encontraba; y entre llantos, cada día, más lo necesitaba, más lo extrañaba. Apareció de la nada y se hizo dueño de mi todo, de cada creencia y elección, de mi cuerpo y mi alma, de mis sentimientos más sinceros, de mi mirada enamorada. Lo amé, sentí amarlo y decidí seguir haciéndolo, jamás reprimir ese sentimiento, jamás cortarnos el vuelo: amarlo hasta el final, amarte lo que dure la eternidad, porque es este amor, que surgió de tu simple existencia, lo que me hace sobrevivir.


cuatro semanas