Se gestan. Crecen.
Comienzan en una zona
y terminan invadiendo
cada parte del cuerpo.
Y hierve la sangre,
hierve de miedos,
y hierve el alma.
Y no hay emoción
que sea suficiente
para derramarlos
sacarlos fuera
extirparlos.
Es imposible,
no hay bronca
ni enojo
ni llanto suficiente.
Ni golpe que duela tanto
como para aliviar esos celos,
esa furia que sea desata,
esa rabia que inmoviliza,
esa sangrado que se desata
producto de las pinchaduras
que recubren todo el cuerpo
e inyectan sin piedad
los celos desalmados.