Sinceramente, segundo tras segundo, en lo único que puedo pensar es en nuestros cuerpos reencontrándose. Ese nuevo encuentro, con tanta ansia, tanto deseo, tanto anhelo. Tanto amor contenido que no pudimos darnos, tantos días que no pudimos compartir. Tantas ganas, tanta fuerza, tanta pasión acumulada en el pecho, a punto de ser liberada. Después de tantas horas, tanta espera, tantos llantos (tontos llantos). Tantas charlas, tantos saludos, tantos silencios. Tanto extrañar. No aguanto extrañar más, pero día a día más extraño, más siento esta bola en la boca del estómago, agrandándose cada vez más, tan inmensa, llena de los besos que no te di, los abrazos que te debo, las horas que no compartimos. Llena de noches juntos, llena de tu piel junto a la mía, esperando volver a tocarse. Llena de las caricias. Llena de... de este sentimiento inexplicable que creció sin verte ni tocarte, sólo escuchándote, sólo sabiendo que seguís existiendo, que te sigo amando, que sigo por vos, sin freno ni duda, sin arrepentirme jamás. Sigo esperando con una sonrisa en la cara, sigo y espero, sigo y aguanto. Tanto pasó, pero queda tantísimo por pasar... Sólo anhelo ese reencuentro. Reencontrarme con tu cara. Con tu cuerpo y con tu alma. Y sonreír otra vez. Y volver a ser completa, otra vez.