Te miro

La suavidad de tu piel me hace llorar. Te beso en la mejilla presionando mis labios como si pudiera grabar más a fuego ese momento en mis sentidos. Me abrazas fuerte y quiero quedarme ahí enterrada un largo rato. No sabés lo difícil que se volvió todo. No sabés los obstáculos que me pongo. Pareciera como si yo misma intentara sabotearme. Pero es que aprendí a ser amiga de mi tristeza. No sé soltarla tan fácil, no sé dejarla ir de un momento para otro. Pienso en tu nombre, en el aire, en su sonido, en mis oídos. Pienso en las cosas que solés decir, las oigo, con tu tono de voz, el color de tu risa. Una semana después de llorar vuelvo a llorar. Otra vez acá en la cama, sola conmigo, con un fantasma de tu figura haciéndome compañía. Ahí sentado contra la pared, tocando la guitarra, te miro. Quiero que este recuerdo dure más de lo que suelen durar los recuerdos promedio. Quiero retener en mi memoria este sentimiento tan puro y maravilloso que logré sentir. Mientras tanto te lloro, lloro tu ausencia, tu silencio. Y guardo algunos abrazos, los que no se echan a perder ni se vencen o se pudren. Mirá si van a vencerse. Mirá si este amor se va a agotar tan fácil.

indomable extrañar

Indomable sensación la de extrañar. Toma el ser para reducirlo a cenizas. Extrañar por no tener ya el placer de disfrutar ese tiempo compartido, esa magia brotando.
Eso era real. Realidad pura. Un sentir infinito. Es, lo sigue siendo. Pero cada vez estamos más lejos y no logro entenderlo. Cómo, de un día para el otro. Basta de compartir, basta de codo a codo, dormir acurrucados o apoyar tu cabeza en mis muslos una tarde de sol. Basta de mirarte a los ojos y dejarte ver cuánto te quiero, cuánto amor tengo para dar, cuántas sonrisas sabés engendrar.
Al menos es un sentimiento tan noble, que me da esperanza. Porque amar es sencillo cuando ya se sabe que se ama, y más aún, cuando se sabe qué se ama.

sin título - 20 de abril

quiero decirte que
te quiero
y que
te extraño
te acordas esa vez que
te abracé en mi auto
tan fuerte
no me quería ir
no te querías ir
y quería besarte
para siempre
no te quiero explicar nada
pero quiero enterrar
mis labios
en los tuyos
quiero decirte
que
te quiero
cuánto querer en la basura

Una noche en Chacabuco

Hacerse consciente. Efímera la realidad.
Se disuelve entre los dedos. La quiero sujetar y se escapa.
Te quiero sujetar y te disolvés. Vos. También.
No hay realidad. Ahora quizá sí.
Te veo a través de un espejo.
Estiro mis dedos. Los mismos que te sintieron desintegrar.
Quiero vomitar. Esta sensación me desconcierta. Siento una desconexión. Es mi alma siendo vomitada por mi cuerpo. Mis besos necrosándose en silencio. Perdieron la perfusión, el relleno.
Te siento, me siento. Desarmarse en un abrazo era tan fácil.
Sucumbo ante tu mirada. Está ahí presente.
Uno, dos, tres. Días seguidos. Brillas ante el contexto.
Veo tu cara y la distingo así cien caras iluminasen al lado. Veo tu cara y sonrío. Cómo no sonreírme si te amo. Cómo no amarte.
Amarte es tan fácil y sublime que brota. Surge.
Me distiende. Te siento. Nos siento.
Mi memoria me traiciona. Cierro los ojos.
Realmente te amo.
Quiero escribir que no, y no puedo.
Cuán difícil decirlo aquella vez bajo la luz de la luna azul, una noche en Chacabuco.
Cuán difícil decirlo si tu cuerpo me negaba. Y el ego tan aprehendido. Tan dentro de la estructura. No solloza, solo se retuerce.
Amo esa cara y tu risa desarmada. Amo la suavidad de tu piel y amo amarte más de lo que te puedas imaginar.
Aunque por momentos quisiera que, de una vez, respondieras. Tanto como yo. Pero sin dolor, ni arrepentimientos o resentimientos. Tanto como yo, que te amo como si no hubiera mañana.
Y mientras me abrazo a un recuerdo y lo absorbo en un intento por consumirlo. El último recuerdo de tu ser en mi sien. Desterrarte suena terrible. Pero lo hago porque amo amarme, pero perderte me hace morir. Perderte me hace entender que el corazón pide basta, de una vez y para siempre.

sin título - 10 de abril

quiero decirte que
me ves así
ahora y hoy
pero
no te preocupes
vos me querés bien
y creeme que
voy a estar bien
y podré abrazarte
sin llover
sólo necesito
un poco de tiempo

¿Todo bien?

Necesito que me dejen de preguntar si todo va bien. "¿Todo bien?" "¿Cómo estás?" "Comment ça va?" ¿Hay acaso algún momento, algún preciso momento de la entera vida, en el que todo vaya bien? ¿En el que absolutamente todos los aspectos de la vida se dispongan de forma tal que sean fuente pura de bienestar y placer y no nos generen ningún tipo de malestar? Me encuentro parada en la línea de tiempo mirando hacia el costado porque el pasado me lastima y el futuro no me lo puedo imaginar. Estoy parada en la cuerda floja sin entender muy bien si tengo ganas de seguir haciendo equilibrio o simplemente dejar que todo se vaya al reverendo demonio y el fracaso se haga parte de mí. Aunque, ¿realmente fracasaría? Si tengo una verdadera intención de arrojar las cosas por la borda, soltar el timón y dejarme llevar, ¿sería una derrota? Siento a la vida ponerme a prueba minuto a minuto, como si fuera un reality show. La finalista del concurso a punto de arrojarse a una pileta llena de escorpiones. Si lo hace, se gana un viaje a Australia con un acompañante, todo pago, un mes. ¿Qué sufrimientos valen tales recompensas? Hasta dónde arrastrar el alma, y detrás de qué. A quién darle las facultades, tener en sus manos un control, un poder sobre nosotros, nuestro ánimo, nuestra estabilidad. Necesito que dejen de preguntar si está todo bien, porque no todo está bien. La vida no es perfecta, nunca lo fue, ni será. Irradiar luz, ¿para qué? Existe la luminaria que provee el municipio. Ilumínense con eso. Yo quiero apagarme y que me dejen en libertad para hacerlo el tiempo que sienta necesario. Quiero rodear mis rodillas con mis manos y encontrar mi cara sobre mis muslos, mojándolos de llanto. Mientras mis brazos se aflojan y mis ojos se hinchan, enrojeciéndose, empezando a picar. Mis párpados se conviertennen bolsas de tejido adiposo y mi capacidad de enfoque se pierde tras la lámina serosa que se interpone entre mis córneas y el exterior. Me quiero dormir así, abrazada a mí, sin precisar otro abrazo más que el de mí misma. Como siempre lo hice, como siempre logré sostenerme, abrazarme, consolar mi llanto, dejarme vencer por el dolor y la tristeza, dejarme caer cuando mis piernas se dan por vencidas y ya no pueden mantenerme de pie. Dejarme arrojada contra el piso haciéndoles de alfombra a todos aquellos que me vean allí tirada y quieran caminar por encima mío. Derritiéndome en recuerdos, aborreciéndome por ser como soy, repitiéndome una y otra vez que mi sufrimiento estaba siendo generado por mí misma, y por nadie más que por mí misma. La congoja hecha persona, intratable, sin lugar a un consejo o insistencia de que me levante, me permita continuar, me proponga comprender. No comprendo, y no de nuevo, no puedo lograr comprender la falta de suerte, o la cantidad de pruebas y obstáculos que tengo que sortear en la vida hasta llegar a... ¿a qué? ¿Acaso sé qué es lo correcto, cómo debería ser, qué hay que alcanzar? Meta humana, incomprobable. Imposición cultural, educacional, no lo sé, no sé qué. Hay algo por delante que nos da miedo. Y el miedo, que tanto aborrecemos pero tan rápido nos posee, nos hace frenar en seco y cambiar de dirección. Pararnos en la línea de tiempo sin poder seguir hacia delante, hacernos a un lado y saltar. Romperla. Quebrarla por la mitad. Buscar la comodidad del hogar, nuestro cuarto a oscuras con una luz amarilla titilante de fondo, una de esas canciones que nos hacen llorar, una foto de ese rostro recordado, pequeño y hermoso, que solía besar en la frente, en las mejillas, en la boca, en la barbilla. El recuerdo de su voz y el sabor de sus labios. El brillo de sus ojos y la profundidad de sus abrazos. Todo eso convertido en recuerdo puro. Todo aquello que parecía quedarse conmigo, que en mi impunidad y egoísmo humano quería para mí y para siempre, pero ya no tengo ni siquiera de a ratos. Cuánto amor en mis manos, y dentro. Cuánto amor en mi cabeza derramándose sobre el río caudaloso, que se lo lleva lejos hacia algún lugar que desconozco dónde queda o cómo llegar. Cuánto, tanto por dar. Cuánto por decir. Tanto por amar.

te abrazo con fuerzas

lenta fría y salada
cae la lágrima por la cara
dejando la estela sobre la mejilla
que duele tanto como suelen doler
estas cosas

pero mi amor no cambia
así es como amo yo
así es como me sale amar
y no tengo forma de hacerlo
de otro modo

si te amara sin tanta pasión
si no te llorara por no tenerte
si en cada recuerdo no te sintiera
como si estuvieras
exacta y perfectamente
al lado mío
no sería yo
ni sería amor

es un susurro al espacio
que sueño que te llegue
y logres escucharme
hablándote en la noche

te abrazo con fuerzas

sos el cielo que soñaba
el lugar donde quise estar
siempre que me planteé
la existencia de un hogar
donde apoyar mi cabeza
y descansar

sin título - 7 de abril

siento el misterio de tus labios estallar contra el lado izquierdo de mi inconsciente, ese que no solo te espera sino que también te recuerda con una sonrisa incesante pintada en ese agujero situado por arriba de mi barbilla que tanto me gustaba que llenaras con tus besos
boca vacía y fría que hoy, cerrada, no muestra los dientes y cuela lágrimas por la comisura saboreando con mi lengua la sal que las caracteriza extrañando el gusto de tu saliva y la calidez de tu respiración
no puedo decirte cuánto te quiero y cómo me movilizaste el alma
sólo puedo extrañarte de a ratos
extrañar lo que éramos y ya no
el beso aquella mañana donde por primera vez amanecí al lado tuyo y todo brillaba naranja por la luz que entraba a través de los ventanales e incidía en el sillón que me vio abrazarte besarte amarte y vivirte
no puedo decirte cuánto
aunque aún si pudiera sería en vano
porque esa información ya la sabés
hay que ver qué hacés con ella

2 . e s p e r o

espero
¿qué espero?
algo que es

espero
algo que es, pero no es
es para mí, pero no es...

si estoy esperando
quizá la realidad es
quizá la realidad es que
eso era, pero ya no

era, sucedía
durabilidad
se prolongaba en el tiempo
se deformaba maleable
se engrandecía

el paso de los días
el miedo a la muerte
la finitud del existir

el tiempo que no se detiene
era y sucedía

ahora fue

que el mundo fue y será una porquería
ya lo sé
que esto fue, también lo sé
            [pero no una porquería]

quizá consolarse con afirmar
ese estúpido refrán
de que lo bueno dura poco

no dejo de pensar
en si habrá una conjugación en futuro
para esto que espero
también
como el mundo

y además de haber sido, será

1 . e s p e r o

espero
en el crujiente otoño que se hace notar bajo las suelas
o bajo los rayos del sol veraniego sediento de disfrute y buenas amistades
o en compañía del aroma de las flores que anuncian la primavera inundando el aire con su olor
o atravesando el viento frío una mañana de pleno invierno bajo un triste cielo gris que avecina una tormenta que después nunca llega
y sale el sol aunque sea invierno
y llueve a pesar de ser verano
y es septiembre y alguna hoja caduca cruje inesperadamente mientras los capullos brotan
y la flor desubicada que florece en pleno abril se justifica después de una seguidilla extraña de tres o cuatro días de calor...
...se va a secar, no va a durar

no sé si podría decir lo mismo de mi vano amor
mientras
espero

silencio/2

quiero saber qué
   sin preguntar cómo
   ayudada por la misericordia
   de la existencia humana
aguardo en silencio
   el que está sin querer
   el que es parte ya
   y no elección
ser humana hoy
   asusta tanto
   en todo sentido:
   tengo miedo
atemorizarse
   no es querer
   más bien es
   todo lo contrario
y tomé fuerzas
   lo dije y grité
   lo esparcí por el aire
   me esparcí
me fui doliendo
   con un agujero
   en el pecho
   desollándome
quiero saber cuándo
   sin la maldita espera
   es el mejor tiempo perdido
   dice la Bersuit
quiero saber tanto
   pero tanta incerteza
   me está educando
   en no esperar nada

por ahora elijo dormir

silencio/1

Un silencio atravesado en la garganta. Tengo.
Respiro espaciadamente, como si quisiera tener control de uno de mis tantos signos vitales.
Intento decirle al corazón que no se acelere tanto.
Pienso.
Un susurro me interrumpe. Lo siento fuera pero está adentro. En mi cabeza. Atravesado.
Un silencio atravesado en la garganta, un susurro atravesado en mi cabeza.
Oigo un zumbido mientras se nubla la vista. Es la presión. Creo que está descendiendo.
Te veo de golpe en el parque. No estoy más en mi cuarto, estamos en el parque.
Cae el Sol. Hace calor. El día ideal.
No te suelto, ni me soltás. Y si nos soltamos sin querer, nos volvemos a encontrar.
Alguna parte de nuestros cuerpos debe estar entrelazada.
Observamos los pájaros sobrevolar el cielo. Tienen forma de aves. De repente, transmutan a puntos negros, más lejanos.
Estamos en silencio. Creo que te amo.
Una cotorra rompe una rama. La rama pesa más que ella, se nota, le cuesta mucho trabajo romperla, más aún llevarla. Pero lo logra, junta la fuerza, se va a su nido.
-Esa rama estaba verde.
-Quizá en el nido se seque lo suficientemente rápido para servirle de nido.
-¿Necesitarán ramas secas?
Nadie responde. No sabemos la respuesta. Quizá la imaginamos. No la decimos en voz alta. Seguimos en silencio. Confirmo mi creer. Esa pregunta sí que tiene respuesta.
Abrir los ojos en la habitación es atravesar un frío glacial. No quiero mirarme las manos. Ni mirar alrededor. No quiero percibir el entorno en el cual me reintroduje.
Cerrar los ojos es más difícil que nunca, porque no veo,
y si no veo no puedo seguir caminando,
ni mirando, ni viviendo,
ni oliendo, ni observando
ni latiendo, ni.

Pero a vos no te veo ni abriendo los ojos.
Y tengo ese silencio atravesado en la garganta.
No el silencio por elección... sino el silencio por sumisión.
Silencio que tengo.
Mil motivos para vivir. Maravillosos, que alegran e iluminan la existencia.
Será cuestión de tiempo tener el alma hecha una congoja.
Será que el tiempo se vuelva de papel y una lluvia de otoño inesperada lo encuentre desprotegido en el medio de la calle.
Me detengo en la senda peatonal y observo la perspectiva. El punto de fuga del asfalto, allí a lo lejos, abriendo sus ángulos hasta llegar a mí.
Y mi punto de fuga posterior al esternón. Me arde el epigastrio.
Trago saliva y vuelvo a jugar a controlar mis ventilaciones.
Formas de conscientizar la existencia.

soñé

Si me hubiesen pronosticado, haciendo uso de la futurología, que ese ser particular que agitaba su mano desde el centro del recinto estaría, semanas después, siendo protagonista de un gran porcentaje de los pensamientos que surgen durante el día en mi cabeza, no lo hubiera creído. Es el mismo ser que influye en mis intenciones de compartir un tiempo, por escaso que sea -tiempo de calidad y no de cantidad, como dice la gente sabia-. Si me lo hubiesen antedicho, así como una especie de premonición, realmente, hubiera pensado que eran mentiras. Y no porque subestimara a ese individuo tan peculiar que hablaba bajito, miraba a la nada de a ratos, con su perfil bajo y esa semisonrisa sutil dibujada en su cara. No lo subestimé nunca; todo lo contrario. Y recalco esto porque todos esos elementos, al contrario de lo que se podía llegar a creer, me llamaban la atención. Todos, y cada uno. Principalmente después de aquel día que compartimos mesa durante una calurosa tarde de estudio. Su mano rozó la mía, levemente. Tan levemente que sentí mi mismísima pesadez anímica convirtiéndose en levedad, despedazando la carne, agujereando la carne, desconcentrando la carne. Como si alguna bacteria hubiese fermentado en mi interior, disminuyendo mi densidad; enfisematosos mis tejidos, haciéndome emprender un vuelo repentino. El ser, en ese instante, inmerso en estructuras bibliográficas tras la búsqueda de conocimiento y raciocinio, perdió la estabilidad ante un simple, tonto y mundano contacto de piel. Ja! "Simple, tonto, mundano" decía... Pero, si no era una piel cualquiera! Era una suave, cálida, amable, que recubría la mano de un hombre. Su sombra incipiente de vello facial rechazaba aún hombre como sustantivo, y elegía muchacho. Muchacho cuya mirada, profunda como los fondos marítimos en el punto equidistante entre las costas africanas y las americanas del sur, rechazaba la palabra muchacho, quizá por su connotación pueril y adolescente, y se identificaba como hombre, humano. Mirada que se sumergía en la mía en una especie de sinergismo simbólico donde se reafirmaba toda la naturaleza de la humanidad y la historia de la vida, la naturaleza del ser, que tanta sed tenía, brotando del centro del torso, deformando el tórax y fracturando las costillas, haciendo arder el esternón. Los pulmones se llenaron de un fluido, gaseoso, con un aroma suave proveniente de esa piel color trigueña que acababa de hacer notar la solución de continuidad entre un cuerpo y el otro.

Cierta incomodidad nos suele invadir cada vez que surge, planeada o espontáneamente, la ocasión de contacto físico con un otro. Así es que nos alteramos. Aumenta la frecuencia cardíaca, la respiratoria, el estado de alerta. El sistema nervioso autónomo, por un lado, libera noradrenalina, y por el otro, estimula la glándula suprarrenal para que genere adrenalina. Esta última influye sobre los pulmones, estimulando una broncodilatación. Ambas mejoran el rendimiento cardíaco. Disminuimos la eliminación renal de agua y sodio, concentramos sustancias en nuestra sangre, aumentamos el flujo sanguíneo a nuestros miembros, dejamos de lado a la digestión dando lugar a vasoconstricción visceral... extraños espasmos los de las mariposas, ¿no? Esa respuesta al estrés, tan antigua en la escala filogenética, parte del ajuste en cualquier individuo de la naturaleza que posea el sistema necesario y un correcto funcionamiento del mismo, nos prepara para un cambio. Modifica parámetros hemodinámicos, hidroelectrolíticos... Alostasis, ajuste hacia una nueva "homeostasis" le llamamos en la jerga medicinal ("homeo" por "homos", que en griego significa semejante, y "stasis", que en griego significa estabilidad). Todos estos cambios no pasan desapercibidos. Nos preparan, alarmándonos, afilando los sentidos. Y ahí estamos, luego de descubrir que los límites de nuestra propiocepción se vieron alterados por la llegada de la piel de un otro. Otro cuerpo, otra piel, fuera de la coraza que nos recubre. Otra coraza también, de un aquel que porta una mente que se alertó ante el estímulo de su sentido del tacto, un corazón que aumentó su frecuencia, unas vísceras que acaban de estremecerse, miembros que se preparan para la lucha o la huida, sistema límbico procesando información, asociándose con la corteza visual para hacer relación entre una sensación y una cara, con la corteza entorrinal grabando el aroma con esa particularidad de inolvidable en el tiempo que tanto caracteriza a la memoria olfativa. Ahí están los sistemas, quizá con menos humanidad que cualquier otra actividad diaria, pues el instinto hizo descubrir que los límites del organismo pueden ser atentados. Alguien más, allí por fuera de la epidermis, capa que desde hace tiempo, desde cuando fue ectodermo, supo recubrir nuestros sistemas de forma íntegra. Capa que tanto miedo supo generar cuando se lesionaba y ponía en juego todo lo que se albergaba dentro, pues sentíase desprotegido. Y de pronto un extraño, cuya piel limita también toda esa sarta de elementos orgánicos y componentes viscerales, pone en contacto su piel con la de uno, estimulando y activando todo ese sistema revolucionario que viene a anunciar esa solución de continuidad, esa amenaza de la integridad, ese sistema en juego y riesgo. Todo lo que aquello implica se resuelve simplemente con un sutil separamiento, producto de la incomodidad, ya mencionada previamente. Pero es casual que a veces, pocas veces, contadas veces, la sensación de incomodidad fluye de una forma tan peculiar por la superficie cutánea, hasta paralela a ésta en algunas ocasiones. Es así que, sintiendo esta peculiaridad, entramos en un juego poco conocido y poco entendido, ligado con la atracción física, sexual, y algunos piensan -incluyéndome- espiritual, que nos hacen pensar en que esta piel, fuera del cuerpo y alma de uno -parte de la identidad del otro, del organismo del otro, de la existencia del otro-, esta piel llegó para marcar la diferencia y hacer notar que el cielo turquesa es un suave susurro primaveral, que el sol es una tierna fogata de noche de invierno, que el aroma de las flores estimula un estado risueño del ser indomable que acaba de sentir el estímulo más grande y hermoso del mundo humano, capaz de actuar sobre el sentir, y este sobre el accionar, y este sobre el otro. Y el otro, responde... Qué poca costumbre tengo. Qué poca respuesta tengo. Por suerte el otro se ríe, aunque yo no entiendo de qué. Su risa es hermosa, me hace reír a mí también. El sol incide sobre su cara y brilla redonda, dorada. Hasta recién no estábamos acá. Recién, vestido de ambo azul, me saludaba desde el medio del recinto aquel, cuyo piso de madera y sillas de tubo negro nos alberga la mayor parte de las tardes. Recién me sentaba en la misma mesa que la que él ocupaba, y reclinaba mis brazos de forma cruzada sobre la tabla negra para hacerme de almohada de hueso, piel y grasa, y se visualizaba la tinta china que asomaba de la parte alta del centro de mi espalda, que tanto le llamó la atención. Recién me sentaba a su lado en una lona, una tarde de primavera, besándonos por vez primera, bajo el sol intenso que nos sabe iluminar tan correctamente, tan perfectamente. Recién encontraba la calidez de su cuerpo en aquel futón de color anaranjado, bajo los efectos de la sustancias que bien dejábamos que nos dominen, dejando restos de tejido del otro bajo nuestro lecho ungueal. Recién escuché el primer "te quiero", recién me dormí y desperté a su lado y lo contemplé durante horas. Recién sentí que lo extrañaba al no verlo, que quería sentir su piel rozándome de nuevo como aquella vez, donde nos halló la vida en un lugar común. Recién escuché de tu boca las palabras que temía. Recién soñé que te tenía, como solía tenerte, con el pasto verde debajo de nosotros, en aquella plaza que me hiciste conocer, que tanto llegué a querer, que tanto representa a tu persona en mi mente. Soñé que te tenía. Soñé.
Pero fue solo un sueño. La cama está vacía. Las palabras fueron, sucedieron. No fue una pesadilla. Ya no.

Pero rompo mi coraza y te digo que te quiero. Y eso sí que no se extingue.