Te miro
indomable extrañar
Eso era real. Realidad pura. Un sentir infinito. Es, lo sigue siendo. Pero cada vez estamos más lejos y no logro entenderlo. Cómo, de un día para el otro. Basta de compartir, basta de codo a codo, dormir acurrucados o apoyar tu cabeza en mis muslos una tarde de sol. Basta de mirarte a los ojos y dejarte ver cuánto te quiero, cuánto amor tengo para dar, cuántas sonrisas sabés engendrar.
Al menos es un sentimiento tan noble, que me da esperanza. Porque amar es sencillo cuando ya se sabe que se ama, y más aún, cuando se sabe qué se ama.
sin título - 20 de abril
te quiero
y que
te extraño
te acordas esa vez que
te abracé en mi auto
tan fuerte
no me quería ir
no te querías ir
y quería besarte
para siempre
pero quiero enterrar
mis labios
en los tuyos
que
te quiero
Una noche en Chacabuco
Se disuelve entre los dedos. La quiero sujetar y se escapa.
Te quiero sujetar y te disolvés. Vos. También.
No hay realidad. Ahora quizá sí.
Te veo a través de un espejo.
Estiro mis dedos. Los mismos que te sintieron desintegrar.
Quiero vomitar. Esta sensación me desconcierta. Siento una desconexión. Es mi alma siendo vomitada por mi cuerpo. Mis besos necrosándose en silencio. Perdieron la perfusión, el relleno.
Te siento, me siento. Desarmarse en un abrazo era tan fácil.
Sucumbo ante tu mirada. Está ahí presente.
Uno, dos, tres. Días seguidos. Brillas ante el contexto.
Veo tu cara y la distingo así cien caras iluminasen al lado. Veo tu cara y sonrío. Cómo no sonreírme si te amo. Cómo no amarte.
Amarte es tan fácil y sublime que brota. Surge.
Me distiende. Te siento. Nos siento.
Mi memoria me traiciona. Cierro los ojos.
Realmente te amo.
Quiero escribir que no, y no puedo.
Cuán difícil decirlo aquella vez bajo la luz de la luna azul, una noche en Chacabuco.
Cuán difícil decirlo si tu cuerpo me negaba. Y el ego tan aprehendido. Tan dentro de la estructura. No solloza, solo se retuerce.
Amo esa cara y tu risa desarmada. Amo la suavidad de tu piel y amo amarte más de lo que te puedas imaginar.
Aunque por momentos quisiera que, de una vez, respondieras. Tanto como yo. Pero sin dolor, ni arrepentimientos o resentimientos. Tanto como yo, que te amo como si no hubiera mañana.
Y mientras me abrazo a un recuerdo y lo absorbo en un intento por consumirlo. El último recuerdo de tu ser en mi sien. Desterrarte suena terrible. Pero lo hago porque amo amarme, pero perderte me hace morir. Perderte me hace entender que el corazón pide basta, de una vez y para siempre.
sin título - 10 de abril
me ves así
ahora y hoy
pero
no te preocupes
voy a estar bien
sin llover
un poco de tiempo
¿Todo bien?
te abrazo con fuerzas
cae la lágrima por la cara
dejando la estela sobre la mejilla
que duele tanto como suelen doler
estas cosas
pero mi amor no cambia
así es como amo yo
así es como me sale amar
y no tengo forma de hacerlo
de otro modo
si te amara sin tanta pasión
si no te llorara por no tenerte
si en cada recuerdo no te sintiera
como si estuvieras
exacta y perfectamente
al lado mío
no sería yo
ni sería amor
es un susurro al espacio
que sueño que te llegue
y logres escucharme
hablándote en la noche
te abrazo con fuerzas
sos el cielo que soñaba
el lugar donde quise estar
siempre que me planteé
la existencia de un hogar
donde apoyar mi cabeza
y descansar
sin título - 7 de abril
boca vacía y fría que hoy, cerrada, no muestra los dientes y cuela lágrimas por la comisura saboreando con mi lengua la sal que las caracteriza extrañando el gusto de tu saliva y la calidez de tu respiración
no puedo decirte cuánto te quiero y cómo me movilizaste el alma
sólo puedo extrañarte de a ratos
extrañar lo que éramos y ya no
el beso aquella mañana donde por primera vez amanecí al lado tuyo y todo brillaba naranja por la luz que entraba a través de los ventanales e incidía en el sillón que me vio abrazarte besarte amarte y vivirte
no puedo decirte cuánto
aunque aún si pudiera sería en vano
porque esa información ya la sabés
2 . e s p e r o
espero
¿qué espero?
algo que es
espero
algo que es, pero no es
es para mí, pero no es...
si estoy esperando
quizá la realidad es
quizá la realidad es que
eso era, pero ya no
era, sucedía
durabilidad
se prolongaba en el tiempo
se deformaba maleable
se engrandecía
el paso de los días
el miedo a la muerte
la finitud del existir
el tiempo que no se detiene
era y sucedía
ahora fue
que el mundo fue y será una porquería
ya lo sé
que esto fue, también lo sé
[pero no una porquería]
quizá consolarse con afirmar
ese estúpido refrán
de que lo bueno dura poco
no dejo de pensar
en si habrá una conjugación en futuro
para esto que espero
también
como el mundo
y además de haber sido, será
1 . e s p e r o
espero
en el crujiente otoño que se hace notar bajo las suelas
o bajo los rayos del sol veraniego sediento de disfrute y buenas amistades
o en compañía del aroma de las flores que anuncian la primavera inundando el aire con su olor
o atravesando el viento frío una mañana de pleno invierno bajo un triste cielo gris que avecina una tormenta que después nunca llega
y sale el sol aunque sea invierno
y llueve a pesar de ser verano
y es septiembre y alguna hoja caduca cruje inesperadamente mientras los capullos brotan
y la flor desubicada que florece en pleno abril se justifica después de una seguidilla extraña de tres o cuatro días de calor...
...se va a secar, no va a durar
no sé si podría decir lo mismo de mi vano amor
mientras
espero
silencio/2
sin preguntar cómo
ayudada por la misericordia
de la existencia humana
aguardo en silencio
el que está sin querer
el que es parte ya
y no elección
ser humana hoy
asusta tanto
en todo sentido:
tengo miedo
atemorizarse
no es querer
más bien es
todo lo contrario
y tomé fuerzas
lo dije y grité
lo esparcí por el aire
me esparcí
me fui doliendo
con un agujero
en el pecho
desollándome
quiero saber cuándo
sin la maldita espera
es el mejor tiempo perdido
dice la Bersuit
quiero saber tanto
pero tanta incerteza
me está educando
en no esperar nada
por ahora elijo dormir
silencio/1
Respiro espaciadamente, como si quisiera tener control de uno de mis tantos signos vitales.
Intento decirle al corazón que no se acelere tanto.
Pienso.
Un susurro me interrumpe. Lo siento fuera pero está adentro. En mi cabeza. Atravesado.
Un silencio atravesado en la garganta, un susurro atravesado en mi cabeza.
Oigo un zumbido mientras se nubla la vista. Es la presión. Creo que está descendiendo.
Te veo de golpe en el parque. No estoy más en mi cuarto, estamos en el parque.
Cae el Sol. Hace calor. El día ideal.
No te suelto, ni me soltás. Y si nos soltamos sin querer, nos volvemos a encontrar.
Alguna parte de nuestros cuerpos debe estar entrelazada.
Observamos los pájaros sobrevolar el cielo. Tienen forma de aves. De repente, transmutan a puntos negros, más lejanos.
Estamos en silencio. Creo que te amo.
Una cotorra rompe una rama. La rama pesa más que ella, se nota, le cuesta mucho trabajo romperla, más aún llevarla. Pero lo logra, junta la fuerza, se va a su nido.
-Esa rama estaba verde.
-Quizá en el nido se seque lo suficientemente rápido para servirle de nido.
-¿Necesitarán ramas secas?
Nadie responde. No sabemos la respuesta. Quizá la imaginamos. No la decimos en voz alta. Seguimos en silencio. Confirmo mi creer. Esa pregunta sí que tiene respuesta.
Abrir los ojos en la habitación es atravesar un frío glacial. No quiero mirarme las manos. Ni mirar alrededor. No quiero percibir el entorno en el cual me reintroduje.
Cerrar los ojos es más difícil que nunca, porque no veo,
y si no veo no puedo seguir caminando,
ni mirando, ni viviendo,
ni oliendo, ni observando
ni latiendo, ni.
Pero a vos no te veo ni abriendo los ojos.
Y tengo ese silencio atravesado en la garganta.
No el silencio por elección... sino el silencio por sumisión.
Silencio que tengo.
Mil motivos para vivir. Maravillosos, que alegran e iluminan la existencia.
Será cuestión de tiempo tener el alma hecha una congoja.
Será que el tiempo se vuelva de papel y una lluvia de otoño inesperada lo encuentre desprotegido en el medio de la calle.
Me detengo en la senda peatonal y observo la perspectiva. El punto de fuga del asfalto, allí a lo lejos, abriendo sus ángulos hasta llegar a mí.
Y mi punto de fuga posterior al esternón. Me arde el epigastrio.
Trago saliva y vuelvo a jugar a controlar mis ventilaciones.
Formas de conscientizar la existencia.
soñé
Si me hubiesen pronosticado, haciendo uso de la futurología, que ese ser particular que agitaba su mano desde el centro del recinto estaría, semanas después, siendo protagonista de un gran porcentaje de los pensamientos que surgen durante el día en mi cabeza, no lo hubiera creído. Es el mismo ser que influye en mis intenciones de compartir un tiempo, por escaso que sea -tiempo de calidad y no de cantidad, como dice la gente sabia-. Si me lo hubiesen antedicho, así como una especie de premonición, realmente, hubiera pensado que eran mentiras. Y no porque subestimara a ese individuo tan peculiar que hablaba bajito, miraba a la nada de a ratos, con su perfil bajo y esa semisonrisa sutil dibujada en su cara. No lo subestimé nunca; todo lo contrario. Y recalco esto porque todos esos elementos, al contrario de lo que se podía llegar a creer, me llamaban la atención. Todos, y cada uno. Principalmente después de aquel día que compartimos mesa durante una calurosa tarde de estudio. Su mano rozó la mía, levemente. Tan levemente que sentí mi mismísima pesadez anímica convirtiéndose en levedad, despedazando la carne, agujereando la carne, desconcentrando la carne. Como si alguna bacteria hubiese fermentado en mi interior, disminuyendo mi densidad; enfisematosos mis tejidos, haciéndome emprender un vuelo repentino. El ser, en ese instante, inmerso en estructuras bibliográficas tras la búsqueda de conocimiento y raciocinio, perdió la estabilidad ante un simple, tonto y mundano contacto de piel. Ja! "Simple, tonto, mundano" decía... Pero, si no era una piel cualquiera! Era una suave, cálida, amable, que recubría la mano de un hombre. Su sombra incipiente de vello facial rechazaba aún hombre como sustantivo, y elegía muchacho. Muchacho cuya mirada, profunda como los fondos marítimos en el punto equidistante entre las costas africanas y las americanas del sur, rechazaba la palabra muchacho, quizá por su connotación pueril y adolescente, y se identificaba como hombre, humano. Mirada que se sumergía en la mía en una especie de sinergismo simbólico donde se reafirmaba toda la naturaleza de la humanidad y la historia de la vida, la naturaleza del ser, que tanta sed tenía, brotando del centro del torso, deformando el tórax y fracturando las costillas, haciendo arder el esternón. Los pulmones se llenaron de un fluido, gaseoso, con un aroma suave proveniente de esa piel color trigueña que acababa de hacer notar la solución de continuidad entre un cuerpo y el otro.
Cierta incomodidad nos suele invadir cada vez que surge, planeada o espontáneamente, la ocasión de contacto físico con un otro. Así es que nos alteramos. Aumenta la frecuencia cardíaca, la respiratoria, el estado de alerta. El sistema nervioso autónomo, por un lado, libera noradrenalina, y por el otro, estimula la glándula suprarrenal para que genere adrenalina. Esta última influye sobre los pulmones, estimulando una broncodilatación. Ambas mejoran el rendimiento cardíaco. Disminuimos la eliminación renal de agua y sodio, concentramos sustancias en nuestra sangre, aumentamos el flujo sanguíneo a nuestros miembros, dejamos de lado a la digestión dando lugar a vasoconstricción visceral... extraños espasmos los de las mariposas, ¿no? Esa respuesta al estrés, tan antigua en la escala filogenética, parte del ajuste en cualquier individuo de la naturaleza que posea el sistema necesario y un correcto funcionamiento del mismo, nos prepara para un cambio. Modifica parámetros hemodinámicos, hidroelectrolíticos... Alostasis, ajuste hacia una nueva "homeostasis" le llamamos en la jerga medicinal ("homeo" por "homos", que en griego significa semejante, y "stasis", que en griego significa estabilidad). Todos estos cambios no pasan desapercibidos. Nos preparan, alarmándonos, afilando los sentidos. Y ahí estamos, luego de descubrir que los límites de nuestra propiocepción se vieron alterados por la llegada de la piel de un otro. Otro cuerpo, otra piel, fuera de la coraza que nos recubre. Otra coraza también, de un aquel que porta una mente que se alertó ante el estímulo de su sentido del tacto, un corazón que aumentó su frecuencia, unas vísceras que acaban de estremecerse, miembros que se preparan para la lucha o la huida, sistema límbico procesando información, asociándose con la corteza visual para hacer relación entre una sensación y una cara, con la corteza entorrinal grabando el aroma con esa particularidad de inolvidable en el tiempo que tanto caracteriza a la memoria olfativa. Ahí están los sistemas, quizá con menos humanidad que cualquier otra actividad diaria, pues el instinto hizo descubrir que los límites del organismo pueden ser atentados. Alguien más, allí por fuera de la epidermis, capa que desde hace tiempo, desde cuando fue ectodermo, supo recubrir nuestros sistemas de forma íntegra. Capa que tanto miedo supo generar cuando se lesionaba y ponía en juego todo lo que se albergaba dentro, pues sentíase desprotegido. Y de pronto un extraño, cuya piel limita también toda esa sarta de elementos orgánicos y componentes viscerales, pone en contacto su piel con la de uno, estimulando y activando todo ese sistema revolucionario que viene a anunciar esa solución de continuidad, esa amenaza de la integridad, ese sistema en juego y riesgo. Todo lo que aquello implica se resuelve simplemente con un sutil separamiento, producto de la incomodidad, ya mencionada previamente. Pero es casual que a veces, pocas veces, contadas veces, la sensación de incomodidad fluye de una forma tan peculiar por la superficie cutánea, hasta paralela a ésta en algunas ocasiones. Es así que, sintiendo esta peculiaridad, entramos en un juego poco conocido y poco entendido, ligado con la atracción física, sexual, y algunos piensan -incluyéndome- espiritual, que nos hacen pensar en que esta piel, fuera del cuerpo y alma de uno -parte de la identidad del otro, del organismo del otro, de la existencia del otro-, esta piel llegó para marcar la diferencia y hacer notar que el cielo turquesa es un suave susurro primaveral, que el sol es una tierna fogata de noche de invierno, que el aroma de las flores estimula un estado risueño del ser indomable que acaba de sentir el estímulo más grande y hermoso del mundo humano, capaz de actuar sobre el sentir, y este sobre el accionar, y este sobre el otro. Y el otro, responde... Qué poca costumbre tengo. Qué poca respuesta tengo. Por suerte el otro se ríe, aunque yo no entiendo de qué. Su risa es hermosa, me hace reír a mí también. El sol incide sobre su cara y brilla redonda, dorada. Hasta recién no estábamos acá. Recién, vestido de ambo azul, me saludaba desde el medio del recinto aquel, cuyo piso de madera y sillas de tubo negro nos alberga la mayor parte de las tardes. Recién me sentaba en la misma mesa que la que él ocupaba, y reclinaba mis brazos de forma cruzada sobre la tabla negra para hacerme de almohada de hueso, piel y grasa, y se visualizaba la tinta china que asomaba de la parte alta del centro de mi espalda, que tanto le llamó la atención. Recién me sentaba a su lado en una lona, una tarde de primavera, besándonos por vez primera, bajo el sol intenso que nos sabe iluminar tan correctamente, tan perfectamente. Recién encontraba la calidez de su cuerpo en aquel futón de color anaranjado, bajo los efectos de la sustancias que bien dejábamos que nos dominen, dejando restos de tejido del otro bajo nuestro lecho ungueal. Recién escuché el primer "te quiero", recién me dormí y desperté a su lado y lo contemplé durante horas. Recién sentí que lo extrañaba al no verlo, que quería sentir su piel rozándome de nuevo como aquella vez, donde nos halló la vida en un lugar común. Recién escuché de tu boca las palabras que temía. Recién soñé que te tenía, como solía tenerte, con el pasto verde debajo de nosotros, en aquella plaza que me hiciste conocer, que tanto llegué a querer, que tanto representa a tu persona en mi mente. Soñé que te tenía. Soñé.
Pero fue solo un sueño. La cama está vacía. Las palabras fueron, sucedieron. No fue una pesadilla. Ya no.
Pero rompo mi coraza y te digo que te quiero. Y eso sí que no se extingue.