Si me hubiesen pronosticado, haciendo uso de la futurología, que ese ser particular que agitaba su mano desde el centro del recinto estaría, semanas después, siendo protagonista de un gran porcentaje de los pensamientos que surgen durante el día en mi cabeza, no lo hubiera creído. Es el mismo ser que influye en mis intenciones de compartir un tiempo, por escaso que sea -tiempo de calidad y no de cantidad, como dice la gente sabia-. Si me lo hubiesen antedicho, así como una especie de premonición, realmente, hubiera pensado que eran mentiras. Y no porque subestimara a ese individuo tan peculiar que hablaba bajito, miraba a la nada de a ratos, con su perfil bajo y esa semisonrisa sutil dibujada en su cara. No lo subestimé nunca; todo lo contrario. Y recalco esto porque todos esos elementos, al contrario de lo que se podía llegar a creer, me llamaban la atención. Todos, y cada uno. Principalmente después de aquel día que compartimos mesa durante una calurosa tarde de estudio. Su mano rozó la mía, levemente. Tan levemente que sentí mi mismísima pesadez anímica convirtiéndose en levedad, despedazando la carne, agujereando la carne, desconcentrando la carne. Como si alguna bacteria hubiese fermentado en mi interior, disminuyendo mi densidad; enfisematosos mis tejidos, haciéndome emprender un vuelo repentino. El ser, en ese instante, inmerso en estructuras bibliográficas tras la búsqueda de conocimiento y raciocinio, perdió la estabilidad ante un simple, tonto y mundano contacto de piel. Ja! "Simple, tonto, mundano" decía... Pero, si no era una piel cualquiera! Era una suave, cálida, amable, que recubría la mano de un hombre. Su sombra incipiente de vello facial rechazaba aún hombre como sustantivo, y elegía muchacho. Muchacho cuya mirada, profunda como los fondos marítimos en el punto equidistante entre las costas africanas y las americanas del sur, rechazaba la palabra muchacho, quizá por su connotación pueril y adolescente, y se identificaba como hombre, humano. Mirada que se sumergía en la mía en una especie de sinergismo simbólico donde se reafirmaba toda la naturaleza de la humanidad y la historia de la vida, la naturaleza del ser, que tanta sed tenía, brotando del centro del torso, deformando el tórax y fracturando las costillas, haciendo arder el esternón. Los pulmones se llenaron de un fluido, gaseoso, con un aroma suave proveniente de esa piel color trigueña que acababa de hacer notar la solución de continuidad entre un cuerpo y el otro.
Cierta incomodidad nos suele invadir cada vez que surge, planeada o espontáneamente, la ocasión de contacto físico con un otro. Así es que nos alteramos. Aumenta la frecuencia cardíaca, la respiratoria, el estado de alerta. El sistema nervioso autónomo, por un lado, libera noradrenalina, y por el otro, estimula la glándula suprarrenal para que genere adrenalina. Esta última influye sobre los pulmones, estimulando una broncodilatación. Ambas mejoran el rendimiento cardíaco. Disminuimos la eliminación renal de agua y sodio, concentramos sustancias en nuestra sangre, aumentamos el flujo sanguíneo a nuestros miembros, dejamos de lado a la digestión dando lugar a vasoconstricción visceral... extraños espasmos los de las mariposas, ¿no? Esa respuesta al estrés, tan antigua en la escala filogenética, parte del ajuste en cualquier individuo de la naturaleza que posea el sistema necesario y un correcto funcionamiento del mismo, nos prepara para un cambio. Modifica parámetros hemodinámicos, hidroelectrolíticos... Alostasis, ajuste hacia una nueva "homeostasis" le llamamos en la jerga medicinal ("homeo" por "homos", que en griego significa semejante, y "stasis", que en griego significa estabilidad). Todos estos cambios no pasan desapercibidos. Nos preparan, alarmándonos, afilando los sentidos. Y ahí estamos, luego de descubrir que los límites de nuestra propiocepción se vieron alterados por la llegada de la piel de un otro. Otro cuerpo, otra piel, fuera de la coraza que nos recubre. Otra coraza también, de un aquel que porta una mente que se alertó ante el estímulo de su sentido del tacto, un corazón que aumentó su frecuencia, unas vísceras que acaban de estremecerse, miembros que se preparan para la lucha o la huida, sistema límbico procesando información, asociándose con la corteza visual para hacer relación entre una sensación y una cara, con la corteza entorrinal grabando el aroma con esa particularidad de inolvidable en el tiempo que tanto caracteriza a la memoria olfativa. Ahí están los sistemas, quizá con menos humanidad que cualquier otra actividad diaria, pues el instinto hizo descubrir que los límites del organismo pueden ser atentados. Alguien más, allí por fuera de la epidermis, capa que desde hace tiempo, desde cuando fue ectodermo, supo recubrir nuestros sistemas de forma íntegra. Capa que tanto miedo supo generar cuando se lesionaba y ponía en juego todo lo que se albergaba dentro, pues sentíase desprotegido. Y de pronto un extraño, cuya piel limita también toda esa sarta de elementos orgánicos y componentes viscerales, pone en contacto su piel con la de uno, estimulando y activando todo ese sistema revolucionario que viene a anunciar esa solución de continuidad, esa amenaza de la integridad, ese sistema en juego y riesgo. Todo lo que aquello implica se resuelve simplemente con un sutil separamiento, producto de la incomodidad, ya mencionada previamente. Pero es casual que a veces, pocas veces, contadas veces, la sensación de incomodidad fluye de una forma tan peculiar por la superficie cutánea, hasta paralela a ésta en algunas ocasiones. Es así que, sintiendo esta peculiaridad, entramos en un juego poco conocido y poco entendido, ligado con la atracción física, sexual, y algunos piensan -incluyéndome- espiritual, que nos hacen pensar en que esta piel, fuera del cuerpo y alma de uno -parte de la identidad del otro, del organismo del otro, de la existencia del otro-, esta piel llegó para marcar la diferencia y hacer notar que el cielo turquesa es un suave susurro primaveral, que el sol es una tierna fogata de noche de invierno, que el aroma de las flores estimula un estado risueño del ser indomable que acaba de sentir el estímulo más grande y hermoso del mundo humano, capaz de actuar sobre el sentir, y este sobre el accionar, y este sobre el otro. Y el otro, responde... Qué poca costumbre tengo. Qué poca respuesta tengo. Por suerte el otro se ríe, aunque yo no entiendo de qué. Su risa es hermosa, me hace reír a mí también. El sol incide sobre su cara y brilla redonda, dorada. Hasta recién no estábamos acá. Recién, vestido de ambo azul, me saludaba desde el medio del recinto aquel, cuyo piso de madera y sillas de tubo negro nos alberga la mayor parte de las tardes. Recién me sentaba en la misma mesa que la que él ocupaba, y reclinaba mis brazos de forma cruzada sobre la tabla negra para hacerme de almohada de hueso, piel y grasa, y se visualizaba la tinta china que asomaba de la parte alta del centro de mi espalda, que tanto le llamó la atención. Recién me sentaba a su lado en una lona, una tarde de primavera, besándonos por vez primera, bajo el sol intenso que nos sabe iluminar tan correctamente, tan perfectamente. Recién encontraba la calidez de su cuerpo en aquel futón de color anaranjado, bajo los efectos de la sustancias que bien dejábamos que nos dominen, dejando restos de tejido del otro bajo nuestro lecho ungueal. Recién escuché el primer "te quiero", recién me dormí y desperté a su lado y lo contemplé durante horas. Recién sentí que lo extrañaba al no verlo, que quería sentir su piel rozándome de nuevo como aquella vez, donde nos halló la vida en un lugar común. Recién escuché de tu boca las palabras que temía. Recién soñé que te tenía, como solía tenerte, con el pasto verde debajo de nosotros, en aquella plaza que me hiciste conocer, que tanto llegué a querer, que tanto representa a tu persona en mi mente. Soñé que te tenía. Soñé.
Pero fue solo un sueño. La cama está vacía. Las palabras fueron, sucedieron. No fue una pesadilla. Ya no.
Pero rompo mi coraza y te digo que te quiero. Y eso sí que no se extingue.