La suavidad de tu piel me hace llorar. Te beso en la mejilla presionando mis labios como si pudiera grabar más a fuego ese momento en mis sentidos. Me abrazas fuerte y quiero quedarme ahí enterrada un largo rato. No sabés lo difícil que se volvió todo. No sabés los obstáculos que me pongo. Pareciera como si yo misma intentara sabotearme. Pero es que aprendí a ser amiga de mi tristeza. No sé soltarla tan fácil, no sé dejarla ir de un momento para otro. Pienso en tu nombre, en el aire, en su sonido, en mis oídos. Pienso en las cosas que solés decir, las oigo, con tu tono de voz, el color de tu risa. Una semana después de llorar vuelvo a llorar. Otra vez acá en la cama, sola conmigo, con un fantasma de tu figura haciéndome compañía. Ahí sentado contra la pared, tocando la guitarra, te miro. Quiero que este recuerdo dure más de lo que suelen durar los recuerdos promedio. Quiero retener en mi memoria este sentimiento tan puro y maravilloso que logré sentir. Mientras tanto te lloro, lloro tu ausencia, tu silencio. Y guardo algunos abrazos, los que no se echan a perder ni se vencen o se pudren. Mirá si van a vencerse. Mirá si este amor se va a agotar tan fácil.