Y te dejaste acobardar por un miedo sin confiar en la mano que te era tendida. Es el miedo lo contrario al amor. Ahí descubrí que ambos caminos estaban más alejados que nunca antes. Yo amándote con locura. Vos, vencido por tus miedos. No tuve la posibilidad de ayudarte a enfrentarlos. Ni siquiera la chance de saber si tenías intenciones de hacerlo. En una mano, el corazón. En la otra, un puñado de lágrimas. Entre medio, la razón, intentando poner orden a la cuestión (como siempre). Raciocinio salvando las situaciones de dolor, ese dolor delirante, que nos deja en la cama, asténicos, fatigados de tanto llorar, con un labio sangrante y un nudo en el vientre. Será la cobardía el medio para no llegar a esto... será que quién se da por vencido no atraviesa lo que estoy atravesando. Cómo quisiera poder darme por vencida. Cómo desearía dejar de soñar, una noche, al menos por una noche, con tu cara y tu aroma, tu pelo y tu silueta, tu voz, tu presencia. Elementos de mi inconsciente que aparecen para disolver en su paso todo lo preconstruido, destrozar la estabilidad ilusoria del ser, burlarse del olvido que no aparece ni parece aparecer. No al menos ahora, no en estos momentos donde la sangre aún brota, la herida sigue abierta: la tuya, la mía, la nuestra.