Saber que lo que ayer fue no va a volver a ser, y dormirse en la espera. Es que es eso lo que somos, espera pura, ansiedad de lo que está por venir. Vivir el presente pensando en lo que vendrá. Atravesar el ahora sin prestar la suficiente atención, porque en cuestión de segundos las cosas cambian y la vida que de azul tornasolado viraba bajo las estrellas con una borla de cristal dorado ahora es una caja de Pandora donde las enfermedades y los sentimientos negativos y el silencio y el hastío del odio y la ciudad furibunda salen a relucir de golpe, poseyendo a la nada misma bajo una lluvia fría de junio, cuya humedad y temperatura destruyen sin misericordia un ectoplasma errante que levita sobre el asfalto empedrado y podrido de tanto llover y hojas deshechas y campos desiertos. Como si el paisaje perdiera de pronto la saturación y se tiñera de negro y blanco y matices de grises que no lograrán resucitar el color, el que se fue para no volver jamás, como se van las personas a la orilla de enfrente en la barca de Caronte soñando con alcanzar una Arcadia pero perdurando eternamente en la Cacodelphia de Schultze, rondando sin destino por los círculos del infierno, soportando latigazos sobre la espalda y la piel que ya se vuelve cuero con el calor del fuego que arde, y una lluvia perenne que no calma ni hidrata sino que duele y tortura, que no deja dormir, que se vuelve un martirio sin descanso. Y aún allí igualmente esa maldita naturaleza humana de esperar, dormidos en la espera ahora sí eterna, ahora más que nunca sin sentido, con una esperanza estúpida, llama encendida sin justificación, pero si es una espera eterna nunca se deja, nunca llega lo esperado, y estúpida naturaleza humana de dormir y morir en la espera, y quedarse allí, en la eternidad, con ilusión vana, pero y qué importa si es vana, y qué si no hay después, y qué si ya es suficiente que sea un motor, el motor más mínimo pero motor, motor para mantenerse despiertos o levantarse por la mañana o soportar la cruz en la espalda, motor para dejar de ser ectoplasma y materializarse en esa humanidad pura, tan tonta y absurda y vana pero humanidad en sí, en uno, en nosotros. Y vivir pensando en el mañana y recordando el pasado y olvidarse del presente sin poder aprender a evitarlo, pero si somos humanos che, si somos la máquina imperfecta que perfectamente arruina cada detalle y marchita cada flor e incendia cada bosque. Y pero si al mismísimo Edén lo transformamos en el infierno.