Cae la noche, se alzan las luces. Pareciera como si la muerte del día despertara ciertas almas que, ajetreadas por la rutina semanal, abandonan sus puestos laborales. Analiza esto mientras toma el último sorbo de café ya frío. Queda media hora, hay papeles que ordenar. Ya los bolsillos se vaciaron y no es ni fin de mes. Solsticio de invierno... el día más corto del año. Quizá es esto lo que le hizo pesar más la jornada. Los box se vaciaron, casi todos, y ese casi es porque Laura sigue peleando con la empresa telefónica por teléfono, y llama desde la oficina, justamente, porque en la casa se lo cortaron. Dudaba si sería por una factura sin pagar. Las caras largas abundaban en la oficina últimamente. Se notaba que el negocio no andaba bien. Lejos habían quedado los sueños de ser astronauta.
La mochila pesa. Un tupper vacío, botellita de agua, una agenda, un libro de Hermann Hesse, cartuchera con los útiles justos y necesarios. ¿Por qué pesa? Alguna vez se había imaginado de traje y maletín. Otra vez de ambo, con el estetoscopio colgado sobre la nuca. O en un auto de carreras, corriendo en Fórmula Uno. Tanta imaginación allí había quedado, en una imagen mental que jamás alcanzó. El sueño de triunfar era eso. Un sueño.
Portazo. Silencio, de golpe. Levanta la vista. Era el último en la oficina. La aguja más corta sobre el seis, la más larga sobre el nueve. Faltaba poco. Se preguntaba si el gato se habría comido el churrasco que había dejado descongelando en el lavabo. Se preguntaba si había cerrado la ventana, quizá había entrado otro gato, o una paloma convertida instantaneamente en víctima de su gato, o del gato nuevo que había entrado, o un grupo de ladrones que le robarían todo lo valioso que tenía... un "todo" que era una radio, el microondas y un televisor tubo de 29 pulgadas. Aunque más valioso que eso, más valioso que todo eso, pero que los ladrones nunca podrían imaginar, porque quién sospecharía de aquel cuadro, era ese bello y acuarelado lienzo que reposaba sobre la pared blanca que separaba el living-comedor-cocina de la habitación. Más valioso que cualquier otra cosa que pudiera imaginar, que cualquier cuadro expuesto en algún museo de alto renombre, más valioso que cualquier tv último modelo o minicomponente de alta gama o un piso entero en el centro de Puerto Madero. Enorme, como un ventanal, con un marco de roble macizo, barnizado, colgaba de varios clavos, enterrados en el duro ladrillo. Pinceladas provenientes de sus manos, que con tanta dedicación revelaban una parte intangible de ella. Esa parte que él tanto amaba y tanto seguiría amando, esa parte que no podía ver formando parte de su persona, pero sí en esa obra, su arte, su paso a la inmortalidad. Esa obra que lo acompañaba desde la pared, trayéndola en recuerdos, memorias, más allá de lo lejos que se hallara su cuerpo. Ese cuadro que deseaba abrazar y besar sin parar, hasta desparramar las pinceladas concretas y transformarlo en una abstracción por completo. Lienzo sobre el cual quería llorar por momentos, y dejar correr el agua, llevándose los pigmentos. Sobre el cual deseaba desarmarse. Al cual quería incendiar, volatilizar, hacer desaparecer. El cual destruía su vigilia al pensar lleno de pena en que el cuadro no era ella. El cuadro no era ella. Ella no estaba. No era. No más. Pero era lo último que le quedaba.
No podía dejar el cuadro allí. Indefenso. Expuesto. No podía dejarla sola de nuevo.
Y sí que pesaba la mochila, y cuánto que pesaba. Pesaba en las espaldas. Pesaba tanto, que lo arrojaba al suelo.
El cuadro sobresalía por los cierres. Nunca más la dejaría sola. No podía dejarla sola de nuevo.