Contorsiono los dedos.
Las manos se me endurecen.
Quiero vomitar y no puedo.
Quisiera materializarlos y así poder verlos.
Que algo tan intenso se extienda
desde las orejas hasta los pies,
no puede no tener forma,
no puede no tener cuerpo.
Pero la forma y el cuerpo
se desenvuelven en miradas,
en abrazo, en beso, en sexo.
Vomitar el sentimiento,
ponerlo ante los ojos y verlo,
es tan imposible como
expresarlo en palabras.
En el momento en que la piel
suavemente se desliza con la ajena
           [-la del amigo, del padre, de la pareja-]
es el momento en el cual el sentimiento se materializa;
el gesto de afecto,
acompañado de brillo y calor humano,
derrama sentimiento hacia todos lados.
Los que tienen la gracia de vivirlo
tendrán la misma sensación.

Y cuando la esfera comienza a girar incesante, es imposible parar de correr sin arriesgarse a quedar aplastado. El transcurso del tiempo se convierte en esfuerzo, se esclavizan los pies al constante susurro, veloz e impaciente, de esa esfera contra la superficie. Atravesando mares y llanuras, no para su trayecto, y entre el miedo de la derrota, corre solo y en silencio. Las montañas que lejanas podrían frenar el recorrido, parecen ir alejándose y achicándose, cada vez más, hasta convertirse en simples piedritas que no traen dificultad. Es inercia el movimiento y especula un futuro, convirtiéndose en víctima de la constante rotación, encadenado a una duda sin recuerdos de solución.

diez girasoles

Se funde un cielo más azul
y nubes blancas pueden verse
desapareciendo tras
el horizonte de follaje verde.
Un Sol va surgiendo de allí
tan amarillo y familiar,
sonrisa nueva y festín,
una voz canta sin cesar.
Fluyen despacio dos cintas,
desde su espalda creciendo,
formando girones carmesí,
y terminando en corazón.
Y diez girasoles crecen
sobre los yuyos y cardos,
cosecharon semillas que
se extienden en la tierra virgen.
El lucero van mirando:
es la energía del amor.
Se hace eterno el calor,
aún de noche se hace el Sol.
Y llamas vibran sin cesar,
no incendian ni logran quemar,
sólo iluminan con su luz,
con ese misterioso amar.

Encender los sentidos,
sólo con una nota.
Acorde que viaja desde
esos estrambóticos panales,
resonando y resonando,
propagándose infinito
hacia cada trozo de mi piel,
provocando un danzar constante,
fluidos movimientos,
de las manos, de los pies,
de la cabeza,
los dedos,
los pelos.

Estremece
erizando los poros
de cada porción.
Parece una onda
expandiéndose
ganando cada vez más fuerza,
aunque debiera
descender su volumen,
y su densidad tendría
que caer sin arreglo,
son los arreglos
de los instrumentos
los que besan las mejillas,
la panza y las rodillas,
y llegan acompañados
de vibraciones interminables
que se extienden por la sangre
provocando, incesantes,
la eternidad del alma
El brillo mira para otro lado.
Otra vez, pero en dirección diferente.
Aunque cierre los ojos y busque soluciones,
las encuentre, y todo se desenvuelva
de la manera más perfecta,
los ojos deben ser abiertos,
y la realidad que se encuentra
es tan diversa...
En silencio se ríe de los nervios
y llorisquea mientras con fuerza
rasguña sus brazos.
Aprieta los labios y muerde su lengua,
y desorbita la mirada entre tinieblas.
Oscuridad de juguete,
dolor en la frente
de tanto fruncir su cara,
rechinando los dientes.

globo

La cabeza gacha, el rostro contorsionado.
Hambriento de descanso camina apurado.
Las luces se ocultan, el camino se apaga.
Sus brazos se chocan también con otros brazos.
Intercepta almas consumidas, como la suya.
Su galopar se volvió triste y cansado.
(¡la ciudad se lo comió!)
Y respira como obligado, un poco entrecortado.
(esperanzas no conoce)
Monocromos y grises, no hay Sol que resplandezca.
Cruza la avenida, esquivando tiburones
que amenazan con masticarle el corazón agotado.
Alcanza la vereda, atraviesa la cancela,
y arbustos marchitos lloran para calmar la sed.
Los azulejos desprendidos y las rejas oxidadas,
la pintura destartalada y la humedad se hospedó.
Suspira vacío y recuerda un sueño,
que ya lo siente lejano;
sueño casi olvidado, durmiendo en su cerebro,
subido a un globo aerostático, volando tan, tan alto.
Divisa esas almas que día a día choca,
tan pequeñas desde mil pies de altura,
pero no tan pequeñas como las siente
cuando las roza como si no tuvieran vida.
Se refugia en un sitio oculto tras una nube celestial.
La sopla, y tras ella, el brillo del Sol que acaricia.
Se duerme en sueños con un esbozo de sonrisa.
Mañana caerá, pero empezará otro día,
que cuando termine,
quizás lo mate,
quizás lo deje volver a soñar.

Brazos rodeando
las propias rodillas.
Una mueca dibujada
simulando ser sonrisa,
que se invierte ante la duda,
bipolar entre la nada.
Caen gotas de una lluvia
que recorre las mejillas
desde nubes como ojos
que ocultan tras sus formas
las chispas amarillas
del lucero que ilumina.
En la cocina una llave
deja abierto el paso,
y sabores algo amargos
se fugan inundando el aire.
Los respira lentamente
y la vista se le nubla,
recibiendo los recuerdos,
reviviendo sensaciones,
sintiendo reales los sueños
que una vez soñó,
imaginando lo que nunca
pasó ni pasará;
se introdujo en un sueño,
frío y eterno,
durmiéndose despacio,
ya no lloviendo,
ya no dudando,
ya no haciendo
más morisquetas,
sino sonriendo,
con las mejillas secas,
algo sonrojadas,
enblanqueciéndose de a poco.

callar

Cuando las palabras se sienten,
pero, justo en ese momento,
el nudo en la garganta
de tristeza y de dolor
nos hace echar de costado
y que nos comamos la voz,
esas simples palabras
de sentimiento tan intenso,
quedan moribundas,
casi cayendo por un balcón,
tirándose por un risco,
arrojándose a la nada,
desvaneciéndose en
la neblina del miedo;
y finalmente,
ya cuando se encuentran
desmayadas e inconscientes,
quedan guardadas entre
débiles hilos de memoria,
en enormes frascos
llenos de las cosas
que no quisimos decir.
Quizás con el tiempo
la carga se levante...
Quizás las olvidemos.
Quizás conozcamos algo nuevo.
Quizás... Deberías saber
que esas palabras
son tuyas.
Aunque... jamás lo sabrías.
Porque nunca lo dije.
Las palabras fueron calladas.
El silencio reinó.
Y una luz se apagó.

de antes

Si pudiese cerrar los ojos y hacer que mi cabeza se concentre en recordar el pasado; no este pasado sino el pasado del pasado, el pasado de otro tiempo; no este tiempo sino uno anterior, uno diferente, de otro universo, en otro espacio; si pudiese lograrlo, estoy segura que nos encontraría unidos también, unidos en la piel y en el cuerpo, con un corazón compartido. Nos encontraría mirándonos y sonriendo, cerca del final, algo asustados, pero aún así sonriendo, planeando un encuentro en el próximo espacio, en el próximo tiempo; concentrados en no caer en el olvido, asumiendo que la muerte no sería un despido, atentos en el esfuerzo de recordar los olores, recordar los gestos y las sensaciones, repitiendo una y otra vez las coordenadas, en ese mar, en esa playa, la hora y el día, el año exacto, donde otra vez nuestras almas, divagantes, siderales, desesperadas, atemporales, volverían a reconocerse en un silencioso abrazo.

En un arranque del alma
se pone a pensar.
Búsqueda sin fin,
tratando de desahogar;
tratando de llenar,
tratando de hacer reales
los recuerdos del pasado
que se hacen notar
y que relucen brillando
en la esfera de la eternidad.

Una vez regaló una cajita.
Estaba toda decorada
con brillantes perlas,
y lentejuelas doradas.
Pintada con colores pastel,
finamente terminada,
con puntillas y cintas bebé.
Perfumada dentro y fuera,
con los bordes redondeados
para evitar puntas
que pudiesen lastimar.

Un día regaló esa cajita.
Latía la cajita.

La abrieron.
La destrozaron.
La estropearon.
Dejándola irreconocible.
Su cajita, desconocida.
Su contenido, también.
Lo que tenía dentro
sangraba tanto
que no había forma
de hacerlo frenar.

Pero entre tanto
sangrado y ardor,
en un esfuerzo del alma
con lágrimas y sudor
limpió las heridas
y cauterizó.

Un poco más oscuro,
remendado y débil,
menos pintoresco;
lo colocó en una nueva caja.

Ya no se preocupó
por los bordes redondeados,
la fina pintura
y las puntillas de elegancia.

Tomó una caja de zapatos,
la pintó de colores.
Amarillo, azul, verde,
violeta, naranja,
y rojo para disimular
si es que volvía a sangrar.
Las puntas cuadradas,
los huecos mal rellenados
con muy poca lucidez,
pero una sonrisa pintada
en su cara de esperanza.
Llegaría el día en que
su dolor del pasado
en el aire se esparciera.

Y dejó la cajita
apoyada en el modular.
Lejos de ella.
Lejos de su alcance.
Lejos de sus manos
y de su vista.
Tocarla la estremecía.
Mirarla la hacía llorar.

Latía la cajita
pero ya no era
digna de atención.
Sólo lo sería para aquel
que más allá de mirar
la fachada del paquete,
tuviera la capacidad
de poder escuchar atento
el latido silencioso
que minuto a minuto
ansiaba más aún
latir junto a otro.

¡Poné un límite!
porque este querer
no deja de crecer
y el segundo a segundo
lo hace más profundo
movilizando el alma
aunque deje
de girar el mundo,
o aunque un cuervo
desgarre el corazón,
pase lo que pase,
esto, de ser,
no tiene razón.

tacto

la ternura
y la dulzura
salen a relucir
en los momentos
más profundos,
sinceros,
y sentidos
del alma,
deteniéndose
en un recuerdo
eterno,
y en la sensación
de calor
que proviene
de otra piel
ajena,
pero a veces,
a la vez,
percibida
como tan
nuestra,
como tan
propia,
como una sola
piel,
pero que hace
contacto
y se transforma
en disparador
de miles
de emociones
magníficas.

Parque

En un banco del Parque
viendo pasar gente,
descubriendo los primeros
sentimientos sin razón
surgidos entre miradas
desentendidas y confusas
de querer entender
cómo se habían ido
a encontrar en ese lugar.
Finas y suaves gotas cayendo,
y sonrisas luciéndose,
producto de esos momentos
cargados de emoción.
El Parque era de ellos,
la ciudad, la lluvia,
hasta el colectivo.
El mundo lo era porque
las manos unidas
resplandecían en un brillo;
luz perenne,
haciendo a un lado
y combatiendo
a lo oscuro de vivir;
iluminando los colores,
para aguantar lo que venga;
fortaleza de ir juntos
donde sea, y más allá.

A veces se hace tan difícil tener el control de las situaciones cuando el amor incondicional y la aceptación se vuelven convicciones tan fuertes... Y ante el miedo al fracaso y a provocar dolor, surge el llanto como aliviador. Pero amar, amar y ensanchar tanto el alma, se torna inmanejable, y amamos tanto, que la idea de perder ese amor se vuelve siniestra y... dolorosa.

Sigue pensando en que los últimos fueron los más fuertes, sinceros e inmensos de todos. Pero no le llegaron de la misma manera. Ante sus expectativas, esas simples palabras quedaban en el camino. Simples pensaría, pero no imaginaba cuán intensas eran en ella. Simples palabras con carga de sentimiento, palabras hechas de recuerdos y momentos, de historias compartidas.
Pero es luz y no puede apagarse. No va a dejar de iluminar. Aprendió a quererse tanto que sabe bien querer a los demás. Pero ante la duda, no titubea. Simplemente avanza. Y si lo que deja atrás quiere continuar, así será. Pero sino, cortará cadenas, y libre en el viento podrá volar.

Querer a la gente...


1) Hay gente que se tarda años en quererla.
2) Gente que se quiere en un día.
3) Gente que se quiere sin conocerla.
4) Gente que nos quiere y no lo sabemos.
5) Gente que no nos quiere, y que queremos.
6) Gente que odiamos porque no nos quiere, pero daríamos lo que sea porque nos quiera.
7) Gente que queremos y odiamos al mismo tiempo.
8) Gente que queremos pero ni siquiera se quieren a sí mismos.
9) Gente que simplemente se quiere, un poco, como para al menos considerar el sentimiento.
10) Gente que se llega a querer hasta un punto, una cota, un límite determinado.
12) Gente que a cada palabra la queremos más.
14) Gente que a cada minuto que comparte con nosotros la queremos más.
15) Gente que a cada segundo que simplemente existe la queremos más.
16) Gente que se quiere indefinidamente, que nos imposibilita responder un dulce "¿hasta dónde?".
17) Gente que se quiere tanto que no se razona el actuar.

Hay gente para todo este número de tipos de querer.
Y siempre conocemos en la vida uno para cada número.

frío

Escuchó un ruido.
Pero estaba tan atenta al frío que no prestó atención. El frío se derramaba y se sentía asustada. Gélido y extraño, deseó pensar que estaba actuando como un desconocido. Pero en la realidad, no lo era. Era conocido. No sólo él sino su persona. Y conocía que siempre era así. Fue más fuerte que ella.
Escuchó un ruido.
Pero estaba intentando leer entre líneas para comprender qué había salido mal. Y miró, en su lugar descansaba un cuervo. Y miró sus propios brazos, y pequeñas gotas de sangre surgían lentamente.
Escuchó un ruido.
Miró, y nada parecía haber cambiado. Nada se había caído, ni roto, ni quebrado. Nada estaba fuera de lugar. El frío continuaba y no habían cambios. El frío estaba presente, y ella sin abrigo. El frío cada vez más intenso, y ella, enferma.
Escuchó otro ruido.
Está vez lo reconoció. Fue como si un cristal se agrietara. Como si, a punto de cambiar de estación, el hielo tan sólido de un lago congelado se partiera. Partirse para volver al lago de siempre. Imaginó eso. Y soñó cálido. Pero al abrir los ojos, descubrió nuevamente el temblor de su cuerpo.
Escuchó el mismo ruido,
ya por tercera vez. Ya, blanca. Ya, quieta. Ya, sola. Sus respiros se agotaban y la cara perdía los resabios de vida que había podido rescatar. Se concentró en esos ruidos. Y los escuchó tan fuerte que cerró los ojos y miró hacia dentro.
Allí, rescatando latidos, esforzándose, desgastado y quebrado: un corazón.

Hasta hoy estaba bloqueada.
¿Por qué aparece otra vez ahí?
¿Qué cambió?
¿Quién le dijo?
¿Alguien la mencionó?
Se emociona y entristece a la vez.
Tiene extrañitis imposible de curar.
Espera que con el tiempo se vaya.
Sólo quiere que sea feliz.
No le importa no ser parte de esas sonrisas.
Sólo quiere saber que existen.
Que son.
Que sonríe.

Será siempre igual,
o quizás algo cambiará,
como en todo este año
cambió la forma
de saber algo de vos.
Será siempre igual,
escuchar un tren,
en medio de la madrugada
y pensar en tu nombre,
o pasar por esa esquina,
ver el quinto balcón
y pensar en esa sonrisa
en vos, descomunal,
pero tan usual
cada vez que me mirabas
y que alguna broma
que sólo los dos entendíamos
nos hacía largar
esas eternas carcajadas.
Ese humor único,
combinado con seriedad
que en muchas ocasiones
supe debilitar,
comentando estupideces
o simplemente recordando
alguna vez que, en la noche
golpeaste la puerta de mi casa
para ir juntos al muelle;
quizás algún momento
de hace muchos años atrás
cuando éramos tan niños
e íbamos juntos a la par,
por la playa, por la esquina,
por la calle que quisieras,
a altas horas de la madrugada
reconociendo las marcas
de cada automóvil,
o robando maderas
para una fogata.
Cuando íbamos pensando
en que nuestra amistad
era mejor que la que cualquiera
podía llegar a imaginar;
soñando crecer juntos,
cantándonos canciones,
                 ["y le dice al oído..."]
acompañándonos mutuamente
a cada momento...

Sí, y a pesar de todo,
aún sigues en mi alma.
Cariño intacto, recuerdos guardados
y la eterna imagen
de tus ojos que decían
en pícaras miradas
lo mucho que me querías.
Siempre estarás en mi vida
y espero alguna vez
volver a verte por la ciudad.
Cruzarte tras una esquina
y que me mires a los ojos,
no me corras la vista.
Acá estaré,
acá, la hija del fletero.
Acá, tu amiga.

Su alma tiene una pena que ni ella logra comprender.
Su reacción se resume a apretar fuerte sus rodillas contra el pecho,
respirar entrecortado,
y aprender a nadar en su propia agua salada.
Y aunque antes le representaba un alivio, ahora se convirtió en ahogo.
Se ahoga sumergida en la corriente de esas lágrimas,
que derramadas sin cesar van tapándola por completo.
Sola, inmiscuida,
rodeada sólo por sus brazos,
vacío el bolsillo del corazón donde se guarda el afecto,
da dos vueltas a la llave, cerrando ese compartimiento.
Pero el cierre no es completo.
Las grietas son más profundas;
grietas viejas,
que parecían haber sanado,
sobre las cuales el alma se volvió a partir.
Y el temblor se desata,
se abre el suelo.
La lava debajo parece arder.
Le arde lo interno y se arroja allí.
Su dedo señala el ojo
que está abierto mirando este alud.
Su dedo lo señala y no deja de caer.

A veces no termina de comprender cómo es que, de un momento para el otro, siente apagarse una lucecita. No gradual. No es algo que va sucediendo. Algo simplemente la apaga. Queda allí. Sin brillo. Oculta e insignificante. No se ve, ya no resalta. Pero tampoco es igual a las demás. El resto aún brilla. Ella sólo es un defecto. Un cáncer que extirpar.
Y de repente, parece como si bastara una palabra para que reviva. Como un choque de electricidad haciendo fluir la energía a lo largo de sus filamentos, que incandescentes, vuelven a iluminar. Iluminan con más intensidad que antes, no como si una herida sólo se hubiese cerrado, sino como si hubiera sanado, cicatrizado, y desaparecido; y sobre esa región, hubieran salido flores: altas y bellas flores primaverales, símbolo del renacimiento y la fortaleza del crecimiento.
Ella crece a cada momento y nota cómo cambia los pasos. El avance en el juego se modifica constantemente y se sonríe al pensar en las posibilidades. Y aunque siempre una luz se quema, se apaga, se muere; posee la fortaleza suficiente, la esperanza de pensar que, repentinamente, el golpe energético llegará, y una renovada voz le hablará, desde dentro, masajeando suavecito su corazón.

otra vez. (2)

Pero lávense
  todo lo que deseen.
    Lávense las manos.
      Hasta el codo.
        Los hombros.
          Todo el brazo.
            Pero sepan
              bien que
                la sangre
                  y las vidas
                    de esas
                      personas
                        que se
                          perdieron
                            en un vaivén
                              de dinero
                                pesarán
                                  por siempre
                                    en sus espaldas
                                      de cuervos.

otra vez.

Las personas, simplemente ingenuas, depositan su fe en ellos, para que ellos depositen sus vidas en la deriva, agrandando sus bolsillos, escondiendo los billetes en cada agujero, provocando así también agujeros en el sistema: agujereando, y emparchando; cortando y suturando; cavando y tapando. Hasta que de tanto esconder y ocultar, los estantes se derrumban ante el temblor de la verdad, y vidas inocentes cuestan las consecuencias de mandatos irresponsables, de seres desalmados, que luego de jugar a la ruleta rusa con las vidas de esos desamparados, se dirijen al lavabo y se lavan las manos.

deberías saber

¿Sabes?
Puedo escuchar el sonido
de unas gotas golpeando el piso.
Pero no está lloviendo,
y también aquí hay techo.
¿Sabes?
Las gotas están entre mis pies.
Aquí sentada logro verlas.
Miro hacia el piso, allí están.
Una tras otra caen.
¿Sabes?
Si miro el piso, caen allí.
Si miro mis piernas, caen en ellas.
Si me corro a mirar la cama,
caen sobre la frazada.
¿Sabes?
No supe de qué se trataba
pero me miré en el espejo
y comprendí que las goteras
no estaban en el techo.
¿Sabes?
Aún así no me siento débil.
Sólo me siento un poco más expuesta.
La cuestión es
cómo manejar esto, porque...
¿Sabes?
Me volví vulnerable.
Puede tomarme y manejarme,
moldearme como una plastilina.
Soy un simple material, pero...
¿Sabes?
En sus manos siento que no me romperé.
Podrá estirarme y apretarme,
que se que
no me quebrará jamás. Y...
¿Sabes?
Me siento dichosa
de estar situada donde estoy.

Disparo,
y otro disparo.
Balas atraviesan de lado a lado.
Tiene todo el pecho repleto de agujeros.
Disparo,
y le hacen daño.
Escondido tras cortinas de papel,
no puede escapar de que hieran su cuerpo.
Disparo,
y como un avión
se eleva ante todas esas miradas
que están expectantes.
Sube hacia el Sol
y le explota el pecho.
Se oye una lluvia de
retazos de su cuerpo al caer.
Sube y se pierde tras
nubes de tormenta,
y sus manos
se aferran
al amor.

Fuera de esa cabeza se siente.
No puede pensar.
En otra cosa no puede pensar.
Sólo inventa caminos;
¿cómo podrá
la corteza atravesar?
Necesita otra vez,
estar dentro.
Hay un vacío entre medio
y los ojos no saben
cómo mirar igual.
No hay certeza,
ni cuestionamiento válido.
Inunda la duda.
Volver a preguntar...
Se siente en vano,
y teme, profundamente,
por lo que se avecina.

Gente que prefiere la oscuridad y la noche porque el Sol les resalta los defectos.
Yo prefiero el Sol porque bajo su luz me veo simplemente hermosa.
Son más claros mis ojos al Sol,
transluce mi alma a los rayos de su luz,
y no hay cometa ni explosión
que opaque su brillar.
Lleva mayúscula porque es mi divinidad.

Mirar sin ver

La gente sólo mira.
No ve.
No observa.
Mira ciegamente.
No percibe.
No siente ni intuye.
Sólo mira.
Mira, realiza un juicio.
Prejuicio.
Se cree habilitada para juzgar
sólo de mirar;
cuando en realidad
el juicio es inútil:
ni siquiera observando
se puede juzgar
con certeza
la cualidad del alma ajena.

Musa

Se despierta un pensamiento. Una frase comienza a armarse. Luego otra. Otra más. Una rima. Una coma. Un punto. Un párrafo aparte.
Surge de la nada, rasqueteando las paredes del alma, haciendo un agujerito y queriendo emerger.
No controlo la musa.
Sólo aparece.
Cada vez más.
Más seguido.
Más frecuente.
Más presente.
Desde el día
que Vos.

Sobre hojas caducas,
sentados ambos
de frente a un centenar
de árboles anaranjados:
el viento sopla
y el aire musicaliza
las imágenes brillantes
que nuestros ojos,
maravillados,
alcanzan a ver.
Otoño soleado;
otro árbol deja caer
una hoja más,
que se balancea
de lado a lado;
otro pájaro vuela
y cruza el cielo
buscando un refugio
de mayor calidez;
otro rayo de sol
atraviesa despacio
las lejanas colinas
y reposa en las rodillas;
otra ráfaga que
estremece la piel
envolviendo el cuerpo
y meciéndolo.

Son recuerdos creados.
Imágenes imaginadas.
En la cabeza vuelan
y me detengo a pensar
que no por ser un sueño
no pueda ser real.
Porque si veo esos ojos
a mi lado
aún estando sola,
pero ellos presentes,
¿por qué no vernos
uno de cada lado
en un universo lejano
sonriendo?

sonrisa

Es como tener una cámara
filmando.
Registrando cada momento:
reacción y gesto
tras leer cada frase.
Todo en mi mente, sí;
pero igual lo veo.
Y la veo cuando está
y veo si está ausente.
Veo cuando brilla
y veo cuando es sólo
condescendiente.
Cristales color marfil
enmarcados por
rojizos labios,
intermitentes,
que se asoman
y que se esconden
de la libertad.

amarSE

La jaula ya no me pertenece.
No es mía, ni de nadie.
Así como sólo me pertenezco yo.
Este encierro nunca fue real,
y la llave de la puerta
siempre estuvo en mi bolsillo.
Simplemente que no quise ver
ahogada en llantos innecesarios,
simulando tener una vida
cruel y desgarradora,
atormentada por fantasmas
que no asustaban ni al más débil.
Fui mi propia debilidad
y dejé atrás esas ataduras
para poder volar libre
entre las ráfagas de viento.

Aunque aún...
Sigo siendo mi propia debilidad.
Sólo que ahora
también aprendí a amarme.
Cambiar no es una decisión que uno toma...
Es un hecho.
Y sólo sucede cuando se produce el cambio.

Un sentimiento no es un recuerdo.
Los recuerdos se crean en base a sentimientos.
Sentir, que nos hace mover.
Sentir y avanzar.
Avanzar en dirección al camino
que sentimos dentro que debemos transitar.
No lo sentimos porque es un recuerdo...
Va más allá de eso.
Lo sentimos porque es mucho más complejo...
Porque sentir es como tener
un globo en las entrañas
que de repente comienza a inflarse
cada vez más y más;
como tener una lamparita
a la altura del corazón,
que se prende y se apaga,
que vibra y se detiene,
que calienta y luego para.
Sentir se siente,
y sentimos querer expresar sentir
pero siempre nos quedamos cortos:
y en la expresión de
las manos y el cuerpo,
la mirada y el movimiento,
fotografiamos momentos
que imprimimos en la memoria,
creando un recuerdo
que recuerda el sentir.
Sentir que imprime en el alma
un sentimiento tan bello,
y cosquillean las ganas
de que sea perenne.

Un sentimiento no es simplemente un recuerdo...
Es una huella.
Eterna.

Gota que cae despacio sobre el metal,
y aún al caer despacio,
hace un leve sonido
que se expande hacia los alrededores.
Aún así de leve, suena.
Débilmente, casi imperceptible.
Pero está sonando.
Vibración encadenada se libera
y un movimiento ondulado
hace vibrar el pintoresco dibujo.
Las cortinas de la habitación
están cerradas
pero entre las rendijas
un rayo de luz joven
se asoma lentamente
saludando así el día,
nuevo día amanecido.
Y la gota otra vez cae,
y el metal otra vez suena,
y el Sol que se eleva
llega a vibrar también.
Los pájaros sobrevuelan
esa gota y ese metal,
que una y otra vez se unen
para dar paso a los sentidos,
suavemente escuchar...

"-¿Te quiere?
-Claro que me quiere.
-¿Te ha dicho "te quiero"?
-Pocas veces...
-¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo estás tan segura?
-Me di cuenta que me quería cuando sólo pidió mi mano. Nada de ir tras un beso. Nada de revolcarse conmigo. Sólo dijo que quería mi mano. Tomarla. Su mano y la mía, sujetadas. Una con la otra. Como una sola. Entrelazadas.
-¿Sólo tu mano?
-Sí... Así me lo dijo.
-¿Y se la diste?
-En una oportunidad, me la tomó... Y nos sentí unidos. Me asusté. Pero me miró. Y lo miré.
-¿Y dijo algo?
-Ninguno habló, pero nos dijimos mucho. Hablaron las miradas. Y un gesto de sonrisa. Era calidez. Y se sentía bien el calor ante tanto frío."

Quisiera poder transmitirle la paz que siento al caminar y sentir el viento en el cuerpo a la gente que voy interceptando mientras camino...
Hasta el ruido del crujir de las hojas que voy pisando paso a paso es placentero. Es música.
Siento mi mente dormirse en un abrazo de sensaciones.

Y cuando el ocaso se vuelve ordinario,
espero a lo ordinario volverse ocaso.
Y así el ocaso ya no sería ordinario,
y así el ocaso ya no sería ocaso.
sino que sería un cúmulo
de energía y esperanza.
Así como lo fue
todo ese tiempo
brillante y dorado
de puestas de Sol
reflejándose en el agua
con gaviotas sobrevolando
y la música del viento
arremolinando el aire.