Y cuando la esfera comienza a girar incesante, es imposible parar de correr sin arriesgarse a quedar aplastado. El transcurso del tiempo se convierte en esfuerzo, se esclavizan los pies al constante susurro, veloz e impaciente, de esa esfera contra la superficie. Atravesando mares y llanuras, no para su trayecto, y entre el miedo de la derrota, corre solo y en silencio. Las montañas que lejanas podrían frenar el recorrido, parecen ir alejándose y achicándose, cada vez más, hasta convertirse en simples piedritas que no traen dificultad. Es inercia el movimiento y especula un futuro, convirtiéndose en víctima de la constante rotación, encadenado a una duda sin recuerdos de solución.