Una vez regaló una cajita.
Estaba toda decorada
con brillantes perlas,
y lentejuelas doradas.
Pintada con colores pastel,
finamente terminada,
con puntillas y cintas bebé.
Perfumada dentro y fuera,
con los bordes redondeados
para evitar puntas
que pudiesen lastimar.

Un día regaló esa cajita.
Latía la cajita.

La abrieron.
La destrozaron.
La estropearon.
Dejándola irreconocible.
Su cajita, desconocida.
Su contenido, también.
Lo que tenía dentro
sangraba tanto
que no había forma
de hacerlo frenar.

Pero entre tanto
sangrado y ardor,
en un esfuerzo del alma
con lágrimas y sudor
limpió las heridas
y cauterizó.

Un poco más oscuro,
remendado y débil,
menos pintoresco;
lo colocó en una nueva caja.

Ya no se preocupó
por los bordes redondeados,
la fina pintura
y las puntillas de elegancia.

Tomó una caja de zapatos,
la pintó de colores.
Amarillo, azul, verde,
violeta, naranja,
y rojo para disimular
si es que volvía a sangrar.
Las puntas cuadradas,
los huecos mal rellenados
con muy poca lucidez,
pero una sonrisa pintada
en su cara de esperanza.
Llegaría el día en que
su dolor del pasado
en el aire se esparciera.

Y dejó la cajita
apoyada en el modular.
Lejos de ella.
Lejos de su alcance.
Lejos de sus manos
y de su vista.
Tocarla la estremecía.
Mirarla la hacía llorar.

Latía la cajita
pero ya no era
digna de atención.
Sólo lo sería para aquel
que más allá de mirar
la fachada del paquete,
tuviera la capacidad
de poder escuchar atento
el latido silencioso
que minuto a minuto
ansiaba más aún
latir junto a otro.