dignidad

ese olor nauseabundo
a curtiembre o pollería
a matadero o riachuelo
a una fábrica de algo
o a bosta sobre el asfalto
en su punto de ebullición
bajo el sol de enero
en plena ciudad
ese olor que te ahoga
de ruedas prendidas fuego
cortando una calle
de par en par
esa calle que agarrás vos
y que agarro yo
que agarramos los dos
y quizá te quejes porque te retrasa
y quizá en mi egoísmo también me enoje un poco
pero mirá bien, las banderas
mirá bien esos gestos
esa piel curtida, esa facie entristecida
o tal vez iracundos,
o por suerte conversando con un compañero
y muertos de risa
son obreros
o mejor dicho, ex obreros
operarios de una fábrica de algo
o de un matadero, curtiembre, o pollería
que se quedaron sin nada
despedidos de la nada
la mismísima y odiada nada
ignorados desahuciados
que ahí están, prendiendo fuego
mezclados invisibles en el humo
invisibilizados para el Estado
y también lo serían para vos
y para mí
si en esta vuelta a casa
no los hubiéramos interceptado
mezclados en esa humareda
humo negro que se alza al cielo
de la rueda que arde en llamas
humo oscuro que no contrasta
con el pesimismo del mañana
humo que invade las narinas
con ese olor que te ahoga
pidiendo regresar a la industria
que no para de largar
ese olor que da nausea
y que tanto te molesta
y que tanto me molesta
pero para ellos significa
dignidad

la vasija de los recuerdos

quien pudiera ser pájaro
para sobrevolar estas cumbres
planeando sobre los árboles
haciendo base en una rama
para inhalar el aire profundo
y llenar mis pulmones

quien pudiera construir un fuerte
que proteja a mi corazón
para conservar esta paz que siento
acá sentada sobre una piedra
con el lago turquesa en el frente
espejo de cumbres y de Sol

me tranquiliza saber que tengo
la capacidad de guardar un recuerdo
para luego evocar esta memoria
tan viva, tan maravillosa

quien pudiera construir una vasija
donde guardar mis memorias preciadas
donde cuidar y conservar este sentimiento
para que, cuando mi límbico perezca
pueda repetirse una y otra vez
y recordar lo que fui, lo que pude ser

soy una pizca de sal en el mar,
una hoja marchitándose en el bosque
más extenso que pudiera imaginar
soy una autómata de lunes a viernes
que se detiene a pensar un domingo
en por qué no se detuvo el sábado

¤¤¤

Avanzo con una supuesta dirección.
Quién sabe si voy a llegar.
Quién sabe si lo puedo lograr.
Es el hoy mi única certeza,
aunque, aún así, me pregunto:
¿qué es el hoy? ¿qué soy?
¿acaso tengo seguridad alguna
de vivir y sentir lo que dicen
que vivo y siento?
Me asusta el desconocimiento,
por momentos, me refugio.
Me hago más pequeña de lo que soy.
Luego, me descuido. Y desato la mente.
Dejo ser al ser. Correr a la memoria.
Dejo descubrirme en un susurro,
o encontrarme a mí misma
meciéndome en el viento
convertida en naturaleza
y fusionándome con el cielo.
Dejo ser al ser porque sino no hay nada
que se pueda comparar
con la sensación de libertad
que hay acá afuera.
Huir de la vorágine con la que
me encuentro siempre envuelta.
Ser hija del Sol, que tanto
me ama y me alimenta.
Respirar el aire fresco
que trae los olores del bosque
gracias a este viento Andino
que se desató de repente
con el susurro de un cuento.

¤¤¤

(y quizá si fuera pájaro
no sería especial
llegar hasta esta cima
y apreciar mi pequeñez
rodeada de tanta
inmensidad)

kotzen

Soy la tinta que fluye desde esta lapicera de cinco pesos que hace algunas semanas le compré a un hombre en el subte. Soy mi mano moviéndose sutilmente de izquierda a derecha intentando respetar los renglones como piso de estas palabras que no paro de vomitar y no tienen donde apoyarse. Soy mis ojos algo irritados que, lágrimas mediante, liberan el dolor y la impotencia de un alma que no entiende las injusticias. Soy la angustia expresada en un suspiro profundo por el descubrimiento de la labilidad del tiempo. Soy el tiempo que no se detiene, menos aún retrocede, y tanto le cuesta perdonar y saber aceptar. Soy una frase, una oración, un sujeto y un predicado. Coma, punto y seguido, punto y aparte, y por mi naturaleza humana, seré punto final. Quién sabe cuándo, mas la muerte me espera quizá a la vuelta de la esquina. Esquina que se encuentra al final de una calle cuya longitud y pendiente desconozco. La sospecho de ripio y en subida, la sospecho nevada y resbaladiza, la sospecho peligrosa y repleta de arbustos espinosos, de rosales y raíces podridas, de árboles caídos por la furia de los rayos que destruyen todo a su paso cuando se desata una tormenta eléctrica. La imagino dificultosa, bordeando los límites de lo impenetrable, arriesgada para mi ser que intenta circundarla desnudo y en soledad.
Como subirme a una montaña un día de nieve.
Como arrojarse a un lago helado y profundo.
Como intentar mantenerse en pie en un río correntoso.
Como intentar volver al sendero entre árboles caídos arrancados de raíz, luego de perderse en el bosque una noche fría de verano peculiar.

Paso a paso, golpe a golpe, empujón a empujón, finalmente: estoy avanzando.
Quizá se detuvo el tiempo y es solo una impresión.
Quién lo sabe... sólo quien maneja los hilos de esta marioneta.

en la inmensidad del universo

Me pierdo,
me busco,
me encuentro,
repito.
Lloro,
me ahogo,
me calmo.
Inhalo,
exhalo.
Me río.
Repito.
Despierto,
vivo.
Me aburro,
me canso,
me duermo,
sueño.
Repito.
Tarareo,
silbo,
canto.
No afino,
(no importa).
Me grabo,
me escucho,
lo borro.
Interpreto
-con vergüenza-,
el alma me lo pide.
La dejo,
la libero.
Me lo agradece.
Yo le agradezco.
Se acerca,
introvertida,
inmiscuida.
Nos damos la mano.
Nos encontramos.
Me alegro,
no sé si es
felicidad.
No sé si soy
feliz.
Simplemente
me alegro.
Sonrío.
Lucho por mí,
y por ella.
Vivo por mí,
y por ella.
Para que mi esencia
no desaparezca.
Para que mi esencia
salga a pasear
y se pierda
en la inmensidad
del universo.