Soy la tinta que fluye desde esta lapicera de cinco pesos que hace algunas semanas le compré a un hombre en el subte. Soy mi mano moviéndose sutilmente de izquierda a derecha intentando respetar los renglones como piso de estas palabras que no paro de vomitar y no tienen donde apoyarse. Soy mis ojos algo irritados que, lágrimas mediante, liberan el dolor y la impotencia de un alma que no entiende las injusticias. Soy la angustia expresada en un suspiro profundo por el descubrimiento de la labilidad del tiempo. Soy el tiempo que no se detiene, menos aún retrocede, y tanto le cuesta perdonar y saber aceptar. Soy una frase, una oración, un sujeto y un predicado. Coma, punto y seguido, punto y aparte, y por mi naturaleza humana, seré punto final. Quién sabe cuándo, mas la muerte me espera quizá a la vuelta de la esquina. Esquina que se encuentra al final de una calle cuya longitud y pendiente desconozco. La sospecho de ripio y en subida, la sospecho nevada y resbaladiza, la sospecho peligrosa y repleta de arbustos espinosos, de rosales y raíces podridas, de árboles caídos por la furia de los rayos que destruyen todo a su paso cuando se desata una tormenta eléctrica. La imagino dificultosa, bordeando los límites de lo impenetrable, arriesgada para mi ser que intenta circundarla desnudo y en soledad.
Como subirme a una montaña un día de nieve.
Como arrojarse a un lago helado y profundo.
Como intentar mantenerse en pie en un río correntoso.
Como intentar volver al sendero entre árboles caídos arrancados de raíz, luego de perderse en el bosque una noche fría de verano peculiar.
Paso a paso, golpe a golpe, empujón a empujón, finalmente: estoy avanzando.
Quizá se detuvo el tiempo y es solo una impresión.
Quién lo sabe... sólo quien maneja los hilos de esta marioneta.