Una soga se desprende de mi columna vertebral. Se eleva levemente y da vueltas sobre mí. Llega hasta tu cuerpo y te envuelve en un girón.
Mis brazos ya no se llaman extremidades. Mi mano no termina, ya no es mi mano, porque se prolonga en la tuya, que ya tampoco es tu mano, simplemente una prolongación de la mía.
Así, mi brazo es tu brazo, tu cuello es el mío. Tus labios comienzan donde comienzan los míos. Tu pecho está pegado con mi pecho, vinculado, soldado, ensartado. Mi alma reside dentro de la tuya encontrándose en un eterno abrazo.
Allí, en la eternidad, se extienden nuestros seres. Y el ser de cada uno, ese que alguna vez tuvo principio y fin, se volvió eterno. Porque mi ser empieza en tu ser, tu ser empieza en mi ser, y terminan el uno en el otro, formando una nube eterea sin principio ni final, extendiéndose hasta el desenlace de la eternidad.
Porque te amo en lo infinito, y si el infinito finalizara, inventaría uno interminable para poder amarte, no con un "hasta", sino con un "siempre".

collar de perlas

Es temprano, amanece.
Por las rendijas de la persiana
se filtran los rayos de un Sol recién nacido.
Caen sobre pequeños recuerdos
que se incrustan, como perlas
en la cadena de un viejo collar olvidado,
vacío, rústico, opaco.
Uno a uno, los eslabones se encienden.
Como si un fuego los envolviera
brillan incandescentes.
Se deshacen del polvo, de la desidia.
Se deshacen de las manchas de la incuria.
Poco a poco, recuperan la pureza.
Se vuelven resplandecientes
aún en la oscuridad.
Se vuelven eternos,
imprimiéndose en la mente:
imágenes preciosas,
grabadas en cámara lenta
se detienen en cada risa
para apreciar el instante.
La máquina ya no es máquina,
es ser: ama y siente.
Ya no es sólo polvo,
no se oxida ni se olvida:
se volvió oro, enceguese.
No sólo ve, sino que observa.
Graba los recuerdos,
los guarda con cuidado
depositando un nuevo beso
en cada nuevo final.
Promete conservarlos
hasta el fin de los tiempos.
Y cada noche, antes de dormir
reproduce sus favoritos.
Se sonríe, incansablemente
descubriendo su felicidad...
y descansa.

Escaleras

Cierro los ojos.
Y te pienso.
Sonrío.
Y te amo.
Se dibuja tu cara.
Tu piel resalta, rosada.
Pintada con óleos, tan delicada.
Suave como una pluma, parece seda.
Huele increíble, como jardines de jazmines.
Acerco mi nariz hasta tu mejilla, y exhalo despacio.
Sonreís, te reís, cosquilleaste y tu nuca tembló levemente.
Lo percibí, me recorrió un escalofrío por el cuerpo a mi también.
Pero es esa clase de temblores que mucho se alejan de miedo o temor.
Se materializó el sentimiento en un despliegue de movimientos.
Primero, mi nariz, oliendo la piel de tus mejillas rosadas.
Luego, allí, mi respiración recorriéndote la cara.
Continúa tu temblor, tan leve, pero intenso.
Prosigue una mano, uniéndose a otra.
Tu mano, uniéndose a la mía.
Nuestras manos, nuestras.
Y nos recorremos.
Con las palmas
y los dedos;
con los labios.
Explorando todo,
cada parte, cada área,
de la cabeza hasta los pies.
Sintiéndote, me tocás, hondo.
Parece como si cada uno de tus dedos
atravesara mi alma y mi pecho por completo.
Y voy subiendo, pero respirando más y más lento.
siento que vos seguís temblando, y yo también tiemblo.
Paso a paso, escalón a escalón, recorriendo esas escaleras.
Y voy bajando, subiendo de nuevo, bajando y subiendo otra vez.
Mis ojos cerrados siguen escondiéndose, y otros sentidos se resaltan.
Busco tus labios con los míos, besándote suavemente en el camino.
Te rozo los brazos con las palmas de mis dos manos, despacio.
Y con un dedo trazo un sendero, escribiéndote un "te amo".
Escribo un corazón, escribo tu silueta, toda tu figura.
Escribo un sueño, un deseo, tu nombre completo.
Escribo una sonrisa, una canción, y un poema.
Escribo mis ojos, los imprimo en tu pecho.
Es donde se encienden, alumbrándote.
Allí descansan, cerca de tu alma.
Mirándote fijo, cuidándola.
Y me pongo sobre vos,
para abrir los ojos.
Ahí te encuentro.
Subo hasta la cima.
Susurro un "soy tuya"
directamente en tu oído.
Sonreís, te reís, cosquilleás.
Temblás, me acariciás despacio;
y me abrazás con fuerza, y apretás.
Y me estampás un beso tan inolvidable.
Me decís que me amás, que también sos mío.
Y allí nos quedamos, abrazados, arrojados ambos,
entregados pura y completamente al amor que recorre
el alma, el pecho, todo el cuerpo, de la cabeza hasta los pies
volviéndose tangible en cada momento en el que, mágicamente,
nuestros cuerpos se vuelven uno, uno y sólo uno, nada más que uno.

más que todos

Soy débil a su carne.
Increíblemente debil.
Tan débil, que ante el primer aviso
que indique que está cerca,
que se aproxima,
que estoy por tocarlo,
el corazón se me acelera
y pierdo toda la paciencia.
Así, me desespero,
y busco a mi alrededor
para ver dónde se encuentra,
de dónde proviene ese aroma
que logro oler a tanta distancia.
Porque lo hallo,
lo hallo en el espacio,
lo hallo entre la gente,
porque es más que todos,
más especial, singular,
único, sin igual.
Está allí, brillando,
brillando más que todos.
Está allí, resaltando,
distinguiéndose,
rodeado de anónimos,
sin rostro, sin color.
Sólo él, ahí, alumbrando.
Dándome la luz,
abriéndome un camino
el cual transito despacio,
algo excitada, algo emocionada,
pero disfrutando cada paso,
hasta llegar a sus manos,
hasta llegar a su cuerpo,
hasta llegar a sus labios
y unirnos, en un beso eterno.

Dos en uno, una especie de combo.
Combinación perfecta de la esencia.
Se funden en una nube y desde allí flotan.
Flotando, miran y sueñan.
Mirando, sueñan y ríen.
Soñando, ríen y sienten.
Riendo, sienten y aman.
Sintiendo, se aman los dos.
Tan profundo, tan inmenso.
Tan perfecto.
Quizá aún tan perfecto
que hasta sus propias almas
pecan de incrédulas
al no poder afirmar
la naturaleza del sentir.
Porque todos trabajaron
en crearles la creencia
de que nada durará,
de que no existe "siempre",
porque nunca y jamás,
porque sólo hay abandono,
porque futuro se combina
sólo con la infelicidad.
Pero allí, en ellos, crece.
Una luz, un brillo,
el atisbo de esperanza.
Suspendido, a lo alto, en esa nube.
Crece con cada risa,
cada beso, cada abrazo.
Aprende de cada caída,
cada golpe, cada llanto.
Fortaleciéndose se mece,
y de sus almas se alimenta
con el amor eterno
que allí se gesta, que allí fermenta.
El amor de esos dos seres,
dos en uno, combinados,
que en la nube se acostaron
tomados de la mano
entregándose en un sueño
mientras esperan el amanecer.

introducción, nudo y desenlace

Me gusta soñar, porque te veo en mis sueños,
y no me asusto aunque no te vea al despertar.
Porque te siento y te sueño, y luego de soñarte
sé que existes, no sólo en mis sueños,
sino en mi realidad.
Porque me miro y te miro cada vez que me miras,
me siento y te siento cada vez que me sientes.
Porque soy por vos y existo por vos,
porque existes, no sólo en mis sueños,
no sólo en mi imaginación.
Real, real como el Sol,
provocando reacciones
como la sensación de su calor,
iluminando sin cesar
como el brillo que irradia.
Real como ninguna otra cosa,
más real que el todo, que sus partes,
que cada porción que lo conforma.
Siendo el todo y más que el todo a la vez,
siendo sus partes, siendo la nada,
siendo el infinito, y el después de la eternidad.
Siendo los astros y los planetas,
la radiación en la oscuridad,
siendo el principio, y el final.
Porque no hay nada antes,
ni habrá nada después.
Porque sos el inicio:
comenzó todo en vos,
en vos y para vos,
por vos y siempre,
prolongándose,
escribiendo la historia,
única e irrepetible,
maravillosa, inolvidable,
que perdurará hasta que todo acabe,
en vos y para vos,
por vos y siempre,
porque sos el desenlace.
Y en el nudo me envuelvo,
-y a los hechos me remito-
porque es tu cuerpo
mi soga, mi anzuelo,
el lugar al que me sujeto.
Me ato, me introduzco,
me inmerso en el juego,
inmenso, intenso,
fuera de lo común:
juego en el que los dos ganamos,
uniendo los dos personajes
nos fusionamos, lentamente,
formando uno solo,
uno,
único e irrepetible
maravilloso, inolvidable,
que perdurará hasta que todo acabe,
en nosotros y para nosotros,
por nosotros y siempre,
porque somos el desenlace.

6

Iba sola. Sola y despreocupada, sí. Pero también iba confundida. Iba pensativa, dubitando, desentendida. Iba sin saber, sin entender cómos y porqués, sin entender cuándos y paraqués. Iba buscando sin saber qué encontrar, iba viendo un sol brillar, pero a la mitad de su completa intensidad. Iba respirando un aire que jamás me parecía llenar. Caminando por la calle, asustada de que aparezcan fantasmas del olvido preparados para arrastrame una vez más.
No sabía qué quería, ni qué me gustaba. No sabía qué me hacía feliz.
Hasta que te vi.
Te vi entre medio de la gente y...
Supe que quería conocer qué escondía el alma ese que se ocultaba detrás de aquellas palabras.
Supe que quería degustar el sabor de tus labios que tanto me tentaban.
Supe que quería oler tu piel, sentir tu calor, tu amor.

Y esas preguntas estúpidas sin respuesta, esos "¿qué quiero?", "¿qué me gusta?", "¿qué me hace feliz?", dejaron de ser inconclusas para tener un resultado, absolutamente certero: VOS.
Ahora, simplemente, las respondo con tu nombre.
Porque te quiero a vos.
Me gustas vos.
Y vos me hacés feliz.
Sólo vos.



Puedo afirmar que fueron unos felices 6 meses de novios.
6 diecinueves.
Y vamos por un millón más.

8

Ocho meses desde el día que decidí hablarte por primera vez para saber quién eras, por qué me generabas tanta intriga, tantas ganas de conocerte, tanta fuerza saliendo de mi pecho intentando encontrarte en el aire para poder mezclarse con tu energía y fundirse en un abrazo eterno. El día que me di cuenta que empezaba a recorrer un camino sin retorno, único. No habría vuelta atrás, marcaría un antes y un después. Sí, asustaba quizá, pero la realidad fue que me gustaba demasiado ese camino como para dejarlo ir, así, sin más. 
Y nos tomamos de la mano.
Te beso, me besás.
Y nos vamos del mundo.
En otra galaxia nos encontramos.
Ahí, rodeados de gente quizá.
Pero recluidos, los dos,
envueltos en ese velo
que hace invisible el paisaje
para concentrar los sentidos
en nuestro momento.
Estamos solos, y te beso.
Y me besas.
Y te amo, te amo tanto,
y de tantas formas,
porque de pronto
quiero acariciarte la mejilla,
y en el siguiente instante
deseo desesperadamente
arrancarte un labio
y que quede en mi poder.
Porque por un momento te amo
de una forma tan bestial,
tan fogosa y pasional,
y luego aparece
ese amor tan sublime
tan puro y esencial
brotando del centro de mi alma
haciendo que apoye la cabeza
en el medio de tu pecho
para quedarme dormida
oliéndote, sintiéndote
despacio, hasta el final.

Soy esclava de su piel.
Estoy presa en la curva de su espalda.
Estoy atada a la dulzura de su aroma.
Estoy envuelta en sus brazos,
y no me veo
si no son sus ojos los que me miran.
Siento el amor colapsando en todo mi cuerpo,
se gira en mis adentros
me hace etérea.
Vuelo, planeo, subo,
me quedo en el aire.
Estoy en el aire,
estoy fantaseando,
maravillada con el paisaje,
lleno de sus sonrisas.
Esa sonrisa, mi hogar.
El brillo de cada día.
Imposible vivir sin que ese sol me ilumine.
No cualquier sol,
no cualquier luz.
Mi Sol, mi luz.
Viven en él y me los da
en cada caricia,
cada abrazo,
cada beso.
En esas miradas increíbles
en las que desearía hacernos eternos
y quedarme ahí para siempre.
En esas miradas tan profundas
que me hace sentir que somos infinitos.
Sonrío ante él,
me inclino ante él.
Soy su vasallo.
Soy su guerrera,
dispuesta a pelear por él,
pelear por mi sueño:
darle la mano,
acompañar a su ser,
besarle el alma para toda la vida.