Escaleras

Cierro los ojos.
Y te pienso.
Sonrío.
Y te amo.
Se dibuja tu cara.
Tu piel resalta, rosada.
Pintada con óleos, tan delicada.
Suave como una pluma, parece seda.
Huele increíble, como jardines de jazmines.
Acerco mi nariz hasta tu mejilla, y exhalo despacio.
Sonreís, te reís, cosquilleaste y tu nuca tembló levemente.
Lo percibí, me recorrió un escalofrío por el cuerpo a mi también.
Pero es esa clase de temblores que mucho se alejan de miedo o temor.
Se materializó el sentimiento en un despliegue de movimientos.
Primero, mi nariz, oliendo la piel de tus mejillas rosadas.
Luego, allí, mi respiración recorriéndote la cara.
Continúa tu temblor, tan leve, pero intenso.
Prosigue una mano, uniéndose a otra.
Tu mano, uniéndose a la mía.
Nuestras manos, nuestras.
Y nos recorremos.
Con las palmas
y los dedos;
con los labios.
Explorando todo,
cada parte, cada área,
de la cabeza hasta los pies.
Sintiéndote, me tocás, hondo.
Parece como si cada uno de tus dedos
atravesara mi alma y mi pecho por completo.
Y voy subiendo, pero respirando más y más lento.
siento que vos seguís temblando, y yo también tiemblo.
Paso a paso, escalón a escalón, recorriendo esas escaleras.
Y voy bajando, subiendo de nuevo, bajando y subiendo otra vez.
Mis ojos cerrados siguen escondiéndose, y otros sentidos se resaltan.
Busco tus labios con los míos, besándote suavemente en el camino.
Te rozo los brazos con las palmas de mis dos manos, despacio.
Y con un dedo trazo un sendero, escribiéndote un "te amo".
Escribo un corazón, escribo tu silueta, toda tu figura.
Escribo un sueño, un deseo, tu nombre completo.
Escribo una sonrisa, una canción, y un poema.
Escribo mis ojos, los imprimo en tu pecho.
Es donde se encienden, alumbrándote.
Allí descansan, cerca de tu alma.
Mirándote fijo, cuidándola.
Y me pongo sobre vos,
para abrir los ojos.
Ahí te encuentro.
Subo hasta la cima.
Susurro un "soy tuya"
directamente en tu oído.
Sonreís, te reís, cosquilleás.
Temblás, me acariciás despacio;
y me abrazás con fuerza, y apretás.
Y me estampás un beso tan inolvidable.
Me decís que me amás, que también sos mío.
Y allí nos quedamos, abrazados, arrojados ambos,
entregados pura y completamente al amor que recorre
el alma, el pecho, todo el cuerpo, de la cabeza hasta los pies
volviéndose tangible en cada momento en el que, mágicamente,
nuestros cuerpos se vuelven uno, uno y sólo uno, nada más que uno.