Una soga se desprende de mi columna vertebral. Se eleva levemente y da vueltas sobre mí. Llega hasta tu cuerpo y te envuelve en un girón.
Mis brazos ya no se llaman extremidades. Mi mano no termina, ya no es mi mano, porque se prolonga en la tuya, que ya tampoco es tu mano, simplemente una prolongación de la mía.
Así, mi brazo es tu brazo, tu cuello es el mío. Tus labios comienzan donde comienzan los míos. Tu pecho está pegado con mi pecho, vinculado, soldado, ensartado. Mi alma reside dentro de la tuya encontrándose en un eterno abrazo.
Allí, en la eternidad, se extienden nuestros seres. Y el ser de cada uno, ese que alguna vez tuvo principio y fin, se volvió eterno. Porque mi ser empieza en tu ser, tu ser empieza en mi ser, y terminan el uno en el otro, formando una nube eterea sin principio ni final, extendiéndose hasta el desenlace de la eternidad.
Porque te amo en lo infinito, y si el infinito finalizara, inventaría uno interminable para poder amarte, no con un "hasta", sino con un "siempre".