Soy débil a su carne.
Increíblemente debil.
Tan débil, que ante el primer aviso
que indique que está cerca,
que se aproxima,
que estoy por tocarlo,
el corazón se me acelera
y pierdo toda la paciencia.
Así, me desespero,
y busco a mi alrededor
para ver dónde se encuentra,
de dónde proviene ese aroma
que logro oler a tanta distancia.
Porque lo hallo,
lo hallo en el espacio,
lo hallo entre la gente,
porque es más que todos,
más especial, singular,
único, sin igual.
Está allí, brillando,
brillando más que todos.
Está allí, resaltando,
distinguiéndose,
rodeado de anónimos,
sin rostro, sin color.
Sólo él, ahí, alumbrando.
Dándome la luz,
abriéndome un camino
el cual transito despacio,
algo excitada, algo emocionada,
pero disfrutando cada paso,
hasta llegar a sus manos,
hasta llegar a su cuerpo,
hasta llegar a sus labios
y unirnos, en un beso eterno.