Es temprano, amanece.
Por las rendijas de la persiana
se filtran los rayos de un Sol recién nacido.
Caen sobre pequeños recuerdos
que se incrustan, como perlas
en la cadena de un viejo collar olvidado,
vacío, rústico, opaco.
Uno a uno, los eslabones se encienden.
Como si un fuego los envolviera
brillan incandescentes.
Se deshacen del polvo, de la desidia.
Se deshacen de las manchas de la incuria.
Poco a poco, recuperan la pureza.
Se vuelven resplandecientes
aún en la oscuridad.
Se vuelven eternos,
imprimiéndose en la mente:
imágenes preciosas,
grabadas en cámara lenta
se detienen en cada risa
para apreciar el instante.
La máquina ya no es máquina,
es ser: ama y siente.
Ya no es sólo polvo,
no se oxida ni se olvida:
se volvió oro, enceguese.
No sólo ve, sino que observa.
Graba los recuerdos,
los guarda con cuidado
depositando un nuevo beso
en cada nuevo final.
Promete conservarlos
hasta el fin de los tiempos.
Y cada noche, antes de dormir
reproduce sus favoritos.
Se sonríe, incansablemente
descubriendo su felicidad...
y descansa.