Hojas 417-418, Libro quinto. Edición de Corregidor, 2015.
Primer renglón, transcribo: "[...] ... una luz brumosa, la misma que llena su cuarto, gravita sobre la ciudad, moja los techos, aceita las calles y esfuma los horizontes; diríase que la pulverizada ceniza de un volcán flota en el aire y se asienta blandamente sobre las cosas. Adán (Buenosayres) estudia las ramas esqueléticas de los paraísos que, faltos ya de sus hojas, aún se aferran con uñas avaras al racimo de oro de las semillas. Imaginación... [...]"
Exactamente, imaginación en marcha. Aunque innecesario imaginar demasiado, pues la imagen mental no es inventada. Evoca un campo visual percibido típicamente de lunes a viernes por mis retinas, y a veces hasta sábados y domingos.
La silueta oscura, también de ramas esqueléticas como percibió Adán. Y también de paraísos, raquíticos por el frío invernal, que paulatinamente se va transformando en una primavera templada, equinoccio mediante.
Hay bruma en el aire, constituye mi espacio. Lejana la luz, mosaico blanquecino y grisáceo, sin turquesa brillante por los nubarrones que cubren la totalidad de lo visible. El concepto del cielo, idea construida y aprehendida en base a mis conocimientos previos y a mi percepción del ambiente. No sé si parecería tan lejana una nube si no supiera que el cielo no es un límite exacto. Y me refiero a esto porque la bruma está en el aire, tan presente que la atravieso con todo mi cuerpo. Dirija a donde dirija mi mirada, la veo allí. En un momento pareciera mutar a garúa, para luego dejar de ser algo detectable por mi límite de resolución visual, y pasar a formar parte de eso magno, tan vasto: el cielo.
Días como hoy, surge el sentimiento de encierro. Ese elemento constituyendo parte del aire, en mayor porcentaje que el común denominador de los días. Allí, indeciso si ser vapor o gota de agua, pero siendo agua en fin. Siento que mi atmósfera se reduce. Quizá el vapor de agua tan visible que me contacta y me humedece ojos, boca y nariz sea continuo hasta los límites de aquella, y se esté perdiendo allí donde la gravedad ya no ejerce suficiente aceleración como para mantener la materia bajo su control. Esa misma agua que me dificulta la visión, que es agua en fin. Que toca el edificio a la vez que toca el paraíso deshojado y mis manos sin guantes y mi cabello lleno de pequeñas gotitas que recién eran vapor, y ahora se condensaron. Que eran agua y siguen siéndolo, más allá de su estado de la materia.
Los paraísos se agitan con el viento y mojan a los transeúntes. Yo veo el sol sobre el edificio y detrás de las ramas que siguen esqueléticas, y lo seguirán hasta tan pronto el Sol y el calor dominen el día porcentualmente. El paisaje se teñirá de ese lila-rosado, decorando con un fondo amable a los contingentes recién salidos de haber cursado algunas horas de clase, rendir algún examen, trabajar en algún proyecto, dar alguna clase, reunirse con alguna persona. Dibujarán algo de color en la tarde cuando la luz anaranjada se deposite sobre ellos, justo antes de que ésta desaparezca tras el concreto e inunde de sombra las inmediaciones. Observarán luego del ocaso a los grupos que, en términos de festejo o no, apoyarán sus isquiones y compartirán ilusiones, mate o cerveza en mano, sobre algún trozo de cemento o algún metro cuadrado libre de pasto que quede en la plaza de la capilla. Verán sujetos gritando y encendiendo bengalas, llenos de confeti, guirnaldas, con humos de colores, uniformes recortados, vinchas floreadas y cabezas rapadas, fotografiados tras un recuadro improvisado que semeje alguna red social, grabando en la historia de sus vidas el momento tan clave de tantes que atraviesan esas calles cada día.
Los paraísos rodean la plaza y crecen incansablemente. Vaya a saber une hace cuántos años que están allí parados. Son parte de mi percepción de este lugar, hace cuántos años ya, que camino por Paraguay al dos mil cien. Quizá me gustaría usar el adverbio "incansablemente", pero es que soy humana, y es cierto que la vida y los años pesan, cansan, agotan. Aún en la felicidad de hacer lo que se desea, lo que se ama y anhela.
Los paraísos me inspiran las ganas de fotografiarlos, aún con este deshoje que los tiene esqueléticos, porque aún así son bellos, porque no sólo los recuerdo con ese color intenso que me alegra la visibilidad durante los meses estivales. Los admiro así, raquíticos, acá en el límite entre Recoleta y Balvanera, como los ve Adán en Monte Egmont, despertándose una mañana en Villa Crespo. Paraísos de Buenos Aires, ciudad de aire humeante, nervios alterados y corredores de tiempo compulsivos. Sociedad compungida entre medio del trajín y la vorágine del siglo XXI. Atraviesan las veredas y el pavimento con una mano tomando el aparato, con la vista en un ángulo de veinticinco grados hacia abajo con respecto al horizonte, que acá no existe como línea recta: es un conglomerado de concreto, mires a donde mires.
Me detengo con cuidado de no ser obstáculo en la línea punteada que esquematiza la trayectoria que alguno de estos cuerpos humanos recorrerá en el futuro inmediato. Miro hacia arriba, allí el Sol en lo alto, tras los nubarrones heterogéneos blanco-grisáceos, le hace de sombrero al edificio de forma cómica que hace de casa de mi Universidad. Por delante en el plano visual, ramificaciones incontables de un tronco delgado, pero firme.
Ventaja de la tecnología: cuento con un teléfono, está en mi bolsillo. Lo saco, lo acomodo, presiono el obturador.
Ramas esqueléticas y bellas de un paraíso. Facultad detrás, sol radiante, pero oculto en un río atmosférico de cúmulos de lluvia. Entre medio, el agua. Me toca, toca el concreto, los paraísos raquíticos, las mismísimas nubes. Me aplasta y me tracciona, lucho con su peso. Me alejo caminando. Y en el siguiente párrafo de la historia imaginada por Marechal, Adán se dirige a la mesa, alejándose de la ventana en Villa Crespo. También hay bruma en su habitación. Agua vapor o condensada, que nunca dejó de ser agua, ni en la novela, ni en Villa Crespo, ni en este momento, en el aire, en las calles, formando la mayor parte de la materia viva. Siendo indispensable en nuestro cuerpo, y manteniéndonos vivos. Pero también en las tráqueas, ahogándonos.
Agua, en fin.
"que a tan doloroso extremo lo conducía..."
mañana de café negro
pies y medias mojadas
salpicaduras de baldosa floja en las botamangas
ojos empañados
¿llorar bajo la lluvia es llorar realmente,
o es simple empatía con el clima?
llorar que antes parecía
un desgarro del alma
un dolor insoportable
llorar
sinonimia de debilidad
(y no quería ser débil)
será peor serlo
o creerlo
parece que no es,
pero es
reiterar en
lo inútil o feo
que me veo
cuando me veo
bajo la cortina
del llanto
incesante
aunque quizá
esté asimilando
ese verbo que tanto
me daba miedo conjugar
en primera persona
puede que esté aceptando
que es algo natural
como la lluvia
lluvia que antes usaba
para ocultarme debajo
en silencio mientras lloraba
(¿quién?)
lloraba
pretérito imperfecto
sin indicar persona
puedo quitar
la responsabilidad
(lloraba alguien)
puedo quitár-
mela
alguien estaba
ejecutando el acto
manteniéndolo en el tiempo
oculto el semblante
taciturno
perecedero
y mutar desde
ese ocultamiento
pasar del escondite
a la compañía maravillosa
de la lluvia estremecedora
como se acompaña al sol
con una sonrisa autómata
al andar bajo su manto
garue o llueva torrencialmente
lluvia igual será
no me esconderé
para llorar
por qué ocultarse bajo
la nube descargándose
por qué
enseñen que no hay lugar
para los débiles
que se acobardan en su
humanidad
no la aceptan
la niegan
(o les dijeron que hagan eso)
y transformar el concepto
de llanto
que quiero llorar realmente
y a la vez reír
y a la par sentir
que mi empatía con el clima
es más que suficiente
y si me preguntan
y respondo
y me piensan débil
solo bastará con
evocar
en el alma
la humanidad
y lloraré
salud pública
cambia el sonido de la voz
pasa del color normal habitual
al tinte risueño
chiquitita parece
inmiscuida entre la lana del abrigo de hoy
porque hizo más frío
que los últimos días
y es la única que está bailando en el colectivo
a la vez que se cuestiona
por qué ya nadie baila
ya nadie saluda o dice "buen día"
o por qué todes miran mal
y se arrojan une encima de otre
para ocupar un asiento
un asiento de mierda
si total se va a pasar la mañana sentada
escuchando una clase
y de golpe alguien cae sentado
sobre la butaca
y el cansancio en los ojos denota
la necesidad de ese asiento
y después llego
al hospital
la cola eterna
hay más de 100 personas
qué digo cien
deben ser doscientas
buscan un turno
distribuidas en las escalinatas
de la entrada
o quizá en la caracol interna
-más si llueve-
están parades
hacen fila
buscan salud
están parades para ver
cómo hacer
para cuidar lo más preciado
que tienen
eso que no pueden comprar si falta
-y cuánto más que no pueden comprar-
y yo pretendiendo
que la cara de perro
no sea algo habitual
tonta
ilusa
utópica
ojalá todes puedan sentarse
en una butaca
camino a casa
Silencio en la noche.
Tanto silencio que quizá
hasta se logra escuchar
el roce de esa gruesa gota
que suave y distraídamente
atraviesa la mejilla escarlata.
Afuera en la noche, otras gotas
no tan suaves ni desapercibidas
inundan las calles del barrio
que la vio crecer.
Caen como ese otoño,
aunque ahora sea primavera.
Sueña con poder materializar el recuerdo
y se esfuerza para recuperar la forma
y el color de la cara,
el tono de voz, la calidez de la piel.
Sueña con la eternidad de la memoria
para preservar su capacidad de evocar
esos partidos de truco
con su queja insistente cuando descubría
que la estaban dejando ganar.
Sueña con no olvidar siquiera
el sonido de los ronquidos.
Su sitio en el sillón, el aroma del perfume
mezclado con tabaco, y a veces un poco de vino.
La hora de la pastilla y la hora de la siesta. La hora de que se vayan y el abrazo eterno.
Eterno es para une lo que vive en un recuerdo inagotable.
Ella sonríe y otra gota brota.
Sabe que no van a volver. "Es la ley de la vida" le dijeron.
Ella sonríe igual porque descubrió que sólo muere quien se olvida.
Al menos espera que su mente le juegue una buena pasada,
y se les traiga durante la noche,
en compañía del silencio,
con esa lluvia de fondo.
Que traiga sus caras arrugadas, y sus manos manchadas.
La mirada de sabiduría en ella,
que se perdió en los últimos tiempos
en el pasado del pasado.
Las típicas frases que él gustaba decir "cuando yo era pibe el café con dos medialunas salía cincuenta centavos".
Traéselos en sueños, mente mágica, divina.
Que tiene ganas de verles de nuevo... que hace tanto que no vienen por acá.
Dale cabecita, haceme soñar.
Otra hoja rota.
La de hoy, desprendida de un recetario.
"quiero decirte que..."
y no termino la frase
no sé qué quiero decirte
temo que
al decirlo
te sorprendas
te alejes
te vayas
y yo acá
diciendo
haciendo
escribiendo
una narrativa
que es escueta
y sencilla
pero prosódica
quiero que sepas que
no sé por qué
tu presencia en
el mundo
me da ganas de
escribir
y
escribo
escribo
sobre vos
no importa
lo que diga
o escriba
no importa
si hay sentimiento
ni cuánto ni cuál
describo
o la fruición
en mi afán
por expresarme
o la connotación
de la prosa
o el poema
simplemente importa
que tu cara
sí
tu rostro
cuello cuerpo
miembros pies
alma ser
se dibujan en mi
memoria
al escribir
y narro
sin perspicacia
ni metáforas
narro con la fluidez
del agua clara
del canal
te veo en el aire
te huelo en una rafaga de primavera
quedate acá
quiero confesarte que
me gusta mucho
la forma de tu alma
y le digo alma porque
no sé cómo decirle, sino
a esa energía que emana
del centro de tu ser
minuto a minuto
quizá te parezca un poco
cliché
tonto o aniñado
que esté escribiendo esto
podría haber empezado
con la frase que acompañaba
estos hechos en la niñez
("querido diario...")
podría haber empezado
a decirte tantas cosas
como por ejemplo
que me gustó dormir
con vos
y me gustó despertarme
y tenerte
agarrado
cual garrapata
quizá te parezca un poco
apresurado
rápido o apurado
leer que escribo estas cosas
podría haber guardado
toda esta sensación
en el fondo de mi alma
y le digo alma porque
no sé cómo decirle, sino
a esa energía que emana
del centro de mi ser
minuto a minuto
puede que quiera que
tu alma y mi alma
se encuentren
en un camino
puede que quiera que
al mismo tiempo
una ráfaga sutil
nos despeine
puede que quiera que
el reloj marque
la hora y día
del próximo encuentro
y que tu sonrisa
encuentre a la mía
en el contexto de
unos mates
o una birra
con o sin música de fondo
de noche tarde o día
pero que se encuentren
porque me gusta mucho
verte sonriendo
y me gusta tanto que
termina haciendo
que sonría yo
como cuando te beso
o como cuando
me abrazas
o como cuando
tu mejilla se apoya en la mía
y me dan ganas de dejarla ahí
calentita y protegida
bajo el cuidado
de tu ser
me gusta tanto mi barrio porque
es tan bajito
que me deja ver estos cielos
desde tempranito
ojalá nunca construyan ni edificios ni torres
para que la magia quede intacta
y haya pajaritos cantando
y pocos autos pasando
y que une vecine salga temprano a baldear la vereda y te diga buen día
mientras respirás hondo el aroma
a flores que recién se abren
y mirás el verde de los árboles
que crecen con sus copas
doblándose hacia la calle
que no me falte el barrio
que sin el barrio no soy
deposité mis sueños en una caja de cartón
quedaron allí olvidados
mientras el tiempo pasaba
enterrados bajo un manto
que los impregnaba
murieron un día
no velé por ellos
su muerte no fue más que
una leve nostalgia
mi mente sigue vaciándose
esperando un torbellino
que sacuda el mundo entero
y quizá en una de esas
las vibraciones movilicen
la putrefacta cajita
en la superficie de nuevo
asirla, abrirla, desenrrollar el pergamino
releer los sueños con una pluma en mano
y quizá así descubrir que
todo sueño ya era un hecho
porque aprendí de una vez
a explotar la condición de ser humana
convirtiendo los sueños en acciones
sin necesidad de ordenaciones
sólo con un objetivo puntual:
dejar a mi instinto gobernar
Respiro. Inhalo. De nuevo.
Escribir. Sin objetivo.
Se mueve la lapicera.
Fluye. Sola.
Empiezo una narración
que no tiene sentido.
La borro. La tacho.
Rompo la hoja.
Otra hoja más que muere.
No soporto el peso de los párpados.
No los aguanto más.
Caen sobre mí. Mi ser.
Y me enredo con esa bolsa de conjuntiva.
El cansancio del día.
Al lado yace la hoja muerta.
Tomo el cuaderno.
Construyo un prólogo.
Comienzo una nueva historia,
una de esas que me gustaría vivir.
Acudo a mi imaginación.
Vasta amiga que me acompaña.
Me mece en la hamaca de la posibilidad.
Un mundo entero de probabilidades.
Un azar inmenso frente a mis ojos.
Lapicera en mano, vuelve.
Se desliza sobre la hoja,
íntegra, completa hoja.
Imagino mi hoja terminada.
Imaginada siempre.
Nunca parecieran tener final.
Punto y seguido o punto y aparte.
Detener la escritura sólo por ese afán humano de concluir.
El orden de las cosas.
Lo metódico.
Introducción, nudo, desenlace.
Imagino mi hoja terminada.
Pienso en el día de mañana.
Probablemente vuelva a esto.
Tome la hoja. Relea.
Respire. Inhale. De nuevo.
Ciclos ventilatorios dando forma a la vida.
Ciclos de escritura dando vida a la forma imaginaria.
Escribir... ¿sin objetivo?
¿o quizá es que mi alma
con toda su fruición
se encuentra inexorablemente
fuera de control,
dominando mi impulso
la motricidad de mis manos
y el poder del imaginario?
Alma que escupe palabras y frases,
sin sentido, sin cesar,
buscando la eterna, profunda
y efímera
saciedad
del ser.
llevar un aroma impregnado en la nariz
evocando huellas mnémicas de la semana anterior
de la noche de ayer
llega para quedarse
como esos olores que se remontan
a la primavera de la infancia
que se manifestaba pueril
ante los ojos que recién se abrían
a la historia de su razón que estaba manifestándose
lentamente
en la medida que sus haces mielinizaban
en el momento del crecimiento máximo pero sutil
donde el resto ni se imagina la gran guerra
que convive en nuestro corazón
coexistiendo
con la necesidad imperiosa
de algún día
vernos amanecer
la mente reconoce al cuerpo como propio
como límite
como envase que alberga
lo único de lo cual une
está segure
que posee
y todo lo que es
todo lo que une es
separa este
cuerpo
y estos
sentimientos
de lo que rodea
y amenaza con eliminar
esa inocencia que tanto
caracteriza su sentir
-derribar el paradigma
es parte del juego-
y de cuando en cuando aparece
aroma que huelo en cada ventilación
inspiro profundo por la nariz
y tu cara y tus labios parecen estar tan cerca
y tu hombro suave
tu piel tibia
tu brazo rodeábame el cuello
tu mano rodeábame el muslo
y de cuando en cuando se movía hacia arriba y hacia abajo
cómo explicar la plenitud
del alma
cuando uno se abre a un otro
como un libro de viejo encuadernado
no me puedo dormir
no dejo de pensar
no sé por qué
no paro de sonreír
tampoco sé por qué
no puedo explicarlo todo
y menos explicar cómo
tal energía invisible
tracciona de mí cual pulsión
pero está acá
me tracciona
y yo me dejo llevar
quien pudiera soportar
las tremendas reminiscencias
del aroma a primavera
cuando la primavera fue la que
en un atropello
levantó por los aires
a esa muchachita
que pensaba que tenía los pies
bien firmes
en el suelo
y sutiles son
los recuerdos
[mecanismos de defensa
ya hicieron lo suyo]
pero hay marcas que prevalecen
permanecen en la piel
no
se
van
son conexiones
córtico límbicas
si entrás con un bisturí
te pido
rompé
volá todo
hacé como los de Lacuna
y dejame así
sin el recuerdo de un sentimiento
que fue
y que no será ya
porque el dolor destruyó
todo y más
más que todo
destruyó todo
y me destruyó hasta a mí
me arrastro
reptilácea
quizá cuando llegue
a Montauk
descubra que me
estás esperando
mientras tu mente sin recuerdos
resplandece
eternamente
lugares a los que fui
a los que quiero ir
a los que nunca iré
me remonto al pasado
al encanto de los días
o quizá al hastío
todo depende de quién
caminaba a mi lado
hay silencio en el barrio
-o no es el barrio,
es el corazón-
no escucho
ni siento
camino por inercia
soy un autómata
naufragando
(sigue sangrando)
en un mundo
tan
social y cálido
o eso dicen
animal social el hombre
compañía necesaria
necesario y sano es
compartir
conocerse
encontrarse
o eso dicen
estamos acá
envueltes en
estos principios
y estas ideas
los compartimos
los sentimos en sociedad
vamos todes por el bien
de todes
[o eso dicen]
está normalizado
tan así es
tan acá es así que
no nos preguntamos
no nos planteamos si
quizás
es lo correcto
si
quizás
nos hace bien
y tan acá hay
tanta gente
que me pone ansiosa
me da
claustrofobia
[me refugio
en el sitio recóndito]
y quiero salir
[corriendo]
y no puedo levantar la mirada
[está acá]
dónde está el lugar al que fui
y al que no quiero volver a ir
y a cual quiero dirigirme
(está acá)
dónde está
(no sé)
(¿está acá?)
no sé
pero espero que
mi corazón
me lleve
cielo de ocaso
purpura rosáceo
tintes de suavidad
y gotas de rocío
iniciando un atardecer
en el saliente
estrellas brillantes
primeros luceros de la noche
la calle y su reflejo
hace eco de la puesta de sol
las esquinas hacen eco de
la puesta del hombre
trajeado o ajetreado
hombre de oficina
mano curtida y semblante roto
billete en el bolsillo
vacío el corazón
la puerta del hogar
carece de amor
la comida sabe a refrigerador
ase el control remoto
prende el aparato desde el sillón
televisa un evento que ocurre
lejos
y que no ocurre ahora
sino que pasó
en algún momento
lejos
lejos
la humanidad inhumana
deshumanizada
lejos de estar acá
está más allá
pese a compartir
tiempo
y lugar
con partir las horas
de uso de ordenador
y televisora
basta
compartir espacio
obligado
por ser humanos en la tierra
haber nacido bajo el mismo
techo
el mismo vientre
la misma ala
humanidad humeante
agoniza entre las llamas
se incendió la familia
la empatía
el respeto
mueren
se reducen a cenizas
humanidad silente
que amordazada y
vendados los ojos
llora escondida
la pérdida del valor
humanidad extinta
en una pura paradoja
pues alcanza su fin
cuando la especie que la forma
llegó a su máxima expansión
beber rocío de unos labios
dulces como un néctar de rosas
que se entreabren en suspiros
leves, suaves, repetidos, repentinos
inesperados
labios que se mueven
mientras que el interlocutor
articula unas palabras
que la observadora escucha
atenta
o no tanto por momentos
pues se pierde al observar
los detalles de su rostro
y de su forma de mirar
e interrumpe el soliloquio
porque los quiere besar
labios que se estiran
mientras que el sujeto en cuestión
esboza una sonrisa pueril
asociada a un bienestar
labios que están a punto de sufrir
una solución de continuidad
por la insistencia de unas mordidas
que no se pueden controlar
labios cálidos de vida
esconden tierna humanidad
ese primer signo de acción
cuando se encuentran en un beso
entre dos que se encienden
en presencia uno del otro
y algo más de calor
empieza a generarse
con una mano que despeina
otra que corrompe la vestimenta
para dar paso a una caricia
de esas que convierten
la llama de una vela
en el fuego inmenso
que todo reduce a cenizas
sutil murmullo audible
de alguna esquina o tertulia cercana
no interrumpe el encuentro
se esconden de la sociedad
para dar lugar a la intimidad
a esa cosa de a dos
que les hace vibrar la panza
y respirar con más intensidad
sin poder ocultar el placer ya
aunque quisieran que así sea
sin necesidad tampoco de
guardarse las ganas
de entregarle al otro un gesto
que le encienda la noche
llevándole a desear que no llegue
el momento en el que Febo
anuncie su llegada
y se comience a asomar
los dos polos
abrirse
cerrarse
florecer y
de inmediato
adentrarse
el temor de
desnudarse
demostrarse ante el otro
débil
transparente
sincero
poner en sus manos
la expresión real
auténtica
del Ser
ama
y le teme
y lo grita
y se arrepiente
se oculta bajo la sombra
de un pino seco
el Sol la alcanza igual
puede verse ya
desde lejos
su cuerpo temblando
huye rápido
atravesando el bosque
resuena la hoja caduca
bajo sus suelas
ama tanto que
roza el odio
culpa al cielo y al día
a la noche y las estrellas
le llora al Universo
esconde la verdad
detrás de sus ojos
esconde no menos
que la dualidad
tanto la sufre
que no sabe
como manejar
ama y odia
busca el equilibrio
sobre ese binomio
sin comprender
que la búsqueda
es vana
que allí están
constituidos
los dos polos
dando el balance
universal
el Uno rompiéndose en muchos
los muchos reuniéndose en Uno
como diría entonces
Empédocles
amor y odio dominando
la cohesión de las partes
y su disgregación
se cae la venda de sus ojos
en cuanto el sol amanece
saluda el nuevo día
tras que una soga dura
tensa, larga
atados sus extremos
en dos galaxias cercanas
se extiende entre
los dos polos
ella se para en el centro
ya no hay sombras
que la oculten
ni bosques de coníferas
a donde correr
y la soga la roza
una fuerza tangencial
le lastima la piel
solución de continuidad
sangra sobre la tierra
sin poderse sujetar
de un lado el amar
del otro, el odiar
el sol la saluda
la Luna se hace el lugar
el cosmos sigue su historia
murieron el este y el oeste
sólo hay norte y sur
se le redujo el todo
a dos simples dimensiones
tanta tensión hay
y el terreno no resiste
se agrieta el suelo
se abre paso un mar
donde encuentra su final
como lo encontró Egeo
cuando las velas de Teseo
no supieron virar
de negras a blancas
más dualidad
inverosímil sospechar
que gobiernan
en constante equilibrio
balanceando las fuerzas
que mantienen al cosmos
flotando en el vacío
sin que una de sus partes
gane tanta gravedad
que con su peso se lleve
todo lo demás
así como podría
digerirse el mundo ajeno
de un solo mordisco
cuando enceguecida por
el sentimiento del extremo
el blanco o el negro
el odio o el amor
se apropian de su libre albedrío
para poseerla por completo
y asesinarle la razón
Cruzó la calle sin mirar. Confiaba en que su oído anunciaría si había un automóvil o una moto en la proximidad. Había algo de niebla y eso la perturbaba; era una de esas mañanas donde lo tétrico se hacía sentir, ya sea esa interacción entre la humedad en exceso y la baja temperatura, o por la angustia generalizada que había.
La puerta del colegio se llenaba de chicos y chicas. Ingresaban, algunos rápidamente, un grupo se quedaba charlando en la vereda, otros se vitoreaban apenas percibían la cara del amigo cerca. Cuánta inocencia guarda consigo la niñez.
Sus pies marchaban con rapidez. Otro día de salir tarde de casa. Probablemente llegaría tarde al hospital por quinto día consecutivo.
Le quemaba la sien como si tuviera una llama encendida, mientras el resto de su cuerpo tiritaba bajo la ropa de abrigo. Los días anteriores había remontado un poco la temperatura, y la mañana de la fecha estaba inusualmente fría, como si septiembre nunca hubiera empezado.
El andar se aceleraba, un poco por la intención de llegar a tiempo, otro poco por la falta de concentración en el paso a paso. Su mente divagaba en tonos de azul oscuro y negro. El verde estaba ausente como nunca. Un amarillo se cruzaba de cuando en cuando, generándole un sentimiento de repulsión.
Esa ira que le invadía la consciencia no hacía más que rechinarle los dientes y refunfuñar por lo bajo.
Parada ya en la esquina, pie sobre vereda, pie sobre asfalto, esperaba impaciente. Los autos pasaban con los limpiavidrios activos, luchando contra la niebla espesa que amenazaba con perdurar.
Un piano sonaba en sus oídos, mientras se mecía al compás. Había un niño parado a escasos metros. Tenía una mochila de cuatro pequeñas rueditas, con un dibujo estampado. Levantaba sus manitas en dirección a un hombre, no mayor de 40 años, que le negaba la subida a upa. El niño refunfuñaba. Ella se rió, porque también refunfuñaba. Pero las razones eran tan diferentes, que la inocencia en ese pequeño le generó ternura. Ternura tal que se convirtió en nostalgia, y de pronto, la piel erizada no era por frío, sino de emoción. Y la cara mojada no era humedad de la mañana, era una lágrima que brotaba silenciosa, casi sin anunciarse, quizá con un leve borramiento de la visión en el segundo previo.
El sabor salado llegó directo a sus papilas, cuando la gota recorrió la mejilla para depositarse sobre la comisura labial izquierda. Tomó un pañuelo y se lo pasó disimuladamente por la cara.
Cuánta nostalgia, cuánta inocencia alberga la niñez, cuánto más fácil se percibe el mundo. El poder de la felicidad en manos de los progenitores, tan sencillamente obtenible como quien logra conseguir que lo alcen a upa y dormir sobre un hombro. El hombro que significa seguridad plena. El brazo que no es un brazo sino un hogar.
El piano seguía sonando y su mente seguía divagando. Algunos recuerdos se hacían tan tangibles en su mente. Qué distante todo. Cuánta agua había pasado por debajo del puente que la separaban de esa niña pequeña de flequillo despeinado, sonrisa pícara y mirada curiosa. Cuánta vida había transcurrido por el medio.
Recordaba el sentimiento de sentirse grande siempre, pensar que podía, que había crecido más que el año anterior. Ese sentimiento de grandeza cuando se paraba detrás de la puerta de la habitación, donde marcaban con su hermana la altura alcanzada hasta el día de su cumpleaños, año tras año. Reír con el paso del tiempo cuando las alturas empezaron a asemejarse, y reñir hasta altas horas de la madrugada porque la menor, de a poco, iba superando la altura de la mayor. Cuán fácil le era sentir que crecía, en aquel momento, de sencillez, de juego, ante un mundo percibido masticado a través de los sentidos de mamá y papá.
Cuán fácil había sido alguna vez. ¿Por qué ahora era tan distinto? Se miró las puntas de los dedos, el frío los había puesto blancos. En su cabeza deseaba que el colectivo no viniera tan lleno, que parara, que pudiera subir. Quería dejar de tener frío. Quería leer la novela que había empezado hace unas semanas, y estaba a punto de terminar. Introducirse en el mundo irreal de Crimen y Castigo, para olvidar por un rato la realidad actual, para dejar de lado un poco esos recuerdos nostálgicos que tan bien no le hacían. En su cara se notaba la expresión de indiferencia, el dolor se había llevado puesta la sonrisa del día a día que solía presentar dibujada en su cara.
Miró al cielo y contempló ese blanco grisáceo que esconde un celeste detrás. Otra mañana en la que el cielo también llora un poco. Otra mañana más de un vacío intenso, enorme, prolongado. Fagocita lentamente lo que lo rodea, alimentándose, creciendo en tamaño, antero-posterior, latero-medial, céfalo-caudal. No se detiene y sigue llevándose presas. Las elimina por completo sin pedir rescate, sin ofrecer opciones, sin negociar una posibilidad. Porque no las hay. Las posibilidades se agotaron. Quedan unas pocas, quizá las mismas que alguna vez se consideraron.
Ella pensó que si la historia se repetía, sería una broma. Parecía una broma. El piano no deja de sonar y las lágrimas siguen ahí contenidas. Las retiene respirando hondo, quizás al ritmo de la melodía que inunda sus oídos.
Deja, deja a la música que se adueñe. Prefiere enfocar su atención en el sonido de las teclas, que se escucha muy sutilmente en el fondo de la grabación.
Se quiebra el corazón de a poco, no sólo de pensar en el suyo propio, sino de todos aquellos que no están esperando un colectivo para ir a cursar una materia. Aquellos que no tuvieron la chance, la posibilidad. Aquellos a los que la vida les dio la espalda, los que quedaron por fuera, y no por elección, sino por la cuna donde nacieron. Aquellos de los que el gobierno se olvidó. De los que la gente también se olvida, porque pareciera que la mierda de uno mismo huele mejor que la de los demás.
Se quiebra el corazón y culpa a la razón por tanto dolor y empatía. Divisa el colectivo cuyo número es el correcto, levanta el brazo derecho, respira hondo. Ya no sabe si tiene frío o es que se erizó por la sensación que le quedó. Pero culpa a la razón una y mil veces, y recuerda con nostalgia la cara de la pequeña, la del flequillo despeinado, la que se aparece de golpe parada al lado de ella, con no más de un metro diez de altura, tironeando de la chaqueta de su ambo. La mira, y llora. Llora quién sabe por qué, llora porque sueña, llora porque su razón no le permite pensar con frialdad. ¿Y no es acaso, lo especial? ¿No son, sino, la inocencia y la ternura, las que vieron nacer los sueños? En el vientre de la niñez se forjaron, gradualmente, como ideas incipientes de escaso valor para quien lo viera de afuera. Y sutilmente, o de forma paulatina, fueron ganando fuerza, valor, importancia. Un sueño que se empezó a hacer real, en la medida que se invirtieron horas de vida en su desarrollo, en su explotación, en verlo crecer y llegar a cumplirse... o estar a pasos.
Y la pequeñita, que aún tironea, la mira incesante, fijo en los ojos, con lágrimas brotando también. La pequeña no sabe qué o cómo hacer, pero insiste. Y ella la mira con dulzura y promete no defraudarla jamás.
Sube al bondi, un día más que empieza. Un día más de lucha colectiva que no parece terminar nunca. Otro día de soportar el peso sobre los hombros, la responsabilidad colectiva. Tomar decisiones con los demás, hacer política. Llegar a casa de noche con los ojos cansados, pero el alma más cansada aún. Una tristeza insoportable pero necesaria, que indica que la vida es, que dura y que no perece. Que hay sueños que quedan por cumplir. Que hay niños y niñas que vienen del pasado y se presentan, a cada rato, al costado de una botamanga, para levantar el brazo, prensar lo primero que tengan al alcance -una manga de una campera, un auricular distraído, un pañuelo colgando de una mochila-, y tirar con fuerza. Tirar con la fuerza tan inocente pero tan fuerte de la niñez, que viene a recordarnos con sutileza y nostalgia el rol que asumimos con el simple hecho de crecer. Que viene a recordarnos que dejar de pelear por los sueños es fallarles. Que viene a hacernos ver que sólo cumple su sueños quien resiste.
y mientras tanto encontramos
luz
donde menos lo esperamos
ahí de nuevo está
esa magia del ser humano
en darle un sabor dulce
a tanta amargura y dolor
la ira se puede convertir
en un cielo de color
clarín miente
los medios te cuentan lo que no es
y les creés
el copy+paste se convirtió
en el cáncer de nuestra generación
metastiza tan fácilmente
no hay límite ni precaución
y a esta angustia infinita
se suma la desolación
el sentimiento de abandono de nuevo
tanto amarillismo
y el cuarto poder
que pasa desapercibido
te cuenta lo que no es
y le creés
cuánta realidad entra
en la apertura del lente
de una cámara de grabación
preguntátelo cuando veas
en persona y con tus ojos
lo que ocurre en la calle
a la vuelta de la esquina
el descontento de esas almas
que salen día a día
a marchar con su bandera
a defender su lema
bancar a fondo la idea
y no dejarse vencer
"antes muerto que vencido"
cuántas almas se llevará consigo
este presente oscurecido
esta patria que se quiebra
como la tierra cuando vibran
las placas más profundas
con un epicentro que
mete miedo al más valiente
como se quebró la piel
de las rodillas de aquellos
que cayeron ya sin fuerzas
para seguir de pie
sin poder morir erguidos
porque alguien los empujaba
con malicia y desinterés
mientras te venden una fachada
que todavía no entendés
cómo hay quienes que la creen
si no hace más que
parafrasear pura pavada
el cuarto poder se alza
día tras día, por encima
de todos y de todas
manejando la cabeza
de aquelles que tienen
un espíritu débil
y sin darnos cuenta
van ganando de a poco
tomándonos a quienes
intentamos negarnos
a su pan de cada día
para construir
nuestra propia
noción
(¿cuánta noción hace falta
para ser prudente?
¿cuántos sueños hay que matar?)
buscar algo en el cielo
o en el patio
o parada en la puerta
detrás de la cancela
que, a medio abrir, cruje
y es la noche que
le da la connotación
terrorífica, por supuesto
el chirrido se combina
con la histeria colectiva
y los estupefacientes
los oídos duelen un poco
la cabeza mareada
no de humo y alcohol
sino de hastío acumulado
luego de una semana
de política y reunión
la luz incide en un ángulo agudo
mientras escribir se convierte en
un medio
una herramienta
auténtico y necesario
pero insuficiente
buscar algo en el cielo
en el patio
en la escritura
buscar y no encontrar
más allá de lo que
parece ser
un flechazo certero
buscar algo que alivie
y afloje tanta tensión
buscar algo que
nos deje respirar
entre tanto harponazo
revoleado al azar
que nos atraviesa de lado a lado
y nos hiere el corazón