Respiro. Inhalo. De nuevo.
Escribir. Sin objetivo.
Se mueve la lapicera.
Fluye. Sola.
Empiezo una narración
que no tiene sentido.
La borro. La tacho.
Rompo la hoja.
Otra hoja más que muere.
No soporto el peso de los párpados.
No los aguanto más.
Caen sobre mí. Mi ser.
Y me enredo con esa bolsa de conjuntiva.
El cansancio del día.
Al lado yace la hoja muerta.
Tomo el cuaderno.
Construyo un prólogo.
Comienzo una nueva historia,
una de esas que me gustaría vivir.
Acudo a mi imaginación.
Vasta amiga que me acompaña.
Me mece en la hamaca de la posibilidad.
Un mundo entero de probabilidades.
Un azar inmenso frente a mis ojos.
Lapicera en mano, vuelve.
Se desliza sobre la hoja,
íntegra, completa hoja.
Imagino mi hoja terminada.
Imaginada siempre.
Nunca parecieran tener final.
Punto y seguido o punto y aparte.
Detener la escritura sólo por ese afán humano de concluir.
El orden de las cosas.
Lo metódico.
Introducción, nudo, desenlace.
Imagino mi hoja terminada.
Pienso en el día de mañana.
Probablemente vuelva a esto.
Tome la hoja. Relea.
Respire. Inhale. De nuevo.
Ciclos ventilatorios dando forma a la vida.
Ciclos de escritura dando vida a la forma imaginaria.
Escribir... ¿sin objetivo?
¿o quizá es que mi alma
con toda su fruición
se encuentra inexorablemente
fuera de control,
dominando mi impulso
la motricidad de mis manos
y el poder del imaginario?
Alma que escupe palabras y frases,
sin sentido, sin cesar,
buscando la eterna, profunda
y efímera
saciedad
del ser.