Silencio en la noche.
Tanto silencio que quizá
hasta se logra escuchar
el roce de esa gruesa gota
que suave y distraídamente
atraviesa la mejilla escarlata.

Afuera en la noche, otras gotas
no tan suaves ni desapercibidas
inundan las calles del barrio
que la vio crecer.

Caen como ese otoño,
aunque ahora sea primavera.

Sueña con poder materializar el recuerdo
y se esfuerza para recuperar la forma
y el color de la cara,
el tono de voz, la calidez de la piel.
Sueña con la eternidad de la memoria
para preservar su capacidad de evocar
esos partidos de truco
con su queja insistente cuando descubría
que la estaban dejando ganar.
Sueña con no olvidar siquiera
el sonido de los ronquidos.
Su sitio en el sillón, el aroma del perfume
mezclado con tabaco, y a veces un poco de vino.
La hora de la pastilla y la hora de la siesta. La hora de que se vayan y el abrazo eterno.
Eterno es para une lo que vive en un recuerdo inagotable.
Ella sonríe y otra gota brota.
Sabe que no van a volver. "Es la ley de la vida" le dijeron.
Ella sonríe igual porque descubrió que sólo muere quien se olvida.
Al menos espera que su mente le juegue una buena pasada,
y se les traiga durante la noche,
en compañía del silencio,
con esa lluvia de fondo.
Que traiga sus caras arrugadas, y sus manos manchadas.
La mirada de sabiduría en ella,
que se perdió en los últimos tiempos
en el pasado del pasado.
Las típicas frases que él gustaba decir "cuando yo era pibe el café con dos medialunas salía cincuenta centavos".
Traéselos en sueños, mente mágica, divina.
Que tiene ganas de verles de nuevo... que hace tanto que no vienen por acá.

Dale cabecita, haceme soñar.