Cruzó la calle sin mirar. Confiaba en que su oído anunciaría si había un automóvil o una moto en la proximidad. Había algo de niebla y eso la perturbaba; era una de esas mañanas donde lo tétrico se hacía sentir, ya sea esa interacción entre la humedad en exceso y la baja temperatura, o por la angustia generalizada que había.
La puerta del colegio se llenaba de chicos y chicas. Ingresaban, algunos rápidamente, un grupo se quedaba charlando en la vereda, otros se vitoreaban apenas percibían la cara del amigo cerca. Cuánta inocencia guarda consigo la niñez.
Sus pies marchaban con rapidez. Otro día de salir tarde de casa. Probablemente llegaría tarde al hospital por quinto día consecutivo.
Le quemaba la sien como si tuviera una llama encendida, mientras el resto de su cuerpo tiritaba bajo la ropa de abrigo. Los días anteriores había remontado un poco la temperatura, y la mañana de la fecha estaba inusualmente fría, como si septiembre nunca hubiera empezado.
El andar se aceleraba, un poco por la intención de llegar a tiempo, otro poco por la falta de concentración en el paso a paso. Su mente divagaba en tonos de azul oscuro y negro. El verde estaba ausente como nunca. Un amarillo se cruzaba de cuando en cuando, generándole un sentimiento de repulsión.
Esa ira que le invadía la consciencia no hacía más que rechinarle los dientes y refunfuñar por lo bajo.
Parada ya en la esquina, pie sobre vereda, pie sobre asfalto, esperaba impaciente. Los autos pasaban con los limpiavidrios activos, luchando contra la niebla espesa que amenazaba con perdurar.
Un piano sonaba en sus oídos, mientras se mecía al compás. Había un niño parado a escasos metros. Tenía una mochila de cuatro pequeñas rueditas, con un dibujo estampado. Levantaba sus manitas en dirección a un hombre, no mayor de 40 años, que le negaba la subida a upa. El niño refunfuñaba. Ella se rió, porque también refunfuñaba. Pero las razones eran tan diferentes, que la inocencia en ese pequeño le generó ternura. Ternura tal que se convirtió en nostalgia, y de pronto, la piel erizada no era por frío, sino de emoción. Y la cara mojada no era humedad de la mañana, era una lágrima que brotaba silenciosa, casi sin anunciarse, quizá con un leve borramiento de la visión en el segundo previo.
El sabor salado llegó directo a sus papilas, cuando la gota recorrió la mejilla para depositarse sobre la comisura labial izquierda. Tomó un pañuelo y se lo pasó disimuladamente por la cara.
Cuánta nostalgia, cuánta inocencia alberga la niñez, cuánto más fácil se percibe el mundo. El poder de la felicidad en manos de los progenitores, tan sencillamente obtenible como quien logra conseguir que lo alcen a upa y dormir sobre un hombro. El hombro que significa seguridad plena. El brazo que no es un brazo sino un hogar.
El piano seguía sonando y su mente seguía divagando. Algunos recuerdos se hacían tan tangibles en su mente. Qué distante todo. Cuánta agua había pasado por debajo del puente que la separaban de esa niña pequeña de flequillo despeinado, sonrisa pícara y mirada curiosa. Cuánta vida había transcurrido por el medio.
Recordaba el sentimiento de sentirse grande siempre, pensar que podía, que había crecido más que el año anterior. Ese sentimiento de grandeza cuando se paraba detrás de la puerta de la habitación, donde marcaban con su hermana la altura alcanzada hasta el día de su cumpleaños, año tras año. Reír con el paso del tiempo cuando las alturas empezaron a asemejarse, y reñir hasta altas horas de la madrugada porque la menor, de a poco, iba superando la altura de la mayor. Cuán fácil le era sentir que crecía, en aquel momento, de sencillez, de juego, ante un mundo percibido masticado a través de los sentidos de mamá y papá.
Cuán fácil había sido alguna vez. ¿Por qué ahora era tan distinto? Se miró las puntas de los dedos, el frío los había puesto blancos. En su cabeza deseaba que el colectivo no viniera tan lleno, que parara, que pudiera subir. Quería dejar de tener frío. Quería leer la novela que había empezado hace unas semanas, y estaba a punto de terminar. Introducirse en el mundo irreal de Crimen y Castigo, para olvidar por un rato la realidad actual, para dejar de lado un poco esos recuerdos nostálgicos que tan bien no le hacían. En su cara se notaba la expresión de indiferencia, el dolor se había llevado puesta la sonrisa del día a día que solía presentar dibujada en su cara.
Miró al cielo y contempló ese blanco grisáceo que esconde un celeste detrás. Otra mañana en la que el cielo también llora un poco. Otra mañana más de un vacío intenso, enorme, prolongado. Fagocita lentamente lo que lo rodea, alimentándose, creciendo en tamaño, antero-posterior, latero-medial, céfalo-caudal. No se detiene y sigue llevándose presas. Las elimina por completo sin pedir rescate, sin ofrecer opciones, sin negociar una posibilidad. Porque no las hay. Las posibilidades se agotaron. Quedan unas pocas, quizá las mismas que alguna vez se consideraron.
Ella pensó que si la historia se repetía, sería una broma. Parecía una broma. El piano no deja de sonar y las lágrimas siguen ahí contenidas. Las retiene respirando hondo, quizás al ritmo de la melodía que inunda sus oídos.
Deja, deja a la música que se adueñe. Prefiere enfocar su atención en el sonido de las teclas, que se escucha muy sutilmente en el fondo de la grabación.
Se quiebra el corazón de a poco, no sólo de pensar en el suyo propio, sino de todos aquellos que no están esperando un colectivo para ir a cursar una materia. Aquellos que no tuvieron la chance, la posibilidad. Aquellos a los que la vida les dio la espalda, los que quedaron por fuera, y no por elección, sino por la cuna donde nacieron. Aquellos de los que el gobierno se olvidó. De los que la gente también se olvida, porque pareciera que la mierda de uno mismo huele mejor que la de los demás.
Se quiebra el corazón y culpa a la razón por tanto dolor y empatía. Divisa el colectivo cuyo número es el correcto, levanta el brazo derecho, respira hondo. Ya no sabe si tiene frío o es que se erizó por la sensación que le quedó. Pero culpa a la razón una y mil veces, y recuerda con nostalgia la cara de la pequeña, la del flequillo despeinado, la que se aparece de golpe parada al lado de ella, con no más de un metro diez de altura, tironeando de la chaqueta de su ambo. La mira, y llora. Llora quién sabe por qué, llora porque sueña, llora porque su razón no le permite pensar con frialdad. ¿Y no es acaso, lo especial? ¿No son, sino, la inocencia y la ternura, las que vieron nacer los sueños? En el vientre de la niñez se forjaron, gradualmente, como ideas incipientes de escaso valor para quien lo viera de afuera. Y sutilmente, o de forma paulatina, fueron ganando fuerza, valor, importancia. Un sueño que se empezó a hacer real, en la medida que se invirtieron horas de vida en su desarrollo, en su explotación, en verlo crecer y llegar a cumplirse... o estar a pasos.
Y la pequeñita, que aún tironea, la mira incesante, fijo en los ojos, con lágrimas brotando también. La pequeña no sabe qué o cómo hacer, pero insiste. Y ella la mira con dulzura y promete no defraudarla jamás.
Sube al bondi, un día más que empieza. Un día más de lucha colectiva que no parece terminar nunca. Otro día de soportar el peso sobre los hombros, la responsabilidad colectiva. Tomar decisiones con los demás, hacer política. Llegar a casa de noche con los ojos cansados, pero el alma más cansada aún. Una tristeza insoportable pero necesaria, que indica que la vida es, que dura y que no perece. Que hay sueños que quedan por cumplir. Que hay niños y niñas que vienen del pasado y se presentan, a cada rato, al costado de una botamanga, para levantar el brazo, prensar lo primero que tengan al alcance -una manga de una campera, un auricular distraído, un pañuelo colgando de una mochila-, y tirar con fuerza. Tirar con la fuerza tan inocente pero tan fuerte de la niñez, que viene a recordarnos con sutileza y nostalgia el rol que asumimos con el simple hecho de crecer. Que viene a recordarnos que dejar de pelear por los sueños es fallarles. Que viene a hacernos ver que sólo cumple su sueños quien resiste.
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lunes, septiembre 03, 2018