tu alma con toda mi alma

La otra noche te cuidé toda la noche.
Y fue maravilloso.
Sentí tu alma conmigo, pidiéndome amor. Sentí tocar tu alma con cada mimo.
Es más que todo. Más que el mundo entero.
Pasó de nivel y superó la dimensión. Están las almas pegadas. Amo las risas. Los llantos y los abrazos. Los mimos. Los cantos. Los besos apasionados.
Amo tu alma con toda mi alma. No se van a despegar nunca. Están juntas.

La almohada.

Tu almohada huele a tu casa y me encanta. Porque huele a vos y a tu piel. Y a risas y a momentos. Me encanta recordarte en un aroma porque me da la pauta de lo grande del sentimiento. Porque si no fuese grande el amor no podría estar viéndote, acá, ahora, al lado, con sólo oler la almohada.

tentación, deseo y amor desembocando en un río en común
porque todas las corrientes me llevan hasta vos

dice basta
y no puede detenerse
es que no quiere detenerse
no quiere ni puede
porque el basta es mentira
no hay basta que exista
ni que le detenga
es tan simple como pensar
en algo fluyendo,
¿cómo detenerlo
si arrasa con lo que
se interponga por delante?
no existen obstáculos
sólo fluye
y no quiere detenerlo.

Tormenta.

Su cabeza sobre mi pecho.
Las respiraciones acompasadas.
Afuera hay tanto silencio... Sólo se oye el viento. Ese viento calmo y tranquilo, que antecede una lluvia. Es cuestión de esperar algunos minutos... Una luz intensa, fugaz, recorrerá todo el cielo y entrará por la ventana. Sólo unos segundos pasarán y se escuchará el primer trueno que, estremecedor, retumbará sobre las almas...
Pero no te despiertes ni te asustes. Es sólo la lluvia. Sólo la tormenta.
Seguí durmiendo, tranquilo, calmado.
Estás seguro. Te estoy cuidando.

cortarse la uña hasta donde dé
hasta que sangre
hasta que ya no quede más
para evitar arrancarse la piel
a rasguños
No me siento bien.
Necesito recibir amor.
Pero del tuyo nada más.

¿Y si dije algo que estaba mal?
¿Y si hice algo que estaba mal?
¿Tendré la chance de volver a escoger qué decir o qué hacer? Necesito abrazarte bajo la luz de la luna y las estrellas y volver a sentirte como la primera vez. Enceguecerme de nuevo y temblar con el más mínimo roce. Tiritar de frío y que me des tu campera. Y sonreirte, mirarte, sabiendo que me amabas, queriendo cuidarte. Quiero cuidarte todos los días. Despertate a mi lado, por favor.

Tengo que confesarlo: Quería ser como ella. La impronta dramática que le había dejado su primer experiencia amorosa me parecía insuperable. Lo amaba, sí, pero no parecía ser suficiente. Parecía ser poco al lado de ese dramatismo mezclado con sufrimiento que habían alcanzado ambos. Parecía ser poco ante esos llantos desconsolados telefónicos, ante esos intentos de suicidio, ante esa disposición que parecía ser plena, entrega completa, la vida puesta allí: si no te tengo, no quiero ser, ni existir, ni vivir. El hecho de haber tenido esa experiencia -maldita-, me había dejado pensante. Quería ser más. Quería ser mejor y más y más importante y más recordada. Ser más querida y más deseada y más amada. Y temí por ser menos. Temí y fui idiota. Porque los celos son estúpidos. Porque las personas son diferentes. Porque nadie merece desgracia. Ni el vecino, ni el portero del edificio donde vivís, ni la persona que más amás, ni la persona que alguna vez amó la persona que amás. Porque fui estúpida al creer que hacernos pasar por eso lograría superarlo. ¿De qué forma superar? Más que superar fue como agarrar el amor y colgarlo de una soga, suspendido sobre un piletón repleto de tiburones... Bastaba con que uno dé el salto más alto. Que uno lo muerda. Lo pique en pedacitos y lo escupa en el mar, al encontrarse con un amor vacío, insulso, hueco. Un amor desangrado, descuidado, desgastado, producto de una estúpida insistencia a querer ser más. A querer hacerle creer que el amor está en todas partes cuando en realidad no lo ve, ni lo va a ver, porque sólo se demuestra el esfuerzo y el empecinamiento en destruir, arrancar y asesinar ese amor que nació tan puro, dulce e inocente. Ese amor que parecía ser perfecto, hasta que lo agarré para hacerlo pedazos. Para ser como ella. Para lograr lo que ella logró en él.
Y me arrepiento. Y me odio. Y quiero volver en el tiempo.
Por mi idiotez. Por compararme. Por sentirme menor. Por dejarme caer a ese nivel.
Quiero volver a pegarlo.

Olor a vos.

Tengo olor a vos. A tu piel, a tus besos, tu saliva en mi cuello, tus manos en mi espalda, tus dedos recorriendo. Tengo este aroma tan tuyo que me hace saber que existe y es real y está presente. Que no soñé nada, ni lo de esta tarde ni lo de hace una semana ni lo de febrero ni lo de la primera vez abajo de la luz violeta. Existió y no sólo lo soñé, porque tus dientes brillaron y te vi sonreír, disfrutando las maravillas del destino, el habernos juntado, estar acá entregados. Y digo acá porque es mi habitación. Tu habitación. Donde está mi cama. Tu cama. La nuestra. La que nos ve crecer y madurar y caprichosear y pelear y reconciliarnos. La que ve el amanecer y el ocaso porque despierto y te miro ahí acostado y me duermo y te miro ahí acostado. Nadie puede robármelo. Nadie me saca los recuerdos. Nadie me quema la memoria. Los recuerdos más increíbles de mirarte al lado mío sonriendo suavemente con una mueca dibujada y la cabeza despeinada. Un respirar profundo que a veces deriva en ronquidos que me arranca todo sonido de alrededor. Sólo sirvo para escucharte allí, respirando; para mirarte allí, encegeciéndome, obnubilándome, tapando todo el resto. Ahí vos para mí y único y especial, tan singular y perfecto para mí y para mi mundo, para mi estúpida forma de amar, para mis caprichos y mis subestimaciones. Para mis inseguridades. Para mí maldita afición de arruinarlo todo. Tan frágil y yo tan cínica. Cruel. Idiota. Desilusionada. Buscando el problema cuando todo podría ser correcto. Y cómo me maldigo, cómo me odio. Cómo te admiro por amarme aún así. Cómo quisiera ser vos sólo un momento y estar absolutamente segura de que soy parte de tus sueños, de tu ilusión, de tus sentimientos. Cómo quisiera hacerte saber sin duda alguna que te amo más allá de todo.
me siento muy en falta cada vez que estás triste y no te puedo hacer sonreír
llego a sentirme como si fuera la culpable de que vos estés así
pero no lo puedo evitar
yo debería ser la responsable de salvarte
porque vos un día me dijiste que yo te salvaba
y si yo te salvo hoy quiero salvarte siempre
y darte la mano
y que estemos juntos pase lo que pase
Es un susurro a veces, quizá inaudible, que sale de mi boca sin más motivo que el decirlo. Decirlo hacia afuera y no sólo pensarlo, no sólo sentirlo. Decirlo, expulsarlo, balbucearlo. No me importa que lo oiga ni que entienda mi intención, sólo me importa decirlo, y ya. Pero sabe que susurré y no logró entender. Pregunta, pregunta qué dije, y lo miro y sonrío. Porque dije que lo amaba porque quería decirlo. Él ya lo sabe. No hace falta repetirlo. Necesitaba decírmelo a mí misma. Para que no se quede en mi cabeza, ni en un acto, ni en un roce, ni en las manos tomadas. Necesitaba decirlo con mi voz, con el alma y a consciencia. Y se lo repetí, más fuerte esta vez, más fuerte, para que lo oiga. 
Y se sonrió. Y me dijo que él también sentía igual.
Y su sonrisa me envolvió la vida con treinta y seis millones de colores.
           [valió la pena hablar claro.]
Y finalmente, creer en el futuro o en el pasado es incoherente. Porque el futuro es desconocido, el pasado irrepetible. Los errores y los tropiezos no fueron más que simples piedras. ¿Cómo saber si habrá un amanecer soleado o algo nublado? ¿Y si terminamos tapados por inundaciones devastadoras? ¿Y qué si morimos ahogados bajo la misma ola? ¿Aguantaremos la respiración tomados de la mano o vamos a soltarnos para ver quién emerge y es salvado?
no debo dudar si caigo
sé que estás ahí debajo
esperándome
para sostenerme
aunque no sepa hacerlo
vos sí lo sabés
lo sabés muy bien
y así vas
enseñándome de a poco
a sostenernos