Es un susurro a veces, quizá inaudible, que sale de mi boca sin más motivo que el decirlo. Decirlo hacia afuera y no sólo pensarlo, no sólo sentirlo. Decirlo, expulsarlo, balbucearlo. No me importa que lo oiga ni que entienda mi intención, sólo me importa decirlo, y ya. Pero sabe que susurré y no logró entender. Pregunta, pregunta qué dije, y lo miro y sonrío. Porque dije que lo amaba porque quería decirlo. Él ya lo sabe. No hace falta repetirlo. Necesitaba decírmelo a mí misma. Para que no se quede en mi cabeza, ni en un acto, ni en un roce, ni en las manos tomadas. Necesitaba decirlo con mi voz, con el alma y a consciencia. Y se lo repetí, más fuerte esta vez, más fuerte, para que lo oiga.
Y se sonrió. Y me dijo que él también sentía igual.
Y su sonrisa me envolvió la vida con treinta y seis millones de colores.
[valió la pena hablar claro.]