Tengo olor a vos. A tu piel, a tus besos, tu saliva en mi cuello, tus manos en mi espalda, tus dedos recorriendo. Tengo este aroma tan tuyo que me hace saber que existe y es real y está presente. Que no soñé nada, ni lo de esta tarde ni lo de hace una semana ni lo de febrero ni lo de la primera vez abajo de la luz violeta. Existió y no sólo lo soñé, porque tus dientes brillaron y te vi sonreír, disfrutando las maravillas del destino, el habernos juntado, estar acá entregados. Y digo acá porque es mi habitación. Tu habitación. Donde está mi cama. Tu cama. La nuestra. La que nos ve crecer y madurar y caprichosear y pelear y reconciliarnos. La que ve el amanecer y el ocaso porque despierto y te miro ahí acostado y me duermo y te miro ahí acostado. Nadie puede robármelo. Nadie me saca los recuerdos. Nadie me quema la memoria. Los recuerdos más increíbles de mirarte al lado mío sonriendo suavemente con una mueca dibujada y la cabeza despeinada. Un respirar profundo que a veces deriva en ronquidos que me arranca todo sonido de alrededor. Sólo sirvo para escucharte allí, respirando; para mirarte allí, encegeciéndome, obnubilándome, tapando todo el resto. Ahí vos para mí y único y especial, tan singular y perfecto para mí y para mi mundo, para mi estúpida forma de amar, para mis caprichos y mis subestimaciones. Para mis inseguridades. Para mí maldita afición de arruinarlo todo. Tan frágil y yo tan cínica. Cruel. Idiota. Desilusionada. Buscando el problema cuando todo podría ser correcto. Y cómo me maldigo, cómo me odio. Cómo te admiro por amarme aún así. Cómo quisiera ser vos sólo un momento y estar absolutamente segura de que soy parte de tus sueños, de tu ilusión, de tus sentimientos. Cómo quisiera hacerte saber sin duda alguna que te amo más allá de todo.